Diego Calavia, durante su actuación el pasado viernes en el escenario espinariego. / PEDRO L. MERINO
La noche del pasado viernes clausuró el festival de narradores orales de El Espinar en su undécima edición el logroñés Diego Calavia. Este polifacético artista, ilustró sus relatos, jocosos hasta la hilaridad, con trucos de magia dignos del acreditado mago que es y además, hizo gala de otra de sus facetas artísticas en la que igualmente destaca: la globoflexia, habilidad que consiste en componer figuras y hacer juegos con globos.
No encuentro palabras para definir tan magistral actuación; humor mágico quizás, sería la expresión más ajustada, ya que, el maestro Diego, conjunta juegos, magia y relatos, formando con las tres disciplinas un espectáculo de estilo personal, muy diferente a lo que estamos acostumbrados a ver.
Comenzó con parodias humorísticas, como queriendo ridiculizar los juegos de magia, para cuando nadie lo esperaba, fingir molestias en un pie por algo metido en su zapatilla: se la quita, la sacude y ¡¡sorpresa!!, de la alpargata sale una botella de agua que, con total naturalidad, descorcha y se pone a beber. En otra demostración de sus habilidades “mágicas”, infló un globo de más de un metro de largo y… se lo fue tragando hasta que desapareció.
El público con él y él con el público, invita a varios espectadores a teatralizar sus humorísticas adaptaciones, en las que no faltan ni los juegos de globos ni los trucos y así, en un fragmento breve de la conocida obra de don Pedro Muñoz Seca, “La venganza de don Mendo”, tres concurrentes se convierten en actores ocasionales y se integran a su manera en la trama. El mago Calavia mezcla una baraja de buen tamaño; el público la corta y recorta; explica en qué va a consistir la representación; reparte los “papeles” y, mientras recita las estrofas humorísticas de la obra, en la que el protagonista refiere sus desventuras en el juego de “las siete y media”, de la baraja, van saliendo las cartas referidas en los versos. Así concluyó su intervención.
La comicidad del relato con sus actuantes espontáneos, combinada con los hábiles trucos del narrador mago, interesó a una audiencia entregada que mostró su aprobación y gratitud al fin de la velada, con larga, sincera y calurosa ovación. Ovación que también merece la organización y patrocinio de este festival consolidado, sin olvidar a los seguidores de esto, que un servidor llama, no sé si bien o mal, cultura lúdica.