Ángel Galindo García – San frutos: Eremita y anacoreta

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Los entendidos en antropología dicen que la persona humana con su devoción intenta imitar al santo, el lugar sagrado o al ídolo a quien sigue, respeta y adora. Se puede decir que un fans es un devoto de su ídolo. En el caso de Segovia, sus habitantes serían devotos de san Frutos, su ídolo, a quien quisieran imitar.

Pero san Frutos no es ni fue un cantante ni un ídolo del futbol. Fue un eremita o anacoreta: Los eremitas (del griego erémos = solitario), llamados también anacoretas (del griego anachórétés = apartado), empezaron a aparecer en Egipto y en otros lugares de la cuenca mediterránea a partir del siglo III.

La famosa Egeria encontró muchos de ellos, hombres y mujeres, durante sus viajes, desde el Sinaí hasta la actual Palestina. Un eremita arquetípico fue san Antonio (251-356), que fue también en cierto sentido un fundador monástico. Los eremitas dejaron una rica herencia de sabiduría espiritual, conocida como Apotegmas o Dichos de los padres, consistentes en breves historias llenas de doctrina e instrucciones.

Los eremitas dejaban el mundo para buscar a Dios y al mismo tiempo para servir al mundo al nivel de sus necesidades más profundas. Poco a poco conectaron con los monasterios y se dedicaron a descubrir el progreso en la agricultura y la medicina: por ejemplo, los grandes descubrimientos farmacéuticos y en el campo de la bioética proceden del mundo monacal.

Aunque a partir de la vida eremítica se desarrollaría luego el monaquismo, los eremitas nunca estuvieron enteramente ausentes de la historia de la Iglesia ni del mundo, con un especial florecimiento de vocaciones durante los siglos X y XI en Europa y un particular apogeo de las ermitas, tanto para hombres como para mujeres. Después de la II Guerra mundial hubo un renovado interés por la vida solitaria.

El Código sitúa el único canon sobre los eremitas dentro de los dedicados a la vida consagrada. Se refiere a los que, sin dejar de ser religiosos y bajo la dirección de sus superiores, viven una vida eremítica fuera de la comunidad (práctica reconocida desde los tiempos de san Benito). Cerca de esta vida eremítica se encuentran los que conocemos como religiosos de clausura.

“La Iglesia reconoce la vida eremítica o anacorética, en la cual los fieles, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo. Un ermitaño es reconocido como entregado a Dios dentro de la vida consagrada, si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante voto u otro vínculo sagrado, en manos del obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo la dirección de este”

En la Iglesia latina o romana las disposiciones canónicas en torno a la vida eremítica son recientes. La principal responsabilidad legal recae en el obispo diocesano. Hay muchas cuestiones importantes que varían de un país a otro y de una cultura a otra: la madurez y la salud físicas y psicológicas, la formación, el seguro médico, la financiación, el discernimiento, la dirección espiritual, la seguridad física y la disposición de las estructuras necesarias para el sostenimiento de esta vocación única.

San Frutos fue un eremita que, según la tradición, vivió en el eremo del duratón. En este desierto castellano disfrutó y amó la naturaleza, dio sentido a la misma y pudo cantar las maravillas ecológicas de aquel lugar.

Nacido en el seno de una importante familia acomodada (642), la leyenda le hace descendiente de patricios romanos de enraizadas creencias religiosas. Tras la prematura muerte de sus padres hubo de tomar la decisión de repartir los cuantiosos bienes familiares entre los necesitados y alejarse de la ciudad en busca de soledad. Sus hermanos menores Valentín y Engracia lo acompañan. Se establecieron en cuevas naturales y en ermitas alejadas entre sí buscando el deseo de soledad, penitencia y oración.

Como buen anacoreta era centro de vida espiritual, consejero de agricultores y sabios de su tiempo. Cultivó un estilo de vida sobrio, sencillo y desprendido. La Iglesia tiene todavía mucho que aprender sobre esta vocación que el Espíritu ha revivido en su seno.