Eduardo Calvo (*) – La roca naranja

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Decidí abandonar mi condición de independiente y afiliarme a Ciudadanos el día de marras. Se había producido eso que los medios dieron en llamar una grave crisis en el Partido. No entré a valorar los matices de la discrepancia. No tenía información suficiente sobre la oportunidad de un gobierno de coalición con el PSOE. Insisto en lo de gobierno de coalición; la idea de abstenerse a cambio de nada o casi nada, a la manera de la entrega del Señor Valls en el Ayuntamiento de Barcelona me parecía descabellada. Tampoco tenía noticia de que el señor Sánchez hubiese concretado una oferta a Ciudadanos en pos de dicha coalición, en la que se recogiesen garantías obvias: Navarra, respeto a la legalidad en Cataluña, supresión de aforamientos, reforma de la ley electoral, rechazo a posibles peticiones de indultos, cosas así para empezar a hablar. Por el contrario, Sánchez y su entorno priorizaban acuerdos con Podemos y con el PNV, y no hacían ascos a los votos de los separatistas, a su juicio tan buenos como otros. Visto lo visto, barrunté que la discusión de un acuerdo de gobierno con Sánchez y sus huestes se mantenía en la abstracción de los arquetipos platónicos: la grandeza del diálogo, el interés del Estado, el bien común, librar al pobre señor Sánchez de esos socios indeseables, puros malandrines ciertamente. Hermoso pero ficticio. Traducidas las ideas sublimes a términos reales o aristotélicos, hablaríamos de cómo sustituir -hablando, eso sí- la España que aún nos queda por un adefesio multinacional, con independencia de Cataluña a medio plazo, tal como sugirió el señor Iceta. El interés del Estado no sería otro que el muy exclusivo interés de Pedro Sánchez; y el bien común la mezquina conveniencia del bipartidismo, ese paquidermo comatoso que aún tira trompadas. Ver juntos, en lo que llamaríamos Frente del Acuerdo, a personajes tan dispares como Juan Luis Cebrián, Jiménez Losantos, Pedro J. Ramírez o Mariano Rajoy no crean que aclaró mis dudas, más bien me invitó a sospechar que bajo el empecinamiento aparente de Albert Rivera latía un riguroso fondo de sensatez. La salida de Toni Roldán de la dirección de Ciudadanos, y su abandono del escaño, no me convencieron; ni por las formas ni por el momento. Toni Roldán es mucho más joven que yo. Es harto probable que sea bastante más inteligente. Sin duda reúne muchos más méritos. Ha dedicado largos años a pelear por Ciudadanos y yo apenas llevo unos meses. En mi opinión, debería haber perseverado, en la dirección del partido y en el Congreso, por ver si con el tiempo y el debate mudaban sus ideas o lograba que mudasen las ideas de sus compañeros. A raíz de la salida de Toni Roldán y Javier Nart, no hubo trompeta que no anunciase el apocalipsis o llamase a la crecería.

El estruendo guarda semejanza con el que padeció Adolfo Suárez. Al cierre de un acto en Valladolid durante la pasada campaña, Rivera proclamó su intención de construir la UCD del siglo XXI; no creo que le sorprendan las reacciones a su atrevimiento. A Suárez lo reventaron desde fuera, y también desde dentro. Tenía coraje, algo poco habitual en cualquier hora. Hubo que montarle una confusa asonada de tricornios encrespados y generales dubitativos. Suárez no era conveniente. Al parecer, Albert Rivera tampoco lo es. No enojaba a nadie cuando lo veían como un apaño de lo de siempre, una capa de pintura y ya. De pronto descubrieron que pretendía mejorar España en serio y, claro, eso ya no. Un discípulo le preguntó a Sócrates si debía casarse o continuar con su vida solitaria. “Hagas lo que hagas te equivocarás “, le respondió el sofista. Eso le dicen a Rivera un día sí y el otro también, y se lo dicen todos a la vez, con ruido y con furia, como ese relato contado por un idiota que nada significa. En medio del ruido, Televisión Española, vinculada a este Gobierno como siempre lo ha estado con el gobierno de turno, edulcoró a Otegi con una entrevista entre apocada y untuosa. El entrevistado no se desdijo de la obscenidad de sus orígenes; bajo el concepto de “dolor innecesario” se permite acuñar una nueva vileza. En medio del ruido, la socialista Chivite avanza en Navarra el chalaneo en el que participan los nacionalistas, con Bildu al acecho; hay que amarrar para la investidura los apoyos del PNV y las bendiciones de Otegi. En medio del ruido incesante, llegó el día del Orgullo. No pude ir. Recibía en Segovia mi mudanza, que llegaba desde Tánger, mi último destino en el Instituto Cervantes.

Pensé que me libraba de la calorina, del bullicio y del bailongo. Al otro día comprobé que no me había perdido festejo alguno, que no estuve junto a mis compañeros cuando fueron cercados por la tolerantísima jauría. A partir de ahora iré con ellos vayan donde vayan. Me tendrán a su lado hasta en la más insulsa y bucólica de las romerías, por si acaso. Sabemos lo que sucedió, y conocemos el rumbo de los acontecimientos. Hay que agradecer a las redes sociales que las aguas se contengan de momento. Merced a Twitter desecan parte de su mala baba. Sin el desahogo de la tecnología lo mismo algunos falaces apóstoles del buen rollo y las sonrisas pasaban a mayores. En el Orgullo, un grupo de malvados se contentó con usar pistolas de agua, latas de cerveza, escupitajos, lejía y orines. El Ministro del Interior los alentó en la previa y, tras el escarmiento, amparó a los agresores, cumplidamente satisfechos, y expulsó a los agredidos del evento, culpables por corear provocativamente la palabra ‘libertad’. El señor Grande-Marlaska no actuó como un cobarde. Los mejores son cobardes alguna vez a lo largo de su vida, preferentemente antes de que cante el gallo. El Ministro se comportó como un pobre hombre, uno de esos pobres hombres felices de haberse conocido. Constituyen una especie aviesa y peligrosa. Pájaros de mal agüero, suelen prefigurar la barbarie. Stalin, Hitler o Milosevic no crecen desde la nada. ¡Cuántos pobres hombres les allanaron el camino! Luego se llevan las manos a la cabeza, o se encogen de hombros, y clausurado el Horror se ponen estupendos, de nuevo felices de haberse conocido. Me recuerdan a los tardoantifranquistas, que abrazaron la democracia cuando el Dictador estuvo bien muerto y muy requetebién enterrado. No huelga precisar que un mínimo asomo de decencia aconseja que el señor Grande-Marlaska deje su puesto como ministro del Interior. Admiro a mis compañeros de Ciudadanos, y es un honor compartir su empeño. Intentaré estar a la altura. Defiendo una sociedad mejor, más justa y fraterna. Defiendo a un hombre honrado cuya destrucción política supondría un grave daño para España. No se engañen, ni veleta ni gaitas. Somos una roca. El acanallamiento que quiere consumir nuestras esperanzas tiene, tras la fachada gesticulante, cómplices melifluos y patrocinadores avezados. Seremos una roca. Nos sostiene el aliento de tantos españoles comprometidos con la libertad. Son tiempos recios. Agárrense que vienen curvas. Agárrense a la roca naranja. No les vamos a fallar.

(*)Diputado nacional de Ciudadanos Segovia.