Eduardo Juárez Valero (*) – Secretarios en el paraíso

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Hace ya algunos meses que tuve la suerte de dar la bienvenida, aunque fuera de un modo informal, a D. Carlos Frías López, quinto secretario Municipal en mi cada vez más dilatada vida en este Real Sitio. De presencia castellana clásica, esto es, grande, estirado, serio y con media sonrisa, su cercanía me ha invitado a ir tirando, de vez cuando, de la misma, hasta encontrar un paisano divertido. De chascarrillo agridulce, conversación fácil y mejor compadreo, que diría el Sr. Bellette, Carlos ha resultado ser un complemento más que apropiado para el Paraíso en el que tengo la suerte de vivir. Siempre dispuesto a escuchar cualquiera que sea la ocurrencia del que suscribe, hace ya tiempo que me he acostumbrado a buscar su compañía con la esperanza de una buena conversación aderezada de la cada vez más amplia sonrisa que rompa la oficialidad del cargo tan importante que ostenta.

Y es que, me van a perdonar, nadie suele reconocer la relevancia que estos servidores públicos, que no funcionarios, tienen en la vida cotidiana, en el funcionamiento, que no servicio, de todo lo que compete al municipio. Tendemos a creer que la base del funcionamiento de un Ayuntamiento radica en un buen alcalde o en un equipo de gobierno competente; en el control que los concejales deben hacer de la acción de gobierno de los que ganan el voto popular; o, con más frecuencia de la deseada, en el mantenimiento de la promesa dada por todos los munícipes de servir honestamente a la comunidad que depositó la confianza en su sentido común.

Y nos equivocamos.

Uno, cada vez más experto en esto del callar, investigar y demostrar, tiene claro que todo lo dicho anteriormente no tiene sentido sin unos servidores públicos en el Ayuntamiento que garanticen eso, el servicio a los vecinos. Y, de todos ellos, si no el más importante, sí la piedra angular, es, sin duda, el secretario. Conquista del pueblo llano en las Cortes de Cádiz de 1810, la figura del secretario municipal apareció por primera vez en la Constitución de 1812, obligando a tener en cada Ayuntamiento uno que diera fe de todo lo que allí ocurría, fiscalizando jurídicamente la acción de los políticos electos, tantas veces dados a olvidar la razón de su representación y el principio rector de la misma. Así que, siguiendo lo que nos dijo la primera de nuestras constituciones, los secretarios eran más notarios que jefes administrativos; defensores de la ley, que coordinadores de servicios municipales.

El primero de todos los imprescindibles secretarios de este Real Sitio fue Manuel Fernández, quién, como Vds. supondrán, era notario o, en términos exactos, escribano público, concepto castellano perdido, por desgracia, a finales del siglo XIX, cuando se derogó, agárrense, lo dicho por el título XIX de las Partidas de Alfonso X, escrito allá por el siglo XIII. Este primer secretario tuvo el honor de dar fe de la instalación del primer Ayuntamiento constitucional del Real Sitio y de que todo quisque jurara defender la Constitución de Cádiz, ya fueran intendentes, munícipes o vecinos presentes en la parroquia del Barrio Bajo aquel 31 de agosto de 1812.

Y desde entonces hasta hoy, ya se pueden imaginar que una plétora de secretarios han ido ocupado diferentes despachos de la Casa Consistorial de la Plaza de los Dolores. Algunos, en circunstancias de lo más complejas, peligrosas y, ¿por qué no decirlo?, acosados por la necesidad. Desde Jesús Velasco Criado, quien tuvo a bien hacer la copia legalizada de la instalación del Ayuntamiento a ver si pescaba de Madrid algo de presupuesto, a Mariano Costa, secretario accidental, titular y casi eterno; Don Gregorio Gozalo Minguela, el más castizo de cuantos escribanos ha tenido este municipio; Raquel Tábara Antón, primera y única secretaria municipal; o Ramón Rodríguez Andión, quien tuvo la desgracia de leer el nombramiento de este Cronista que suscribe; mi querido amigo, Carlos Frías López, tiene toda la lectura que necesite en el Archivo Histórico Municipal del Real Sitio para ilustrarse en qué hacer o, mejor aún, qué no urdir para cumplir honrosamente con su cometido.

Si le sirve de consejo, un servidor le pediría que no emulara a Luis Fernández Durá, secretario durante la II República y parte de la Guerra Civil. Y no porque éste abandonara la Secretaría en 1937 para formar parte del Estado Mayor del ejército franquista, siendo recompensado con la medalla de la Corona de la Italia fascista y la Cruz del Águila Negra de la Alemania nazi; sino porque gastaba una condenada letra tan terrible de leer que incluso este humilde profesor de Paleografía Medieval se las ve y las desea para desentrañar las endemoniadas actas por aquel firmadas.

De modo que, querido Carlos, cumple tu función, disfruta del Real Sitio y, con las manos en los bolsillos, deja que las aplicaciones informáticas den buena cuenta de tu paso por este Paraíso en el que tienes la suerte de trabajar.

(*) Cronista Oficial del Real Sitio.