el alcalde contempla la maqueta comestible de la ciudad. / JUAN MARTÍN
A las ocho de la tarde, con el paraguas en el bolso, el programa bien a mano y una planificación previa que, inevitablemente las circunstancias irán modificando, salgo del periódico para empaparme lo más posible de la tercera Noche de Luna Llena que organiza Segovia 2016. De momento, y a pesar de las predicciones, lo de empaparse es sólo metafórico, ya que el cielo está muy cubierto, pero no llueve.
El primer punto de atención, a las 20,16 horas, momento de arranque oficial de la tarde-noche, es el entorno del Acueducto. La impresionante maqueta de Segovia comestible, una de las actividades más curiosas de este año, está ya terminada y en proceso de ensamblaje. Orgullosos, sus creadores, cerca de un centenar de voluntarios, posan junto a una obra tan efímera como apetitosa.
Un Acueducto de hojaldre relleno de cochinillo confitado, una Alcázar de bizcocho cubierto de merengue, una comisaría en la que los regalices simulan barrotes o una Vera Cruz tan perfecta como la real son algunos de sus edificios más interesantes. Junto al resto de la ciudad, serán consumidos durante toda la noche por miles de personas.
Con las ganas de un tejadito de jamón, subo la Calle Real para encontrar, en la Casa de los Picos, la instalación Lunático’09, del colectivo Basurama. Grandes tiras de lona, rescatadas de un cartel publicitario, cambian la fisionomía del patio, y el público comienza ya, poco después de las nueve menos cuarto de la noche, a mover a su antojo las piezas de cartón que, como un puzzle a medio hacer, se esparcen por el suelo.
La siguiente parada es La Casa del Siglo XV, felizmente recuperada para el arte. Curiosísima la exposición que reúne ‘Cosas de artistas’, desde la fogosa pareja que forman Blancanieves y el lobo feroz en la propuesta de Antonio Madrigal a un grabado que nunca llegó a serlo y se quedó en plancha de Carlos Matarranz, aunque para mí la palma se la lleva el yelmo de Mambrino con el que hicieron caballero a Mon Montoya hace ya algunos años.
De nuevo en la calle, y aún de día, veo que la animación de la Calle Real, constante, se intensifica en las puertas de la Biblioteca, donde padres y niños esperan para una sesión de cuentacuentos, que se convertirá en historias para los adultos a partir de las diez de la noche.
En la Plaza, al filo ya de la primera hora de Noche de Luna Llena, se abre en el Juan Bravo otra interesante posibilidad de interactuar con la ciudad y con la velada. Alumnos de la UVa graban a quien lo desea creando un nuevo lema para la candidatura (‘sin Segovia no...), así como respondiendo una pregunta sobre Cultura.
Cuando llego es casualmente el turno de Aurelio Martín, jefe de Desarrollo de este periódico, que deja su frase: “Sin Segovia no hay ese paisaje especial, de luz limpia y poéticos atardeceres”. Yo contribuyo a la causa con una foto, libretilla de notas en mano, para otra de las actividades, una galería de participantes en la Noche de Luna Llena.
Ya fuera del teatro, decido improvisar y acercarme, acallando el temor que me generan las 3D, a San Nicolás. De la mano del CAT, se recrea la ciudad en tres dimensiones. La verdad, no sé si tengo algún problema raro de visión, porque con estas gafas con plastiquitos azules y rojos veo, una vez más, bien poca cosa.
El siguiente puerto en esta travesía, rápida pero no apresurada, es la Plaza de San Martín, donde sale al paso un taller de percusión africana que siguen con interés al menos un par de centenares de personas. Una buena muestra de que, teniendo ritmo, las palmas y la frente, el pecho y alguna otra parte del propio cuerpo, son suficientes para hacer música.
Al filo ya de las diez de la noche, llego al Museo Esteban Vicente que nos devuelve a hace diez años. A la misma exposición con la que se abrieron las salas hace ya más de una década. Desde entonces, casi 40 exposiciones; desde entonces, Esteban y Harriet, se han ido; pero en los cuadros del artista de Turégano, la misma intensidad, la misma vida, la misma vibración portentosa.
Y en el auditorio del Museo, ‘Matryoshka’. La performance de Naia del Castillo y Gunnlaug Thorvalsdottir prometía, y cumple. En un auditorio más que lleno (finalmente, no pudo ser el jardín), una de las propuestas más audaces de esta Noche se desenvuelve entre lo misterioso y lo inquietante, entre el desasosiego y lo plásticamente magnético.
Para mí la velada termina antes de tiempo, porque los horarios de cierre mandan. Son más de las once y, aunque ahora sí, es de noche, aún no he conseguido ver la luna llena. Pero seguro que anda por ahí arriba; disfrutando de la noche segoviana.