Ángel González Pieras – Los cachorros del capital

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No lucen en sus tarjetas –si es que las usan- apellidos como Ybarra, Aguirre, Ampuero, Lezama, Icaza, Leguizamón, Aresti, Muguruza, Fierro o Villalonga. Su lustre no peina antigüedad ni dora blasones. Ni está ligado al sector financiero, esa actividad que sirvió antaño para refinar el dinero que procedía de actividades más prosaicas como la metalurgia o la minería. No viven en La Moraleja, Somosaguas o Neguri. Hubo una época en que mencionar a Neguri evitaba cualquier otra referencia geográfica o familiar. Quien era de Neguri evidenciaba ante los demás un modo de vida, unas costumbres, una manera de encararse al mundo que no se compartía con nada ni con nadie. Neguri fue una ciudad segregada de principios del siglo XX, un suburbio burgués de Bilbao sin parangón; ni siquiera la primera línea del Paseo Pereda de Santander se le acerca. Neguri era la separación de clases hecha urbanismo. Lo cuenta muy bien José María Beascoechea en su historia sobre el barrio vizcaíno.

Los actuales cachorros del capitalismo español son los hijos de unos padres cuya fortuna en la mayoría de los casos se fraguó en el franquismo o en los primeros años de la España del 78. Se enriquecieron ligando su suerte a la construcción o a la obra pública y de manera tangencial a la actividad empresarial. Son los apellidos que hoy suenan en la jet-set española. No salen en el “Hola” porque han abdicado de él desde que los Pantoja o los diversos hijos de Paquirri copan sus páginas. Ahí están los Cortina, Alcocer, Ortega, Corsini, Hermosilla Gómez-Cuétara, García-Cereceda, Hidalgo, Villar o López de Lamadrid. Son guapos, viajados, bien alimentados y encima no se conforman con estar en los consejos de administración de las empresas de sus padres, sino que levantan el vuelo y quien más y quien menos posee su chiringuito en las más de las veces orientado a la moda, a la comida orgánica o a las telecomunicaciones. Sin olvidar, claro está, la construcción o la obra pública. Que eso es el sostén de lo demás. Repiten ciertos patrones de la tribu dominante en décadas anteriores, entre ellas la endogamia; pocas veces refrescan sangre. Pero en algunos comportamientos se diferencian de sus predecesores banqueros, y en el que más en la marrullería y en el gusto por lavar sus trapos en público.

El sector financiero del pasado también tenía sus cuitas, y vaya si las tenía, pero no eran tan soeces como las actuales. O quizá no se conocían. O quizá no existía entonces Villarejo. El mundo de la banca empezó a cambiar cuando los Fierro o los Villalonga dieron paso a los Escámez o Conde. Pero quien dio la puntilla fue el desembarco de un González en el BBVA y la salida de los de Neguri. Después de las cuentas ocultas de New Jersey apenas quedó nadie. Todavía hoy los bilbainos se preguntan qué pudo pasar por la cabeza de Emilio Ybarra para que el pez chico de Argentaria se comiera al grande del BBV. El consejo no estaba por la labor de una fusión en la que no encontraba beneficio financiero y más después de haber digerido el fracaso de la OPA sobre el Central y asentado la fusión entre el Bilbao y el Vizcaya.

Llevaron el duelo con discreción. No hubo bolas negras en el Club Marítimo del Abra y hasta su muerte hace unos meses Ybarra pudo pasearse por él de la misma forma que lo hacía por el Club de Golf o el Tenis de Josaleta. José Domingo Ampuero le espetó un día a la cara: “Emilio, nos has vendido”, pero la sangre no llegó al río. Ahora, con la salida de Francisco González y patente la mano de Villarejo es posible que Ampuero y el PNV –que ha sustituido a la vieja élite de Neguri- vuelvan a la carga.

Los nuevos cachorros, sin embargo, son de armas tomar. Hacen bueno a Schopenhauer cuando señalaba que el interés y la voluntad son las fauces con las se mastica la vida. Adam Smith creía que el interés egoísta de los productores y comerciantes alimentaba un hálito invisible que movía el mercado y hacía progresar a la sociedad. Pero este es otro mundo. Si los intereses no concurren, no hay problemas. Todo es un film de Disney. Pero cuando se enfrentan no hay lazo de sangre que valga. Es más asumible el robo de la pareja que el echar mano a las acciones ajenas. Este fin de semana pasado me he deleitado con el culebrón de las hermanas García-Cereceda. Es sociología en vena. Una mezcla del Rey Lear y de Cenicienta. Ni Balzac hubiera sido capaz de idear una trama tan rocambolesca y pérfida en “La comedia humana”, y eso que describe a la perfección todos los perfiles psicológico posibles. Pues se ha quedado antiguo. Y lo bueno, es que ahondas en la cuestión –hay un artículo de Vanity Fair en el que se entrevé el drama, se entrevé, porque lo rosa tiene un límite a la hora de contar las cosas- y cada una tiene su razón y cada una su parte de culpa. Menos Villarejo, que ni pone ni quita rey, pero siempre ayuda a su señor. Eso sí, los nuevos cachorros y la nueva clase son bullangueros y les gusta exhibirse tanto con sus adornos –si pueden busquen en internet los zapatos que llevaba Silvia Gómez-Cuétara, la nueva Presler, en la convocatoria de la Fundación Princesa de Asturias el pasado verano- como con sus penas. No tienen complejos. Ni vergüenzas. Y por lo que se ve, entre ellos tampoco se destila machismo: casi todo el protagonismo en los apellidos señalados con anterioridad se lo llevan las mujeres.