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Un monolito en el puerto del Reventón
ANTOLÍN TRECEÑO - Segovia | 22/11/2015
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  Imagen actual del monumento erigido a la memoria del heróico Ibáñez Marín, en el puerto del Reventón, por la Sociedad de Excursionistas Militares.

El lunes trece de junio de 1910 dos militares españoles, el capitán Federico Berenguer y el comisario de guerra Adolfo Pérez del Camino, viajaban hacia el valle del Lozoya con la misión de subir hasta los 2039 metros del puerto del Reventón un monolito de piedra de dos metros de alto y más de un metro de perímetro que llevaba grabada la siguiente leyenda: "LA SOCIEDAD MILITAR DE EXCURSIONES A SU 1er. PRESDENTE EL TENIENTE CORONEL IBAÑEZ MARIN + 23 JULIO 1909 EN MELILLA. R. LÓPEZ. JUNIO 1910". Tenían por delante cinco días para terminar este trabajo porque el diario madrileño La Correspondencia Militar ya había publicado una circular anunciando la inauguración de este sencillo monumento para el domingo de esa misma semana. Con el imprescindible refuerzo de varios hombres del valle y ocho parejas de bueyes se concluía en la fecha prevista el acarreo de la columna granítica además de su emplazamiento en el puerto sobre un pedestal formado por otro bloque de granito y varios cantos desplazados de los alrededores. A la convocatoria del acto de inauguración acudieron finalmente quince militares, miembros de la citada Sociedad Militar, que partían de Madrid en tren la víspera para pernoctar en La Granja y comenzar el domingo a las nueve de la mañana la subida al puerto acompañados por dos civiles, uno de ellos el fotógrafo Julio Duque a quien debemos el testimonio gráfico de aquel acto. Ante el monolito, todavía cubierto por la bandera de España, se procedió a la elección del nuevo presidente de la Sociedad, el Barón de Casa-Davadillos, que pronunciaba un emotivo discurso en memoria del hombre cuyo nombre iba grabado en el monolito, y a quien ahora sustituía en el cargo. Finalizado el acto con vivas a España, el Rey y al Ejército, comían en el puerto y a las dos de la tarde iniciaban el descenso hacia La Granja para continuar desde allí a Segovia y tomar un tren de regreso a Madrid. Este homenaje era el final de una historia que había comenzado diez años atrás, cuando aquel militar homenajeado y fallecido en Melilla conocía el puerto del Reventón.
José Ibáñez Marín era entonces uno más de los oficiales del ejército que regresaba a la Península tras haber combatido en la guerra de Cuba. A diferencia de la mayoría de sus compañeros de armas era un hombre culto, con obra publicada y simpatizante con las ideas de la Institución Libre de Enseñanza. Fruto de sus inquietudes fundaba en 1900 la Sociedad Militar de Excursiones. Aquí se encuentra uno de los caminos que le condujo al puerto del Reventón porque la primera excursión que organizó esa minoritaria Sociedad tuvo como destino la sierra de Guadarrama y los ocho oficiales que participaron en ella franquearon ese puerto durante aquel viaje iniciático de seis días de duración. Un segundo camino, el principal, fue la elección del Monasterio del Paular como lugar de descanso familiar tras su regreso de Cuba. Las estancias en aquel enclave del Guadarrama, sus excursiones desde ese desamortizado monasterio y el contacto con los habitantes de la zona le permitieron un detallado conocimiento del valle del Lozoya y consecuentemente del Reventón por ser el puerto más próximo al Paular y la vía más directa para comunicarse con La Granja de San Ildefonso y Segovia.
Su experiencia personal durante la excursión con la Sociedad Militar, cuando pasaban el puerto con sesenta centímetros de nieve y varios grados bajo cero en el mes de noviembre, sumada a las historias de pérdidas, accidentes y desgracias ocurridas en ese paso y que conoció a través de los habitantes del valle, le hicieron tomar conciencia de la necesidad de emprender algún tipo de mejora que redundase en una mayor seguridad para todos los civiles y militares que utilizasen esta vía, el único puerto de uso frecuente de la sierra de Guadarrama por encima de los dos mil metros de altitud, apenas una leve ondulación en la cordillera.
De la fase germinal del proyecto pasó a la práctica a raíz de un desgraciado suceso ocurrido dos años después, el 17 de febrero de 1902, cuando el vecino de Lozoya, Julian López, de 37 años y de oficio truchero, regresaba desde La Granja a su casa por el Reventón y sólo alcanzaba su domicilio el perro que le acompañaba. Los intentos por localizarle desde ambas vertientes no sólo fracasaron sino que durante la segunda tentativa organizada desde La Granja un guardia civil tuvo que rescatar a un voluntario, vecino de la localidad, cuando se encontraba ya en una situación crítica. El cadáver del infortunado acabaría apareciendo en pleno mes de agosto, seis meses después, en la vertiente madrileña, cubierto por su manta, sin su reloj ni el dinero que llevaba, detalles que amplificaron entre los habitantes de la zona la sensación, ya existente, de que el puerto era un paso peligroso en caso de mal tiempo o presencia de nieve.
Para hacer del puerto del Reventón un itinerario más seguro Ibáñez Marín buscó y consiguió la cooperación de los alcaldes de Rascafría y de La Granja, don Fermín Ramírez y don Clemente Gaona, de los propietarios de los terrenos de ambas vertientes, don Zacarías Martín y don Rafael Breñosa, así como de otras personas que ofrecieron jornales e incluso plantaron árboles para mejorar el camino. Pero el trabajo más singular fue la construcción de una hilera de mojones para señalar el camino de tal forma que desde uno siempre fuese visible el precedente y el posterior. Para esta obra consiguió reunir 940 pesetas en donaciones, 500 de las cuales fueron entregadas por la Infanta Isabel de Borbón, veraneante habitual en La Granja, y que había cruzado a caballo el puerto del Reventón durante tres veranos consecutivos, en 1899, 1900 y 1901, acompañada de unos séquitos desmesurados que llegaron a alcanzar los noventa invitados, aparte del personal de servicio que sumaba cerca de cien personas (1). En total se levantaron 57 mojones numerados, 26 en la vertiente madrileña con el primero situado en La Redonda, uno en el mismo puerto y 30 en la vertiente segoviana con el número 57 en la Peña del Berrueco. Todos tenían la misma altura, dos metros y medio, pero tres de ellos, el 16 en La Mojoncilla, el 27 en el Puerto y el 43, en la fuente de los Infantes, presentaban un diámetro mucho mayor porque a diferencia del resto no eran macizos sino que ofrecían un espacio interior para guarecer media docena de personas en situaciones de mal tiempo. Por último señalar que si bien se procuró realizar todo el trabajo durante 1905 la vertiente madrileña no se completó hasta el año siguiente...

Esta noticia se puede leer al completo en la edición impresa de El Adelantado de Segovia y en Kiosko y Más.

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