David San Juan – Esos pueblos llenos de niños

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La mayoría de los pueblos de nuestra provincia tiene menos de 500 habitantes. De habitantes censados porque, todos lo sabemos, en este tiempo de verano muchos de ellos multiplican su población por dos, por tres, hasta por cinco veces. El verano es el tiempo en que vuelven (volvemos) los “hijos del pueblo”, aquellos que han buscado trabajo y acomodo en las ciudades, así como sus hijos y nietos. Mi amigo Jesús Fuentetaja estará de acuerdo conmigo en que esta doble necesidad de emigración y retorno quizá sea una de las características de esa segovianeidad que tanto él defiende y que ahora ha vuelto a ponerse de moda.

Este movimiento migratorio de corto alcance, llamémoslo así, tiene una consecuencia maravillosa: las plazas de los pequeños pueblos se llenan de niños, se llenan de vida. Apostado en la pared del parque, uno puede contemplar a enanos encantadores intentando desasirse de la mano de sus abuelos para subir a los columpios, a mocitas de once años paseando en racimo compartiendo confidencias y secretos y a jovencitos de voz mudada el último invierno dilucidando dónde montar la peña cuando, tres o cuatro años más tarde, les toque ser prequintos en las fiestas.

Este fenómeno no es nuevo, claro. Hace 40 años, los “veraneantes” que acudían (acudíamos) a los pueblos pequeños en las vacaciones escolares eran muchos, pero no más que los niños y mozos del lugar. Ahora no es así. La norma es que la abrumadora mayoría de los menores de edad que vemos en nuestras plazas no viven ni cursan estudios en la localidad, sino en algún otro lugar alejado de la realidad del campo. En Segovia, en Madrid, en Valencia… Es un signo más, no por local y modesto menos cierto, del nuevo modelo social que se está imponiendo, en el que prima la realidad urbana sobre la rural. Es la urbanización del campo.

A esto se suma el hecho de la construcción y poblamiento de adosados y urbanizaciones enteras de nueva planta en muchos de nuestros pequeños municipios. Algunos de sus moradores, generalmente procedentes de la gran ciudad, se integran y son unos más en la vida social de la localidad, incluidos los niños, al menos durante el verano y los fines de semana. Son nuevos y bienvenidos hijos del pueblo. A otros, sin embargo, les cuesta mucho, demasiado, dar ese paso. Les cuesta salir de la ciudad. Hechos comunes hasta hace poco como ordeñar o trillar en las eras no pasan de ser una “experiencia” si es que alguna vez niños y padres llegan a tenerla. Cada vez con más frecuencia y asombro, el camino hasta la ermita (o hasta el molino, o la fuente, o el arroyo…) se hace en bicicletas de montaña o con bastones de trekking aunque hace años que lo asfaltaron. Todo por disfrutar de la “experiencia” de la naturaleza. ¿Estamos entre todos convirtiendo el campo en un parque temático? Hay quien piensa que esto puede ser una salida para el decaimiento del mundo rural y para hacer negocio propio. Pero éste es otro debate…

Apostado en la pared del parque y viendo la bulla de estos días, uno no puede dejar de proyectarse un par de meses e imaginar qué aspecto tendrá la plaza entonces. Decía Serrat en uno de sus más celebrados temas que, tras la fiesta, vuelve la pobre al portal, la rica vuelve al rosal y, al cabo, todo se acaba recomponiendo. Pues eso mismo ocurre con nuestros niños al llegar septiembre. Todo se encajará de nuevo en los pueblos y ciudades y volverá esa otra realidad de escuelas con menos de 20 chavales y de adolescentes que, cuando les llegue su momento, tendrán que desplazarse unos cuantos kilómetros, en el mejor de los casos, para iniciar un camino incierto en los institutos de otras localidades más pobladas.

Tengo para mí que el momento en que uno de los hijos comienza la educación secundaria es crítico para algunas familias. La pregunta casi es obligada: ¿seguimos viviendo en nuestro pueblo o nos trasladamos a Carbonero, a Cuéllar, a El Espinar… que es donde va a estudiar el chico y así tendremos más servicios? ¿Y por qué no a Segovia o su alfoz? Esto no es una conjetura: todos conocemos alguna familia que ha tomado esta decisión cuando los chicos comienzan a acudir al instituto, si no antes. Luego, quizá los padres se trasladen todos los días a sus trabajos o negocios en sus poblaciones de origen, pero el daño en el padrón está hecho y se alimenta así el número de los “hijos del pueblo” que se moverán en el futuro envueltos en esa dialéctica que conjuga a duras penas la emigración y el retorno. Al principio, quizá pueda salvarse cada semana, después cada mes, quién sabe si varios años más allá, acudiendo quince días cada verano a la tierra que los vio nacer o acaso menos que eso. Puede que no sean más que pequeños pellizcos que alimentan eso que ahora llaman la España vaciada, pero los podemos sentir cuando en estos días nos apostamos en una pared del parque y nos da por pensar. Y son pellizcos que duelen.

Mientras tanto, y a pesar de todo, disfrutemos de la vida que bulle en nuestros pueblos en el verano, con sus fiestas y semanas culturales. Pasados Santa Mónica y San Agustín, las plazas mostrarán otra cara, no hay que dudarlo, pero también será cierto que faltará menos de un año para volverlas a ver con la alegría que hoy nos regalan todos esos niños que hacen más grandes y esperanzadores nuestros queridos pueblos de Segovia.