Ángel Galindo García – La Logoterapia versus la educación como mercado

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Todo educador que se precie de tal sabe quién es Viktor Frankl. Se trata de un neurólogo y psiquiatra austriaco, así como un sobreviviente del Holocausto: sobrevivió a Theresienstadt, Auschwitz, Kaufering y Türkheim. Fue el fundador de la logoterapia, que es una forma de análisis existencial, la “Tercera Escuela de Psicoterapia de Viena”.

La logoterapia etimológicamente significa “curación por la palabra” y se diferencia del psicoanálisis porque concibe al hombre como un ser humano, cuyos intereses primordiales se inscriben en la órbita de asumir un sentido a la existencia y realizar un conjunto de valores. El logoterapéuta no enseña a los alumnos a buscar la mera gratificación y satisfacción de sus impulsos e instintos, ni propone a sus clientes adaptarse al entorno circundante y o a la sociedad siguiendo los criterios de lo políticamente correcto. Más bien enseña a “afinar la conciencia”.

Pues bien, por segundo año consecutivo, la Asociación Viktor Frankl ha reunido a casi un centenar de educadores para analizar la relevancia de la Logoterapia a la práctica educativa y a la escuela. Las aulas de la Universidad Europea acogieron hace una semana un grupo de profesores que analizaron la fuerza que siguen teniendo los escritos de Frankl para responder a los retos de la vulnerabilidad vital de alumnos, profesores, familias y gestores que han perdido el norte educativo.

Cuando, con la educación estatal, las aulas y los centros se han convertido en contenedores que retrasan el acceso al mundo laboral, cuando los gestores educativos no saben si van a la reforma o si vuelven de la contrarreforma y, sobre todo, cuando los padres están calculando el colegio de sus hijos o los puntos en la solicitud de centro para imaginar el crecimiento de sus hijos o la salida económica de los mismos, un grupo de expertos reclama un ejercicio de cordura para plantear el “sentido de la educación”.

En este foro, aparecieron respuestas variadas porque cuando analizamos el sentido de la vida nos preguntamos por las metas, recursos, programas, incluso el valor económico de los aprendizajes. Un profesor de secundaria comentó una curiosa anécdota. Según nos dijo, un alumno de poco más de 14 años le hizo una sorprendente consideración: “¡Profe!… lo que nos está enseñando ya está en Internet, podrían enviarnos a casa los temas sin necesidad de coger el autobús, ir al colegio, aguantar a los compañeros y perder el tiempo…”.

Y es que, parece lógico que si las universidades ya han empezado a prescindir del contacto real entre alumnos y profesores, con la enseñanza on-line o a distancia, también los colegios empiecen a organizarse virtualmente: ¿para qué tanto gasto en autobus, libros, colegios estatales o concertados si todo está en internet y lo podemos aprender sin salir de casa?.

Planteados los aprendizajes en términos de información almacenada, reproducida y monetarizada, el “·sistema educativo” tendría los días contados. Y tendríamos que dar la razón a Freire cuando denunciaba una “concepción bancaria del conocimiento”. Si la educación se plantea en términos mercantilistas, carece de sentido.

Frente a esta lectura simplificadora de los aprendizajes, todavía nos encontramos con educadores espiritualistas que ofrecen humanismos liberadores con los que organizan idearios o programaciones que no tienen nada que ver con familias domesticadas, alumnos tecnológicamente embrutecidos, profesores mal pagados y escuelas convertidas en centros de servicios o parques temáticos.

La logoterapia no es una barita mágica con la que curar las heridas del sistema educativo, tampoco es el opio de los educadores con el que anestesiar el maltrato de los partidos o sindicatos a los educadores. Transformada como logoeducación en el aula, la logoterapia es una herramienta privilegiada para plantear el valor humanizador de la palabra, el poder de la escucha atenta y, sobre todo, la potencia educativa de un silencio generativo que no está en las redes sociales, en la verborrea administrativa o en las campañas electorales.

Por eso recordaba Frankl que la clave de la educación no está en acumular información sino en “afinar la conciencia”. Y esto va para los aspirantes a políticos baratos: dejen tanta palabrería con mensajes que no se van a cumplir, dejen de adormecer nuestra conciencia y hagan propuestas educativas liberadoras. Afinen nuestra conciencia.