Daniel Vera – Palabras desencadenadas

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Cuántas personas queremos ser y sin embargo qué pocas somos, cuántos días queremos vivir y cuántos podremos decir que lo hemos hecho. Qué debemos pensar sin pensar que nos estamos equivocando, y cómo podemos querer si no queremos lo que tenemos. Cuántas personas han de morir para ver el problema de la humanidad, cuánto debemos aprender, para que la infancia no sea la época donde crear prejuicios, sino el campo de batalla donde evitarlos.

Defiendo mis ideas con la esperanza de hacer reflexionar a todo aquel que me lea o me escuche, como la nada en el silencio; pero mi silencio es mi calma, mi calma es mi camino, y mi camino, me enseña a vivir una vida que sea reflejo de esas ideas.

Cuántas veces un no es menos doloroso que un sí, cuántas veces nos chocamos contra el muro, y qué poco se movió. Qué feliz quien consigue serlo y qué soñador quien lo intenta, qué triste quien vive siempre en la crítica y qué admirable quien ayuda sin esperar nada a cambio, en una sociedad en la que la empatía, como los viejos dioses, espera resurgir cuando alguien se acuerde de ella.

Quién decide qué es ser normal, quién puede decir serlo cuando cada persona es distinta, quién se equipara a quién, cuando ninguna vida es igual que otra, quién espera en una cama que el dolor acabe, y sin embargo la diosa Temis no se lo consiente.

Cuando las palabras de esta columna se agoten, qué haré con mi silencio, palabras que se abren, buscando llegar a lo más profundo de la razón de las personas, examinando una conciencia, que se vuelque con un patrimonio, que cuanto más se valora, menos se cuida y que cuanto menos se cuida, más se desconoce. Perder, qué doloroso el perder, qué poco reconocido el perdedor, que rápido cae en el olvido, que pocas palabras encuentra.

Volveré a ser feliz, cuando la calma vuelva.