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SOCIEDAD
Un viaje al fin del mundo
Nacho Barrio, uno de los integrantes de la expedición, contó su experiencia en las lejanas tierras, y mares, de Islandia, donde pasaron dos semanas.
Juan Barrero-Nacho Barrio - Segovia-Islandia | 02/09/2009
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  Todos los integrantes del grupo de ‘scouts’ que viajó a Islandia el pasado mes de agosto. / EL ADELANTADO

Cuando, allá por septiembre del pasado año, les comentaron a los ‘scout’ la opción de ir a Islandia con motivo del Roverway 2009, no lo dudaron ni un instante. “Con más ilusión que conocimiento real sobre este lejano país nos pusimos en marcha. Inscripciones, información, billetes de avión y una duda que nos comía la cabeza: qué ropa llevar”. No engañan a nadie cuando aseguran que conocían de Islandia “lo justito tirando a poco”, apuntó Nacho Barrio, uno de los ‘scout’ integrante de la expedición.
Aterrizaron allí a las dos de la mañana, “una noche que más parecía un amanecer nos dio la bienvenida y las primeras impresiones iban llegando. Una tierra que más parecía el fin del mundo, con bastísimas extensiones de terreno, la mayor parte de él compuesto por lava petrificada, rodeaba los alrededores de la capital, Reykiavik”, comentó.
Después de dormir un poco (de día, por supuesto), les dio tiempo para visitar la pequeña capital islandesa, no más grande que la ciudad de Burgos.
Tras recorrerse a pie la ciudad y sus alrededores, 11 de los 18 segovianos de la expedición cogieron un barco rumbo a las Islas Westmann, unos pequeños archipiélagos situados al sur del país. Allí comenzaba su ruta y durante ella conocerían gente nueva de Francia, Inglaterra, Chipre…
La duración del viaje fue de cinco días en los que pudieron subir al volcán de la isla, que entró en erupción a principios de los años setenta. Tuvieron tiempo también para descubrir la gastronomía local y para comprobar que hay estómagos claramente más resistentes que otros.
Las noches no eran noches, “siempre había luz suficiente como para leer el periódico, eran nuestros momentos preferidos para hacer piña con la gente, contar chistes con otros viajeros valencianos que nos acompañaban, o descubrir una vez más que nos diferencian pocas cosas con nuestros vecinos europeos”, resaltó.
Sin casi darse cuenta les llegó el momento de cambiar de actividad e ir al campamento central, situado a ochenta kilómetros de Reykiavik, en el que se reunieron con los 3.000 participantes del Roverway. Allí, al lado de un inmenso lago, “fueron apareciendo tiendas y tiendas de campaña, con gente de diferentes países que siempre tenían un rato para hablar, cambiar ‘chismes scout’ o simplemente echarse unas risas”.
Las ceremonias de apertura y clausura fueron los dos momentos más llamativos del viaje. Se reunió a todos los asistentes y se puso en alza lo vivo que aún está el movimiento ‘scout’. “Lejos del Althingi, nombre del campamento central,se quedaban las discusiones políticas. El objetivo era derrumbar fronteras aunque sólo fueran mentales”.
Con muchos sentimientos encontrados se despidieron de todos los que los habían acompañado en su viaje para regresar a la capital y pasar tres días visitando lo que les quedaba por ver. “No es fácil explicar el fuerte vínculo que se puede crear entre gente que ni siquiera habla el mismo idioma. Quizás haber vivido cosas bastante semejantes en los scout tenga algo que ver”.
Una vez en Reykiavik aprovecharon para pasar un día en el Blue Lagoon, un enorme lago natural de aguas calientes procedentes de una fábrica de electricidad. Allí se dieron un baño con unos barros que, según la creencia popular, son beneficiosos para la salud. “En este punto del viaje nos acompañaban el resto de segovianos que también asistieron al Roverway. Ellos en cambio caminaron por el centro de Islandia durante su ruta, descubriendo toda la fuerza natural que tiene el país”.
En los últimos días también hubo tiempo para visitar el Golden Circle, un enclave islandés en el que se encuentran ‘géiseres’, cascadas y lagunas naturales.
“Sin que nadie quisiera asumirlo iba llegando el fin del viaje, con mil recuerdos en la mochila, algún que otro síntoma de cansancio acumulado y ojeras ‘por doquier’; nada importante si pensamos en que habíamos estado donde casi nadie se plantea ni acercarse. Una tierra que al principio puede parecer hostil pero que al momento descubres que no es así. Su gente de exquisita educación, sus colores o su clima siempre variando te hacen cambiar rápido de opinión. Y si no es así, el simple hecho de haber podido disfrutar de casi 24 horas del día con luz harán que el viaje nunca sea en balde”.

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