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La ajetreada historia de una montera
Esther Maganto (*) - SEGOVIA | 07/02/2013
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  Milagros Pascual, posa con la montera de Davía entre sus manos./ EL ADELANTADO

Han transcurrido catorce años entre la primera y la segunda vez que he tenido entre mis manos una de las monteras segovianas de la colección particular de Nacho Davía, única en su género, y a priori masculina, puesto que presenta diversos detalles que así lo indican. En 1999, conservaba un trozo de cinta cosida que aclaraba el origen, Sanchonuño, y el uso, masculino. Tras tomar diversas fotografías, hice un primer examen de esta pieza testigo junto al folklorista Pablo Zamarrón, a fin de incluir los datos en el último borrador del libro Indumentaria Tradicional Segoviana -que Caja Segovia publicó en el año 2000-. A pesar de su evidente deterioro, comprobamos que no faltaba ninguna pieza de tela de la estructrura básica y procedí a describirla y catalogarla. Lo más llamativo resultó sin duda, la decoración distintiva del casco: de paño oscuro, alargado y estrecho, en los laterales del mismo presentaba doce botones planos -forrados con torzal-, colocados en hileras de cinco, y el sexto delante del más bajo. Hasta el momento, este adorno y tal disposición, sólo la había observado en los denominados doce apóstoles de numerosas piezas testigo femeninas, aunque hechos con madera en forma de cono truncado y forrados con hilo metálico, plateado o dorado.
Por otro lado, Davía permitió fotografiar en la misma fecha, y para la misma obra, una segunda montera con otra cinta cosida donde se especificaba el mismo origen, Sanchonuño, pero para uso femenino. Emparejadas por tanto, a través de tales cintas, ambas monteras compartían una estructura conformada por un casco decorado en los laterales con un galón metálico dorado junto a una cintilla de seda deshilada, diversos bordados multicolores a modo de punta de lanza, y doce botones/doce apóstoles. Diferían, no obstante, en los adornos de las vueltas de terciopelo: la masculina lucía una estrella de ocho puntas bordada y la femenina aglutinaba lentejuelas y chapería. Por último, dos pequeñas borlas remataban las vueltas separadas de la masculina, y una sola borla con sedones e hilo metálico dorado, unía los picos de la femenina.
En 1999 comenzó así el camino hacia su correcta catalogación: su localización había abierto un sinfín de interrogantes, y el principal escollo era justificar la presencia del conjunto formado por el galón, las bordaduras y los doce botones. En la obra del 2000, teniendo como pauta los datos de las cintas y la forma del casco, se incluyó entre los tocados masculinos; y en 2013, tras inventariar numerosas monteras femeninas, mantengo junto a Zamarrón, las mismas dudas y la primera conclusión: el patrón del casco no es el habitual entre las piezas testigo femeninas, sin embargo, sus adornos guardan grandes semejanzas con ellas, de ahí su unicidad.
Son numerosas las referencias que he reunido durante estos años y que me conducen a esta opinión. Un primer dato clave es que el casco alargado y estrecho que presenta este ejemplar puede verse en dos imágenes del Costumbrismo de las primeras décadas del siglo XIX: el grabado de A. Rodríguez, "Arriero de Tierra de Segovia" (nº 46, "De Castilla La Vieja"), publicado en la Colección de Trajes que se usan en España, principiada de 1801 -donde también aparece un labrador asturiano con el mismo tocado-, y el grabado del francés Blanchard, Paisanos de los alrededores de Segovia, de 1832, en el que dos hombres ataviados con coleto -prenda de origen militar- se tocan con este tipo de montera.
Con todo, en el casco de las monteras de estos grabados no se aprecian galones, ni bordados, ni botones, sin embargo, una obra anterior a las citadas, La colección de trajes de España de 1777, grabada por Juan de la Cruz Cano, me ha aportado datos relevantes sobre la presencia de botonaduras en cascos masculinos: el "Cheso. Aragonés de la comarca de Jaca" cubre su cabeza -tal y como explica Maneros López-, con "un casquete flexible de forma troncocónica (.) que presenta cuatro tiras verticales con botones, dispuestas radialmente". Tales botones, sobre las costuras y dispuestos en hilera de cinco o seis, según las versiones, constatan los procesos de imitación estética vertical que tienen lugar entre los grupos sociales acomodados a lo largo del setecientos: como explica Descalzo Lorenzo, en la corte y las clases nobles, "el traje masculino se hacía con los mismos tejidos, colores y bordados que los utilizados en el traje femenino" y "los botones podían ser de diferentes materiales, madera, forrados de telas bordadas, de oro y de plata".
Buscando analogías sobre otros adornos masculinos, en el grabado de Williams de 1845 sobre un hombre canario, puede verse una montera con tres borlas, y en la posterior obra del gallego Fierros, las monteras de Pontevedra y de Santiago se decoran profusamente no solo con borlas, también con cintas de seda y bordados en los que se plasman motivos vegetales. Tal y como aclara Antonio Fraguas, "fue muy usada la forma mitral (.) Se adornaban con presillas de terciopelo y motas de seda, formando grecas y dibujos sin que ellas falten las plumas de gallo, pavo real, perdiz o gayo, y hasta una pequeña rama de olivo que debe tener su origen en el Domingo de Ramos". De hecho, otro tipo de tocado vinculado a los danzantes segovianos de Valleruela de Pedraza, confirma el uso de plumas en el mismo.

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(*) Periodista e Investigadora.
Blog indumentariatracionalsegoviana.wordpress.com.

Esta noticia se puede leer al completo en la edición impresa de El Adelantado de Segovia y en Kiosko y Más.

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