Ángel Galindo García – Libertad y tolerancia

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Ante la cercanía de las elecciones es importante pensar en las actitudes a tener en cuenta: es un deber social el participar, es preciso buscar el bien común y, ante la duda, se ha de elegir lo menos malo. Después de las elecciones es democrático seguir participando en la vida social.

Pero ¿cómo hacerlo?: con libertad y tolerancia. Como en todos los partidos hay ofertas inaceptables, a veces es necesario tolerar cosas intolerables y permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente. A veces, tolerar un mal es un medio necesario para evitar males mayores.

¿Cómo saber si alguna propuesta de los partidos es tolerable? La recta razón tiene mucho que decir. Ella es la que se encarga de distinguir el bien y el mal, aunque a veces es difícil marcar el límite. Tolerar es permitir algo sin aprobarlo, es decir, el que se permita algo no supone que nosotros nos identifiquemos con lo que toleramos. Por eso, hecha la votación, es un deber esforzarse para eliminar lo intolerable que hemos permitido.

Y es que el tolerante respeta la libertad y el parecer ajeno. Tal vez se piense que el respeto a la libertad se refiere sólo a decisiones importantes de la vida, sin embargo, el respeto se refiere a todo. Es difícil substraerse a este deber humano de “querer para los demás lo mismo que queremos para nosotros”.

Pretender que todos piensen como nosotros es lo mismo que anular la libertad de los demás. Admitir la libertad de los otros sirve de poco si no aceptamos que se dé la discrepancia entre ellos y nosotros.

La verdadera tolerancia de los políticos ha de fundarse en el diálogo. A través de él se confecciona el tejido de una vida de relación tolerante. La tolerancia sabe que hablando se puede llegar a acuerdos. Es propio del diálogo acercar posiciones ya que no se puede ir por la vida como si se fuera el único depositario de la verdad.

El contraste de pareceres, resultado del diálogo, es siempre enriquecedor. Únicamente a los que están muy poseídos de la verdad y desconfían de los otros, no les interesa el diálogo. Las cosas opinables son muchas en la vida y desde su perspectiva solitaria solo se puede tener una visión parcial y unilateral.

En el diálogo, el hombre entrelaza su vida con los demás ya que el hombre es un ser social y dialogal. La intransigencia, el autoritarismo y la intolerancia conducen a un callejón sin salida, a la cerrazón más absoluta. Se acabaron los modelos bruscos, las voces, los desplantes: son modos de otra época. En la nuestra, se habla más de transparencia, cercanía y negociaciones.

Es frecuente encontrarse con electores reaccionarios. El reaccionario es el que tiene una tendencia a oponerse a todo lo nuevo. Identifican novedad con perdición. Para ellos, únicamente lo que ha sido comprobado durante siglos es bueno y las cosas han de ser lo que han sido toda la vida.Los hay que solo aman lo nuevo y lo recién llegado. Estos reciben el nombre de snob y pecan en sentido contrario porque identifican lo bueno con lo nuevo.

Los reaccionarios intolerantes los hay en todas las edades: adultos y jóvenes. La desconfianza, el recelo, y la crítica negativa suelen acompañar este tipo de comporta-mientos. Hoy se suele hablar de conservadores e innovadores, de anticuados y modernos. Pero la cuestión no es de etiquetas. Es algo más profundo.

El ideal es adquirir un talante democrático. Hay una manera de ser que facilita la tolerancia. Es la del talante democrático que consiste en una apertura constante a los demás, que se concreta en un tener en cuenta la opinión de los otros y respetar sus derechos. Este tipo de personas hacen que uno se sienta individualizado y apreciado. Estas personas siempre encuentran ocasión para hacer participes a los otros de sus opiniones.

Se trata de tomar en serio a todos ya que no se puede tratar como si todos fueran iguales. Solo cuando se escucha se hace fecundo el diálogo y se trata a los demás como son. El talante democrático tiene en mucho la confrontación porque es un camino que nos acerca a la verdad.