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LA MIRADA
Carmen Moya: el intimismo en la pintura
Mesa Esteban Drake  - Segovia | 04/03/2017
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  Autorretrato. / Gustavo Quepo de Llano

Segovia y la pintura han ido siempre de la mano desde comienzos del siglo pasado. La venida a Segovia de los Zubiaurre y la familia Zuloaga, don Daniel y su sobrino Ignacio, marcarán el comienzo de una época maravillosa en nuestra ciudad, en relación con la actividad artística.
Don Daniel, ceramista y gran pintor, montó su taller en la iglesia de San Juan de los Caballeros y realizó unas obras cerámicas espléndidas y reconocidas más allá de nuestras fronteras. Su sobrino Ignacio, artista reconocido en vida, pasando a la historia del arte como un magnífico pintor, instaló su taller en la Casa del Crimen. Más tarde la generación del ceramista Arranz, con su taller en la ronda de Juan II, pintores como Torreagero, o escultores como Emiliano Barral, entre otros, dejaron una huella imborrable en la ciudad, marcando un camino de modernidad, que se mantiene hasta nuestros días.
No podremos entender la historia de la pintura en Segovia sin mencionar la Academia de San Quirce y sus conferencias, también promotora de exposiciones de pintura, acogedora de escritores y poetas, o los Pensionados de El Paular del palacio de Quintanar. Qué voy a decir yo de este lugar. Ahí comencé yo a pintar o más bien a conocer qué era aquello que provocaba en mí tanto interés y pasión. Allí conocimos a poetas, músicos e historiadores, en definitiva, un oasis de cultura que enriqueció a la ciudad y a todos los que apostábamos por la ciudad ideal de nuestros sueños.
Pero quizás la más importante, por su vocación vanguardista, fue la Casa del Siglo XV, lugar de encuentro con lo mejor del arte del momento, salvando fronteras y permitiendo que Segovia contemplara las vanguardias que estaban en lo más alto en esos momentos. No debo olvidarme que fue un lugar de tertulias y mi galería preferida para mostrar mi obra.
¿Segovia ama la pintura o la pintura ama a Segovia? Creo que no hay duda, se aman mutuamente. No puede entenderse de otra manera, pues si no, muchos de aquellos que vinieron a la ciudad de Segovia a contemplarla y averiguar su misterio estético, habrían desistido, dejándonos huérfanos de visiones extraordinarias pictóricas y escultóricas, expresadas en la materia, o la poesía, hermana de las anteriores, inmersa en el mundo invisible e intocable de la realidad. En este punto encontramos la figura protagonista que hoy nos ocupa, CARMEN MOYA, Carmenchu para los amigos, pintora madrileña pero segoviana de adopción.
Ella y yo nos conocimos estudiando en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, en aquel caserón de la calle Alcalá, donde pasamos años aprendiendo un oficio que nos daría muchas satisfacciones y también algunos dolores de cabeza, a lo largo de toda nuestra vida. Aquellas clases enormes, a veces gélidas: anatomía, pintura, modelado, dibujo, grabado, etc. Compañeros inolvidables: Zachrisson, Irizarri, ambos grabadores, y pintores como Bea Rey, Alexanco, Darío Villalba, Pérez Valero, Armando Pedrosa, Juan Pita, entre otros muchos.
Entre mis aventuras pictóricas con ella está muy presente la Fundación Rodríguez Acosta. Allí fuimos con la beca de paisaje que lleva su nombre. Fue fantástica la estancia de mes y medio en un Caren idílico, en cierto modo melancólico, en el que los olores a jazmín y a ciprés lo inundaban todo, junto al sonido del agua de las fuentes. La Alhambra, los jardines del Partal, el Generalife. Volvimos al año siguiente. Después todo fue un recuerdo.
La Costa de la Muerte en Muxia, pintando en la piedra de Abalar y por la noche en ese mismo lugar contemplando el horizonte atlántico con las pequeñas luces de grandes buques en tránsito. Las meigas, que haberlas las había y nos daban conversación. Mundo mágico el gallego. Quizás fuente de inspiración para Carmenchu. Cuenca, Museo de Arte Abstracto, tan imprescindible en aquellos años. Albarracín, pasando por Cañete, cuna de los ancestros del Nobel de literatura Elías Canetti. Viaje helador, nieve y belleza. No siempre pintando, pero con la mirada atenta al entorno, reservándolo todo para después. El valle del Tiétar, árboles en flor, espectacular. En fin, recuerdos de juventud. Luego la vida misma
Carmenchu se instaló en Torrecaballeros y ahí montó su estudio allá por los setenta. Ya todos teníamos familia y comenzaba eso que llamamos, no sé si con razón, nuestra madurez. Torrecaballeros, lugar artístico, político, recreativo, donde se entablaron amistades eternas, que se merecería capítulo aparte.
Intimismo
Ternura
Soledad
Metafísica
Surrealismo
Autenticidad
Los verdes de su paleta
Necesidad
Si hubiera que definir la obra de Carmenchu, podría hacerse con conceptos similares a esta pequeña lista, un tanto sugerente de su personalidad. La pintura en parte es necesidad y habilidad para imaginar escenas que no se encuentran presentes, al menos en nuestra conciencia directa y explica y participa en eso que llamamos valores artísticos esenciales. Esta habilidad del subconsciente es la base de la obra de Carmenchu
Pintora de gran sensibilidad, sumergida en un mundo íntimo, en cierto modo solitario, aferrada a unos valores plásticos sobre los que fundamentar toda su obra. Es verdad que evolucionó a lo largo de su vida. Pura lógica. Pero mantuvo una línea inconfundible, con una técnica más depurada, sin perder la frescura característica de sus cuadros.
En su primera exposición individual en la Casa del Siglo XV en Segovia, allá por 1967 ya nos dijo: “mi mayor alegría es el poder pintar a diario”. En Carmenchu la pintura fue pura necesidad, con mayúsculas. El surrealismo que subyace en su obra y que transcurre por dimensiones desconocidas del inconsciente, será una constante de su intelecto. Nunca usó del gran formato para pintar, pero en cambio su universo temático era de grandes propuestas espaciales. Podríamos decir que es el gran formato embutido en el pequeño formato.

Esta noticia se puede leer al completo en la edición impresa de El Adelantado de Segovia y en Kiosko y Más.

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