En la Galería Nélida expone por primera vez en Segovia Francisco García Corona una serie de obras al óleo sobre lienzo realmente impactante con una técnica compleja e intensa de pigmentos y barnices que dejan en el ambiente un olor ácido y penetrante que despierta la mirada.
La textura de estos lienzos es consistente y nos aproxima de forma coherente y sólida al tema dominante de la exposición, el paisaje urbano. Pareciera que el artista se contagiara del albañil y pinceles y paletas compitieran por construir una ciudad que de momento está por hacer. Así los cuadros de García Corona asumen también una cierta impronta de obra no acaba, a medio desarrollar, que llena de desasosiego la mirada y nos insiste en formular varias preguntas sin respuestas certeras. No sabemos si las construcciones están paradas, incluso abandonadas, hay restos de materiales, de vallas, de redes, pero ningún obrero mantiene el pulso creciente de la obra. Y en esa incertidumbre presenta la obra el artista. Nos sugiera una visita a la ciudad que crece pero que a la vez está vacía. No sabemos si es un canto al desarrollo expansivo urbano o más bien una elegía a la insensatez. Pintura de resortes contradictorios, empastes densos y violentos, pero a la vez huecos que equilibran los esqueletos altivos que ocupan los espacios.
Los empastes densifican la mirada a una ciudad aún por hacer, en obras. Así la fuerza y densidad de la materia plástica contraste sobre la vaciedad de las construcciones. Lo pesado de la forma y la inquietud de las estructuras vacías de los inmuebles alcanzan una contradictoria convivencia que llena de silencio y de drama a las composiciones de las obras más llamativas de García Corona.
Pintura de territorio urbano imponente y contaminante, descarnado por la ausencia de vida, vacío de ciudadanía cálida y frágil. Falso dinamismo atrapado en sus propias redes.
La pintura de García Corona nos invita a una reflexión sobre la nueva configuración de la ciudad que agota el espacio y constriñe el tiempo en una síncopa casi imposible de inseguridades y silencios. Esta inquietud se acentúa por la preferencia de los ángulos oblicuos que engendran composiciones divergentes de calles que ponen al espectador en disyuntivas ausentes e imprecisas. Las calles se abren en profundidad, pero no encontramos la suficiente confianza para transitar por ellas. Sólo los coches se atreven a ocupar el asfalto.
Las perspectivas voladas dan solemnidad a las composiciones pero también distancias y recelos. Se hace cartografía del miedo. Se levanta testimonio gráfico del silencio.
Los contrastes de luces atraen y repelen.
Finalmente, el ambiente brumoso del territorio urbano que se hace y deshace a la par tanto en la pintura como en la realidad nos propone una imagen a la vez sucia y fantasiosa. Como si los sueños empolvaran la memoria de la ciudad que fue y simultáneamente sirvieran para inventar un nuevo futuro. Pintura de límites, signos insignificantes como los pasos de cebras mal trazados en calles aún sin definir. Se nos vienen a la cabeza algunas diatribas de Van Gogh contra la ciudad que se extendía y su obsesión por pintar a finales del siglo XIX la ruda contraposición entre la ciudad y la naturaleza. También aquí la ciudad hiere, contamina y se ausenta, a pesar de su presencia en mole y su agobio empastado.
La ciudad, símbolo de la modernidad por excelencia, queda varada en su propio despropósito. En estos dilemas se centra la pintura de García Corona y ciertamente en sus ambiguas imágenes nos sugiere una interesante dosis de belleza inquieta, casi convulsa.