¿Dónde está el verdadero mal?

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Señora directora:

Estoy perpleja. Adoro mi ciudad, será por eso que salgo poco de ella, pero a veces me sabe tan rancia que se me pega a la garganta y me ahoga, me dan ganas de salir corriendo y no parar hasta llegar… no sé, a Nueva Zelanda, lo más cerca. Este es uno de esos días; pienso en la polémica que ha suscitado la estatuilla del diablo que el Ayuntamiento quiere colocar en la calle de San Juan y como he dicho, estoy perpleja.¿ En serio alguien piensa que con ese acto Segovia se convertirá en un centro de culto al mal? Entonces yo me pregunto ¿dónde está el verdadero mal? Es muy fácil de encontrar, salgan a la calle, pongan la radio, la televisión, visiten las redes sociales. El verdadero mal está en el casi un millar de mujeres muertas en quince años a causa de la violencia machista, en las manadas de violadores, en los casos de abusos a menores que van saliendo a la luz cuando ya las víctimas son capaces de afrontar ese horror, en las circunstancias que hacen que un padre dé una paliza a su hijo de dos meses; el verdadero mal está en quien vende alcohol a menores sin tener en cuenta que un día puede ser su hijo o su hija quien sea ingresado en el hospital con un coma etílico, en tener que abandonar tu casa por una orden de deshaucio, en la falta de oportunidades de nuestros jóvenes, en quien atropella a otra persona y se da a la fuga, en el jefe que abandona en una carretera a su trabajador accidentado por que no le tiene dado de alta en la Seguridad Social; el verdadero mal está en quien envenena a los animales por considerarles molestos; el verdadero mal es el que hace que cada vez haya más muertos flotando en nuestros mares, en que millones de personas tengan que abandonar su casa con un futuro triste e incierto… ¿quieren que siga?, la lista es interminable, todos lo sabemos. Ese es el verdadero mal, el tangible, el que duele todos los días, el que lacera nuestras espaldas y nos hace llorar de rabia y de impotencia.

Espero, que al final, el sentido común gane esta batalla, que la estatuilla del diablo sea colocada, que los turistas se fotografíen a su lado (no la veo presidiendo misas negras ni bacanales); porque si no, si después de todo, el sinsentido prospera y nos quedamos sin ella, no les extrañe que un día de estos se empiece a cuestionar la existencia de las mezquitas, que la judería vuelva a ser olvidada y que nuestra bella ciudad quede encerrada en el interior de sus murallas y con todas sus puertas bien cerradas. Y pidiendo permiso a mi querida amiga Elvira, no es Madrid, a mí, es Segovia la que me mata.

TERESA SANTOS BERNARDOS