Arancha G. Herranz – Más allá del Alto del León

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Con los ojos del corazón segoviano que me sostienen y el recuerdo que sobrevive a las fotos, algunas desvaídas por la batalla que el tiempo brega en nosotros mismos, se vislumbra un espacio de retaguardia que supo albergar y explotar mejores épocas de pasado efímero, reteniendo en aquel rincón de la sierra personajes indelebles que forman ya parte de la historia y del paisaje de la tierra espinariega, su Garganta y su Río Moros. Una frontera geográfica, climática de necesidad, un acento distinto, donde el orgullo rejuvenece sin pasaporte, una identidad que empuja a desasirse de todo lo adquirido en el exilio de la cotidianidad, e invita a volver, como diría Gardel, y sentir las nieves del tiempo recuperando el origen sin complejos.

Un vigía en el puerto, testigo de avances y retrocesos en sentido amplio, resignado y paciente, robusto e invencible, perenne y atemporal que ha divisado no pocas transformaciones del entorno y de los hábitos de vida de los moradores aledaños.

A ritmo de chatún y de “habas verdes”, con espíritu educado al son inconfundible de dulzaina y tamboril, convirtiéndose en Machado por un rato, se admira el azul del monte evocador de sus Campos de Castilla y se hace incurable el regreso a la tierra que siempre nos acoge y nos espera. Un espectro interior sigue con ánimo desvencijado el curso del progreso mezclado con las exiguas costumbres de antes, que tanto nos enseñaron y a veces echamos de menos sin remedio. Es por ello, que nos abandonamos, entre otras indisciplinadas desobediencias, a la verdadera y saludable gastronomía, hoy denominada ecológica, sin dejar de preguntarnos por la longevidad de aquellos que nos antecedieron en tiempos difíciles.

Un lugar, una herencia, un álbum de reminiscencias, un calendario de vida, un enclave diverso y privilegiado durante las cuatro estaciones del año, una muestra gráfica de tradiciones y quehaceres que se esfuerza para darse a conocer, un valor añadido apreciado por propios y extraños.

En el encuentro resulta obligado distraerse con la nostalgia, viajando al pasado, y quizás así recuperar prácticas de antaño que nos ayuden a sobrevivir en estos otros tiempos no menos confusos y a veces desorientados.