Eduardo Juárez Valero – Fermín, señor de los libros

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No hay nada como tener suerte en la vida. Suerte con los proyectos, con la familia, con el trabajo. Con los hijos. Con el cambiante tiempo cada vez que salgo por el Paraíso con mi Compadre, el Sr. Bellette. Con escribir y gustar. Con enseñar y aprovechar a los estudiantes. Pero, sobre todo, con los amigos. Resulta complicado tenerlos o, más bien encontrarlos.

Hace algunos años tuve esa suerte coincidiendo con Fermín de los Reyes en el Archivo de la Casa Ducal de Alburquerque, dirigido por la genial y más que sabia Julia Montalvillo, joya cuellarana donde las haya. Si bien nuestros caminos habían tendido a juntarse, como una de esas funciones que se pega a un punto cuando camina hacia el infinito, llámese el punto Susana Vilches, no fue hasta aquel día frío de enero en el castillo de Cuéllar que no habíamos coincidido jamás. Aquel día, mientras un servidor digitalizaba diplomas medievales y Fermín buscaba bulas impresas en el siglo XV, esto es, incunables, empezamos a construir una sólida amistad que nos ha vuelto a reunir unas cuantas veces más, siempre al calor de los libros, los incunables, las bulas, la documentación manuscrita y cuantos soportes culturales reseñables se puedan Vds. imaginar.

En estos pocos años de amistad, he ido conociendo a este segoviano universal a golpe de página impresa, letra ferro gálica y colofón iluminado; de sinodal e imprenta, punzón y matriz desgastada; repasando a viejos impresores alemanes y jóvenes obispos en iglesias abarrotadas de oyentes ávidos de conocimiento. Saltando de libro en libro, buscando el incunable perdido en el traslado, el vendido y desmontado, persiguiéndolo por todo el territorio patrio, Fermín me ha convertido en un amante de lo impreso tanto como a Don Francisco de Paula Cañas Gálvez, a quien dedicaré, a buen seguro, otro repaso dominical no pasando mucho tiempo. Y en ese buscar el libro antiguo, darle lustre y mostrar a todos los paisanos que un libro encierra mucho más de lo que vemos, he ido reflexionando sobre la necesidad de poner en valor todo ese patrimonio mueble al que miramos de refilón, pero no atendemos como se debiera.

Sin ir más lejos, el pasado martes acudí a la cita de mi amigo en la flamante y espectacular nueva biblioteca pública segoviana, verdadera joya que espero los segovianos sepamos agradecer, preservar, considerar y, por encima de todas las cosas, utilizar. Allí, acompañado por maravillosos colegas, pude admirar la exposición que, una vez más, ha comisariado Fermín para divulgar el fondo antiguo de este novedoso viejo tesoro segoviano. Y, mientras Fermín desglosaba la investigación, aún en curso, que le ha llevado a perseguir incunables y libros antiguos diversos procedentes de los conventos y monasterios segovianos desamortizados, el que suscribe empezó a recordar otra visita, hecha hace ya un lustro, por las dependencias del Palacio Real de San Ildefonso con otro ilustre y admirable amigo, Nilo Fernández Ortiz. A la vez que me quedaba prendado por un ejemplar del siglo XVIII de la matemática analítica de Newton sacado del monasterio del Parral, aparecía en mi mente el aviso de Nilo de que en aquella sala del Palacio estaba la biblioteca de Isabel de Farnesio. Aún recuerdo el escalofrío al escuchar la advertencia.

Imaginándome el fondo que habría atesorado aquella reina coleccionista de todo lo bello que estuvo a su alcance, ya fueran pinturas, esculturas o momentos de paz sin su atribulado esposo, entré en la citada habitación. Para mi desgracia, como tantas veces ocurre en esta vida de investigación, la sorpresa se tornó en disgusto al comprobar que lo conservado eran las librerías, no quedando de aquel fondo bibliográfico ni las huellas de los lomos en el polvo del olvido.

Lo mismo que en el monasterio del Parral, pensé mientras Fermín me hacía detener ante un ejemplar de Tycho Brahe liberado por la Inquisición para los citados matemáticos y astrofísicos monjes segovianos: donde una vez descansaron tesoros, polvo y desmemoria, vacío y desconocimiento han ocupado el espacio de aquellas joyas de la reina.

Mirando uno de los libros perdidos del convento franciscano de la Hoz que tanto ama Carlos Santa Engracia, me preguntaba dónde estarían los libros de la Farnesio. ¿Habrán sido trasladados a algún macro museo sin sentido para que nadie sepa admirar ni una sola de las muescas de los punzones en el papel? ¿Dormitarán muertos de risa el sueño de los olvidados, sin que los bibliófilos puedan hincarle el diente? ¿Alguna vez sabré en qué empleaba el tiempo libre la Reina en el Desierto?

No me cabe duda que tendré que poner a Fermín de los Reyes en la pista de aquella colección regia, del mismo modo que les pongo a todos Vds. en la de este fenomenal segoviano, incansable difusor del patrimonio impreso, investigador de talla mundial y magnífico docente; amante de las buenas conversaciones, defensor de las tradiciones ancestrales y difusor de un pasado escrito que nunca deberemos olvidar si queremos afrontar un futuro con garantías. Pues, después de todo, para eso escribimos, ¿verdad, Fermín?