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Las alhajas de una zamarriega
Juan Alberto de Lucas Martín  - Segovia | 21/02/2016
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Seguramente, sea la festividad en honor a Santa Águeda la gran impulsora del uso de la indumentaria tradicional. Esta afamada celebración que en Zamarramala cuenta con la declaración de Interés Turístico Nacional atrae cada año a multitud de personas venidas de diferentes lugares para conocer esta antigua tradición y sobre todo, ver a sus máximas representantes: las Alcaldesas.
Son muchos los barrios de la ciudad y pueblos de la provincia donde también el color de lo tradicional inunda sus calles. El protagonismo de cada una de las prendas se pone de manifiesto al son de la dulzaina y el tamboril, aunque la mayor parte de las veces, no podamos decir que ante nosotros, tengamos un buen ejemplo de lo que debemos considerar la moda de una época como la que identificaría este tipo de vestuario.
La distorsión se hace patente hasta el punto de falsear la escasa autenticidad que pudiera existir y esto no solo engloba a la parte textil, pues también hace mella en los aderezos y alhajas, que sin ningún tipo de rigor, se convierten en un derroche de bisutería que no hace merecedor de la verdadera riqueza que acompañaba a este traje.
Hay que tener muy presente que la indumentaria no puede entenderse sin la parte de joyería, van totalmente unidas, aunque hoy en día no exista un esmerado cuidado en su uso. Nada tiene que envidiar las alhajas de la segoviana a otras regiones, salvo que aquí, sigue siendo un punto débil a diferencia del resto donde prima y se mima a la hora de vestir.
Visitando este año a las Alcaldesas de Zamarramala, he aplaudido hasta la saciedad la aparición de las antiguas joyas que tantas Alcaldesas han sabido lucir y que últimamente no se dejaban ver. Nos han mostrado y regalado una parte de lo auténtico. Unas collaradas, mal llamadas de las pislázuli pues no se trata de dicha gema, ya que en realidad estamos hablando de cuentas de vidrio, algunas de ellas facetadas, lo que componen estos collares de intenso color azul. Material este muy utilizado dentro de la joyería tradicional y que en Segovia, es casi absolutamente desconocido porque se ha procurado grabar a fuego en las mentes colectivas, las palabras coral y plata como términos exclusivos a la hora de hablar sobre esta temática popular. Incluso, el desconocimiento de los materiales es tal, que en ocasiones escuchamos en algún especial sobre la fiesta tratar al propio coral como una gema.
Con estas bases, es complicado constituir un pilar sólido a la hora de recuperar las coraladas y collaradas que lucían aquellas segovianas cuando se engalanaban a la hora de la fiesta. Los pobres intentos que llegan ante nuestros ojos repiten el mismo esquema y no es más que el relleno de collares a modo de parábolas que toman una amplia longitud, que sigue la ley del “ninguno toca a otro” y todos ellos, se sujetan en los hombros a través de unos broches de plata, que adquieren diferentes formas. Un invento actual, pues en realidad se deben coser al cuerpo del vestido o se atan a través de cintas, algunas de las cuales, trabajadas en bajo lizo.
Tristemente es un hecho y una realidad. Lo vemos en cada evento que se celebra durante el año, cuando es de rigor vestir de segoviana, pero el problema comienza cuando se intoxica, con cierto énfasis, asegurando que es lo auténtico, pues se pierde una seña de identidad, la tradición y la historia de la moda. Olvidamos que no deja de ser un recurso turístico por excelencia y parte de nuestro Patrimonio (otras provincias saben que es su gran imagen), pese a que suene a boina a más de uno y como ya dije en una ocasión, la boina es arte.
Desde hace bastante tiempo, el proyecto de difusión “Secretos de Arcón de una Alcaldesa” que he presentado en el I Congreso Europeo de Joyería, en Iberjoya, en el Museo del Traje, en el Instituto Gemológico Español, entre otros, el público que ha asistido, ha sabido valorar la riqueza de lo que hoy en día conocemos como traje de Alcaldesa. Sorprende ver el interés que despierta ante personas que a veces no tienen ninguna motivación por lo tradicional y uno se da cuenta de como algo tan nuestro, resulta tan desconocido a la vez por los propios segovianos, pues en cuanto ven algo que difiere a lo que conocen, rápidamente se limitan a decir que no es de aquí, o un “eso no se llevaba”, evitando abrir una posibilidad de conocer realmente este legado, del cual tenemos la obligación de preservar y difundir en su estado puro, sin esos dañinos aditivos.
Por todo esto, cuando uno es sorprendido por una Alcaldesa de Zamarramala con parte de su historia sobre su pecho, toma color esas fotografías que ilustraban los artículos costumbristas dedicados a la fiesta y uno se entusiasma y lo aplaude. Y lo sigo aplaudiendo como si Ainhoa Arteta nos deleitara con “O mio Babbino Caro”...
Y ante este clímax artístico, retomamos a las Alcaldesas y sus alhajas. Alhajas que se prestan por parte de la vecindad y que así ha sido siempre. No es algo de extrañar y no solo pasa en Segovia. Cuando se ha querido retratar esta iconografía popular o la mujer ha sido la que sirve a la Santa durante la fiesta o ha tenido que ser imagen representativa de un acto, era común enjoyar a la protagonista con lo mejor que había en la población y nadie negaba ningún aderezo. Por eso, cuando vemos esas antiguas fotografías en las que los collares se multiplican y se extienden hasta cubrir la totalidad del pecho, como si de un horror vacui se tratara, tenemos que tener presente que no todo el mundo tenía ese nivel adquisitivo y la mayor parte de las ocasiones iban de prestado para que el resultado magnificara a la susodicha en cuestión. Una forma de adornar a la mujer, que tiene una clara visión estética, pero las joyas no solo eran eso. La cantidad de joyas que portaba, así como la propia calidad de las mismas, denotaba la posición social y la jerarquía en la fémina, pero el objetivo fundamental de todas estas joyas era profiláctica. La superstición ha estado presente desde tiempos remotos y en el contexto del que hablamos, una mala mirada podía matarnos, así que había que protegerse de todo mal que pudiera acechar.
Mencionamos en renglones anteriores el coral, pero nos referimos al coral rubrum. Ya en el Siglo de Oro Español se le atribuyen poderes mágicos y curativos, así pues, las coraladas serán un complemento indispensable en el atuendo de la mujer y se pone de manifiesto en la obra de “Los trabajos de Persiles y Segismunda” de Miguel de Cervantes donde dice: “Llenas de sartas y patenas los pechos, en quien los corales y la plata tenían su lugar y asiento ...”.
Este tipo de joyería ha llegado a nosotros como propio de la indumentaria tradicional segoviana, aunque es fácil preguntarse ¿qué hacen piezas como pueden ser las patenas, a las que hace alusión Cervantes, en un vestuario que toma forma a mediados del s. XVIII?. Todo tiene una respuesta, pero hablamos de un tema tan extenso que requiere de una dedicación más profunda, así que sigamos nuestro breve itinerario por los diferentes elementos protectores que acompañan a estas joyas.

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