El doble asesinato cometido ayer en Almería por un individuo que acabó a puñaladas con la vida de su esposa, de 36 años, y su hijo de cuatro certifica que esta primera mitad de 2010 se situará por derecho propio entre las peores de los últimos años por lo que a la violencia machista respecta. Hasta ahora han sido nada menos que 31 las mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas, la cifra más elevada desde la creación en 2008 del Ministerio de Igualdad, dirigido por Bibiana Aído. Además, hay que reseñar que solo cinco de esas más de tres decenas de víctimas mortales habían denunciado a su presunto agresor, y el 64,5 por ciento de ellas seguía incluso conviviendo en pareja con quien terminaría por asesinarlas.
Estas cifras, además de certificar que la violencia doméstica es una de las peores lacras a las que se enfrenta la sociedad española, vuelven a demostrar el espejismo de los esfuerzos propagandísticos del Gobierno, que vendió como un logro de su gestión la reducción, ahora demostrada como coyuntural, que se produjo el año pasado, con 55 asesinadas frente a las 76 de 2008.
El suceso de ayer, además de dos cadáveres, dejó herido al agresor, que se precipitó desde un segundo piso cuanto trataba de huir por la ventana, asustado por los gritos de los vecinos que acudieron al lugar de los hechos alarmados por las peticiones de auxilio de la fallecida.
Gritos y gruñidos
La pareja, que residía en un segundo piso de la calle Pi y Margall, cerca de la plaza de toros de la capital almeriense, tiene otra hija, Irene, de unos 15 o 16 años y fruto de otra relación de la finada, que en el momento del crimen estaba ausente, puesto que había acudido al instituto donde estudia.
Una vecina del piso de arriba, Ascensión Maldonado, oyó cómo la mujer, de nombre Mercedes, gritaba entre las 8,30 y las 8,45 horas de la mañana «¡que me mata a mi hijo!, ¡que me mata a mi hijo!».
Según esta señora, el marido no hablaba, «solo emitía bufidos, como si estuviera fuera de sí». Poco después, el asesino se precipitaba por la ventana vestido únicamente con sus calzoncillos al fracasar en su intento de descolgarse por unos cables del teléfono o la luz.
Alba, que es hija de la vecina y amiga de la hija del matrimonio, también escuchó desde su habitación los alaridos de la finada, se asomó a la ventana y vio una lavadora cubierta de sangre y a la víctima moribunda. Ella y su padre corrieron hacia la puerta de la casa de la pareja y llamaron violentamente. En ese momento, el agresor trató de huir por la ventana.
Tras estrellarse contra el pavimento, el hombre se levantó por su propio pie, con su cuerpo manchado por la sangre de sus víctimas y solo un brazo roto y fue detenido. Asesino y víctima trajababan juntos en un centro comercial de Almería, ella de cajera y él como vigilante de seguridad. Ambos son españoles y llevaban pocos meses en el barrio.