Ángel González Pieras – Carta a un joven sobre sexo y manadas

142

Querido hijo:
Vivimos en un mundo en el que la paradoja enseña sus fauces en territorio de la moral, lo cual deja a más de uno, por ejemplo a mí, descolocado. A la moral –que no es otra cosa que el camino hacia la felicidad pero civilizadamente: es decir, sin fastidiar al vecino y sin grandes cuitas con uno mismo-, se puede llegar por diversas vías. No siempre la más adecuada es la paradoja. Pues bien, me temo que con el sexo está ocurriendo eso últimamente. Estamos asistiendo al revival de un puritanismo sexual que creíamos superado y que curiosamente –de ahí la paradoja- procede de sectores que se dicen progresistas. Verás. Hace unos días leía que la presidenta de una asociación feminista decía que “el porno es una escuela de violación para los menores”. Al poco, otro periódico se hacía eco de una manifestación en la que aparecía una pancarta con el siguiente mensaje: “No quiero que me mires”. La verdad es que las dos advertencias me impactaron, y las asumí de manera personal. Mi pasado se me vino de golpe como si estuviera mojando una magdalena en un café con leche. Recordé mis quince primaveras –año 1975- en Jerez, a un paso de la entonces base americana de Rota, y la provisión periódica de revistas porno que nos facilitaba un compañero cuyo tío trabajaba en la base. Ahora que lo pienso, no sé cómo llegué a redimirme y cómo no he caído en redes delictivas o en la más abyecta perversión. Y en cuanto a lo de no “me mires” tengo que confesar que también me he sentido aludido. Quizá porque soy un “voyeur” impenitente y me gusta regodearme en la belleza, sea con “La Anunciación” de Fra Angélico o con el cumulus nimbus lenticularis que el otro día tiñó de rojo el cielo de Riaza. Una cosa es invadir la intimidad del otro y otra pasear la mirada para captar futuros recuerdos. Poner la mirada al mismo nivel que el ruido, la agresión, el hedor o la maledicencia me parece excesivo. En fin, hijo, yo ya tengo el pescado vendido pero me temo que eso del cortejo se está complicando.

Vuelvo a mí. A pesar de mis pecados de juventud pienso como Walt Whitman –de quien este año se cumple su bicentenario- que quien camina una sola legua sin amor camina amortajado hacia su propio funeral. Es decir, que puede haber sexo sin amor; incluso puede haber sexo sin sexo –“lo más excitante es no hacerlo”, decía Andy Warhol-, pero creo que si unes el afecto, la atracción, el deseo, la seducción y el respeto al libre albedrío del otro un simple acto carnal se convierte en una emoción perdurable. Y eso no significa que puestos en faena haya que demonizar y renunciar a unos condimentos que bien aderezados pueden acercar al éxtasis. Y entre ellos, el juego, la agresividad, la posesión, el morbo, la elucubración y una lista enorme que se queda, que debe quedarse, en la autonomía de dos seres libres y maduros que buscan que el acto de dar esté íntimamente ligado al de recibir.

¿A qué se debe, entonces, esta sarta de violaciones de mujeres por grupos de individuos que encima graban y difunden el delito como si tal cosa? Por supuesto que la trivialización del sexo anda detrás de estos energúmenos que olvidan que es en el cortejo y en la participación libre del otro en donde reside el tesoro que el ser humano ha conquistado al instinto animal, pero en el fondo subyacen otros fenómenos que me gustaría analizar y compartir contigo.

Además de la trivialización del sexo estamos asistiendo a una “tribalización” del sexo. En manada, la responsabilidad moral se diluye y la empatía se anula: los unos animan a los otros en una escalada de primitivismo en el que el macho vuelve a sus orígenes, solo que no pelea la hembra a otros machos, sino que la comparte. En última instancia es una caza en donde los principios morales desaparecen ante la llamada de los instintos, y no solo sexual sino sobre todo el de autoafirmación como macho en la búsqueda del reconocimiento por la manada. Con ello, se manifiesta un desprecio absoluto a la identidad y al libre albedrío, precisamente los dos atributos sin los que el ser humano pierde su condición de ser y de humano y se restriega en los bajos fondos de su peor calaña animal.

El violador y el maltratador son las dos caras de la misma moneda. Detrás de los dos existe un ser moralmente enfermo que cosifica a la mujer, la hace objeto de dominio, y busca lo fácil, lo inmediato, lo que le colma los sentidos de manera fugaz y le permite liberar lo que no es otra cosa que impotencia y complejo de inferioridad.

En los especialmente limitados –por ignorancia, edad o falta de empatía emocional- se unen además una inusitada ausencia de sentimiento de riesgo y la agresividad típica de un macho dislocado. Un cóctel explosivo que no conoce barreras a la hora de conseguir su objetivo y que difícilmente admite el fracaso o la frustración.

Si la violación en manada es característica de estos tiempos, no lo es menos la exhibición sexual: tan importante es lo que se hace como captar y mostrar lo que se hace. Es más, pareciera que el acto no se considera consumado hasta que obtiene la comunión con los demás. Es el complemento a la tribalización que veíamos con anterioridad. Las emociones ya no son privadas, sino públicas, y el grupo es el juez máximo que decide lo que debe formar parte del patrimonio emocional del integrante.

En fin, hijo, espero que en esto del sexo no olvides nunca que no hay sociedad sin personas iguales, y que no hay persona sin moral, ni moral sin libertad y razón, y que tan importante en la vida es el antes, como el mediante y el después. Con miradas o sin miradas. Con porno o sin él.