Ángel González Pieras – El viajero no accidental

76

En 1911 aparecía un anuncio en el Times de Londres: “Se buscan hombres para viaje peligroso. Frío extremo. Largos meses de oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso”. Era esta la oferta de Ernest Sackleton a quien quisiera compartir con él aventura en la Antártida. Posiblemente sea una de las leyendas a las que tan aficionados son los ingleses, pero forma parte ya del imaginario colectivo sobre viajes. Aventura por la aventura. Y en condiciones extremas. Veinticuatro siglos antes, Demócrito, un filósofo de tiempos de Sócrates, realizaba un completo viaje por Egipto, Mesopotamia, Babilonia e incluso por los confines de la actual India. Pretendía aprender de magos, geómetras y comerciantes de especies. Tuvo que escribir un libro imponente, el “Gran Diacosmos”, para justificar lo aprendido ante sus hermanos, que lo acusaban de sencillamente dilapidar la herencia paterna.

Las cosas parecen haber cambiado en lo tocante a la aventura. Hoy ya no hay rincones inexplorados. Con Google maps se puede acceder en un golpe de clic a cualquier parte del mundo. El término ha perdido parte de la significación de antaño. Hasta se organizan viajes para escalar el Everest, que ya solo requiere guardias nepalíes que regulen el tránsito en el Escalón de Hillary. Pero tiene que seguir manteniendo su vigencia en el interior del viajero; si no es así, mal asunto. Un viaje sin aventura es como tarde sin siesta. Luego volveremos sobre ello.

Hay una cosa que nunca cambiará si quien emprende el camino quiere gozar de su esencia: la curiosidad, el conocimiento, la mejora personal. Todo viaje es un proyecto de autorrealización en el que se interioriza lo desconocido. Si no, no es un viaje, es un mero trayecto de esos tantos en los que uno circula sin más interés que poner un pie tras otro sin apenas levantar polvo. Aunque ya se haya recorrido, aunque se conozca hasta su último rincón, cada pueblo debe ser tratado como si fuera el último de una saga. Un viajero que se precie es una mezcla de sociólogo, psicólogo, periodista y ávido consumidor no tanto de lugares inexplorados o exóticos como de momentos únicos, de experiencias que se perfilan irrepetibles. Qué viajero no presume de haber descubierto las mejores perspectivas, ese lugar mágico que otros pasaron por lo alto, los personajes más auténticos. Quién no se ha sentido por un día Demócrito o T.E. Lawrence relatando en persona “Los siete pilares de la sabiduría”.

“Mira, papá, esas figuras; son como la de las iglesias de Segovia”. Mi hijo se refería a los roleos que adornan los casetones del intradós del arco de Constantino. Me hizo feliz su comentario. Viajar es sobre todo relacionar -vivir es relacionar-, entretejer una tela en la que todo adquiere sentido, permitiendo localizar, poner las certezas en su lugar preciso aunque sea a través de una actividad puramente deslocalizadora como es el viaje.

Es relación y es aventura. Volvemos al principio. Lo mágico de la aventura es que se vive desde mucho antes de que acontezca. Genera ese runrún interno que en los humanos produce la incertidumbre, estado anímico que entre los animales solo experimentamos los dotados de uso de razón. Como pasa con el miedo, la aventura se siente en la piel con más fuerza antes y después que durante la experiencia. Ahora que se cumplen quinientos años de la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano me pregunto con frecuencia qué pasaría por sus mentes un mes, una semana, un día antes de su partida. Si el trayecto no adquiere la misma importancia que el destino es que algo no funciona. Viajar es siempre una manera de decir hasta luego a la rutina, al anquilosamiento mental, a los hechos predecibles. Les aseguro que luego, a la vuelta, se valora más “lo maravilloso cotidiano” que tanto elogiaba el surrealista Louis Aragon, y que con la frescura de otros aires se rompe con más facilidad los estereotipos que amenazan a una vida corriente.

Y no crean que hay que ir muy lejos. Me cuesta entender a quien concibe como enriquecedor el conocimiento de lo foráneo y le es ajeno lo propio, olvidando que viajar es una de las actividades más interesantes y plena que el ser humano puede realizar pero vivir, lo que se dice vivir, uno vive en donde residen sus nostalgias y descansan sus anhelos.

Y como último comentario, un consejo gratuito: viaje en compañía de quien sea capaz de compartir su entusiasmo. No hay cosa más decepcionante que el entusiasmo incomprendido, y en un viaje que se precie hay muchas visiones, situaciones, experiencias que vividas en compañía enriquecen, pero si la compañía no se sitúa en la misma onda el chasco resulta tan monumental como el arco de Constantino y el Coliseo juntos.