Adrián Viudes – Satanás y el zulo

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Andan los segovianos de un tiempo a esta parte divididos por la decisión de la alcaldesa doña Clara Luquero de colocar una imagen del diablo en el muro de la calle de San Juan aledaño al Acueducto.

Leo en El Adelantado una crónica extensa sobre los avatares y opiniones encontradas y contemplo, con curiosidad, la figura salida de las manos del médico, escultor y literato Jose Antonio Abella.

Lucifer, el portador de la luz, el ángel caído, es un personaje bíblico, famoso, intemporal, citado miles de veces, protagonista de pasajes en el Antiguo y Nuevo Testamento en oraciones, novelas, artículos, películas, hasta en quince ocasiones el Santo Padre ha advertido de la existencia del demonio y avisado de cómo combatirlo.

A través de los tiempos se le ha representado de muy diversas formas, la más popular ha sido la de una bestia con cuernos, rabo y un pincho en la mano. Lo hemos visto de cuervo, sapo, cerdo, serpiente, rata, gato negro, hasta de tiburón blanco o perro rotwailer, o muy bello, como el ángel caído célebre estatua en el retiro de Madrid. Pero en todas el autor ha querido inspirar temor, asco, repulsión; al fin y al cabo es un tentador, un adversario, la representación del mal. Abella, por contrapartida, ha querido que lo veamos como un personaje simpático, lustroso, regordete y muy moderno, con un smartphone en la mano haciendo un selfi con el Acueducto, del que se siente autor, al fondo. No es mi papel el discutir sobre la belleza o no de la escultura, se dice, sin razón, que sobre gustos no hay nada escrito, y yo digo que el número de volúmenes sobre los cánones de la belleza y la educación del gusto llenan cientos de metros cuadrados de librerías, pero es cierto que cada cual es cada cual y unas cosas nos gustan y otras no, por ejemplo, la película Roma a mi me ha parecido un tostón.

Abella ha querido desdramatizar la figura de Satán, haciéndole parecer un simpático diablillo, al que no hay en absoluto que temer sino todo lo contrario, y es ahí donde puede residir la trampa. La protesta de algunos católicos segovianos perturbados por la presencia siempre incómoda de Belcebú el rey de las tinieblas no debería basarse tanto en el atentado contra la monumentalidad del entorno sino en lo que de peligro tiene que, a través del simpático diablillo de Abella nos de por considerar a Belcebú como un colega un “compi”.

Dicho lo anterior, lo que sí me llama la atención es el curioso empeño de alguna alcaldesa en ocupar un paraje histórico en la ciudad que rige con alguna figura extravagante que origine polémica. El caso de la alcaldesa de Segovia es también el de la ex alcaldesa de Cartagena, actual senadora por el PP, doña Pilar Barreiro que se empeñó, y consiguió, en colocar una colosal figura en plena Plaza de los Héroes de Cavite en el trimilenario puerto de Cartagena. La escultura obra de Víctor Ochoa, denominada por el escultor como El Zulo, y que costó a las arcas municipales más de setecientos mil euros, fue y es muy discutida, los cartageneros, que tienen ganada fama de “bordesicos”, le cambiaron el nombre por el de “Caganet” debido a la postura en que se nos presenta.

Ambas dos, doña Clara y doña Pilar, han dejado su sello en el Acueducto de Segovia y el Puerto de Cartagena, en los que por su monumentalidad sobraban añadidos, pero la vara de mando da para eso y para más, su ego queda bien satisfecho. Y el caso es que el argumento con que justifican su colonización es similar: reclamo turístico, cientos de personas fotografiados junto al “Demoniete” y al “Caganet” y todos tan contentos.

“Satanás va de retro”, y que Dios nos coja confesados.