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Intrépidos labios
Rodrigo González Martín - Segovia | 12/07/2013
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  Ernesto Millán. Sin título (2012). Fotografía. 87 x 66

De forma inesperada podemos ver en Palacio Quintanar una pequeña pero prometedora muestra de la obra fotográfica del cubano Ernesto Millán. La exposición tiene ese carácter de improvisación y de encanto que sin embargo alcanza el tono de descubrimiento y sorpresa que sin duda se recordará. Apenas unas líneas en la pared nos presentan al desconocido fotógrafo, no en vano es la primera muestra en Europa de sus creaciones. Las fotografías se muestran así al desnudo, como no podría ser de otra forma al tener como género el desnudo de lo natural. No hay cartelas de las obras, por tanto ni títulos, ni fechas, ni técnicas, ni medidas. Pero diremos que este descuido organizativo hasta le viene bien a la obra expuesta, así no nos distraemos con otros datos ni recursos. Sobre el desnudo la obra se muestra desnuda misma.
Se presentan 17 fotografías en color montadas sobre papel pluma y con el jugoso título genérico "Intrépidos Labios", realizadas por el fotógrafo cubano Ernesto Millán, formando en su conjunto una serie, un proyecto, una intencionada indagación, con la que pretende "descifrar las similitudes existentes entre la naturaleza y nuestra anatomía".
Representa un proyecto de trabajo de diez años de ideación y realización. Son imágenes que coquetean con el arte del desnudo utilizando algo tan cotidiano y sencillo como una fruta o una hortaliza. Naturaleza inanimada y corporalidad humana que intercambian formas y colores, sensualidades y atractivos, complicidades y texturas.
El fotógrafo Ernesto Millán nos cuenta el desarrollo de su trabajo, el proceso - nos dice - comienza con "la previsualización de la parte del cuerpo que se desea fotografiar utilizando símbolos sexuales para crear un hilo narrativo" sin dejar de lado la parte lúdica de las imágenes y el disfrute de contemplar cómo el público se convierte en "cómplice de su propia imaginación desde sus más íntimos pensamientos". En palabras del propio fotógrafo el objetivo es "insinuar, seducir, evocar sentimientos contradictorios, sugerir múltiples lecturas y arrancar una carcajada o exclamación a través de las formas, siluetas, simetrías, volúmenes y texturas de simples frutas, hortalizas y vegetales".
Ciertamente no es una idea novedosa, y E. Millán reconoce la compleja y variada herencia que le precede, de Edward Weston (1886-1958) a R. Mapplethorpe (1946-1989), de Carlos Vega (Carlucho) (1940), con sus "Relatos desnudos" y sus pinturas, a Ramón Pacheco o René Peña.
"Lo bello tiene múltiples interpretaciones" y más múltiples representaciones, máxime si se trata de encarar el siempre misterioso asunto del cuerpo en su desnudez y la naturaleza en su diversidad y multiformidad.
Con esta serie se pretende poner al desnudo a la Madre Naturaleza en si misma, la cual nos muestra por esta vez su lado sensual, coquetea lascivamente con nuestros sentidos provocando nuestras más íntimas pasiones y emociones. Mitad juego, mitad erotismo. Mitad forma, mitad tacto. Mitad eros, mitad logos.
A fin de cuentas "todo arte es erótico", proponía G. Bataille, incluso en el sentido más exquisito e intelectual imaginable, tal y como lo anticipara el mismo Platón. Cada forma es deseo, cada idea es anhelo, cada gota de savia es "una lágrima de Eros".
Para Ernesto Millán la principal fuente de inspiración encuentra sus raíces en el desnudo, pues fascina tremendamente insinuar, seducir, evocar sentimientos contradictorios, sugerir múltiples lecturas, arrancar una sonrisa o exclamación a través de las formas, siluetas, líneas, contornos, simetrías, volúmenes y texturas de simples frutas, hortalizas y vegetales. Más allá de la mera fruición pantagruélica, sobrevive y se impone el juego ambiguo de las formas rebosantes de imaginación, de fantasías y proyecciones.
Y de esta minuciosa y respetuosa observación y contemplación de la naturaleza, la cual se asocia irremediablemente con la belleza humana, surge un hilo narrativo sutil y sugerente, intentando descifrar los secretos paralelos que coexisten entre nuestra anatomía biológica, exuberante y parlanchina, y la naturaleza vegetal, con frecuencia más silenciosa.
Y así se provoca entre miradas sospechosas y lascivas una complicidad creciente, un divertimento ingenuo y una sonrisa inocente.
Dejemos al ojo libre de moralidades.

Esta noticia se puede leer al completo en la edición impresa de El Adelantado de Segovia y en Kiosko y Más.

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