David San Juan – Gracias, Mester

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Señora directora:

El viernes pasado tuve la fortuna de asistir, junto con otros muchos segovianos que abarrotamos el Juan Bravo, al histórico concierto que el Nuevo Mester de Juglaría nos regaló por sus 50 años. Y que también nosotros, me atrevo a decir, les regalamos a ellos. Pequeña historia de Castilla, sí, pero historia vivida y compartida.

Mi amigo Miguelón, otro jovencito entrado en años, me preguntó antes de entrar al teatro: ¿vienes a ver a estos chicos? ¿Es que te gusta el Mester? A ver, Miguel -le dije-: no es que me gusten, es que mi adolescencia y mi juventud son el Mester. ¿Cómo olvidar tardes enteras escuchando las cintas de aquellos primeros romances y canciones populares, aprendiendo de corrido los veinticinco pueblecillos de Párate y te contaré, cantando íntegro el romance del Pernales poniendo emoción en la última estrofa docenas de veces repetida, desgastando las caras A y B del disco doble desde el primer molondrón hasta el último crepitar de llamas comuneras…? ¡Qué tiempos más felices!

Esas primeras tonadas amables me fueron conduciendo a descubrir las raíces de mi tierra y los saberes (-lore) de su gente (folk-) en el alma de los maestros Agapito y Joaquín Díaz, en las voces de los Silverios, de Hadit, de Ismael, en las rabeladas de Candeal, en la juventud de Almenara y en el trabajo de muchos, muchos otros locos enamorados de algo a lo que yo también quería pertenecer.
En todo esto me recreaba en mi butaca mientras disfrutaba como un niño escuchando a Llanos cantar el romance del soldado, a Paco, a Chuchi, a Julián y al bueno de Javier poniendo voces a la Loba Parda y a Fernando y a Luis, cómo no, vacilando al personal y teniéndonos embobados a todos con sus comentarios.

Felices tiempos, aquellos y estos, y feliz compañía. Seguro estoy de que muchos de los que fuimos protagonistas esa tarde compartimos por unos instantes un mismo sentimiento, medio de escalofrío, medio de gratitud, por haber visto pasar 50 años ¡toda una vida! a uno y otro lado del proscenio. Todos éramos los mismos que hace medio siglo y todos hemos cambiado, entre otras razones, por haber sido a ratitos, algunos de los mejores de nuestras vidas, un poco parte de ese viejo y querido Nuevo Mester.

Muchas gracias, paisanos, por seguir subiéndoos a un escenario: sois como el vino añejo al que cantáis, con cuerpo, fuerza y aroma, y como el cochino del que tan partidarios os confesáis: no tenéis desperdicio. Y nosotros que lo veamos. Hasta siempre, hermosos.