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El artista José María García Moro, madrileño de nacimiento aunque segoviano de adopción, ya que fijó su residencia en Segovia hace décadas, falleció ayer en su residencia de la capital, a los 78 años de edad. En sus última apariciones públicas su estado de salud aparecía bastante deteriorado, y ayer el que fuera pionero de las intervenciones escultóricas en espacios urbanos se despedía para siempre.
Los restos mortales de Moro permanecen en el tanatorio San Juan de la Cruz de la capital, donde hoy permanece abierta la capilla ardiente. El funeral se celebrará mañana lunes, a las diez y media, en la iglesia de la Santísima Trinidad. El cadáver recibirá sepultura posteriormente en el cementerio del Santo Ángel de la Guarda.
Nacido en Madrid en 1933, el trabajo más característico y más reconocido de Moro le llevó a ir ganando las plazas y las calles públicas para la práctica del arte y la intervención del espectador, con montajes que parten de un solo color, una base cromática que cubre el piso, hasta pasar a la fiesta y el caos, cuando se van incorporando formas escultóricas y objetos que, finalmente, terminan esparcidos por la ciudad.
Una de las irrupciones artísticas en plena calle más singulares fue la de soltar una manada de vacas en la plaza de las Sirenas de Segovia, a las que seguían bandas y elementos de colores. Desde entonces realizó intervenciones en muchas ciudades europeas y españolas como Segovia, Valladolid, Salamanca, Cáceres, A Coruña, Ceuta, Lisboa (Portugal), y la italiana Ferrara, entre otras muchas.
Su última intervención en la calle fue en Segovia, el 1 de agosto de 2009, dentro del Festival OxigenArte que se celebró en la ciudad, aunque el verano pasado presentó una última instalación en el Museo de Arte Contemporáneo Esteban Vicente, coincidiendo con la publicación de una amplia obra sobre su trayectoria.
Académico de número de la Real de Historia y Arte de San Quirce, Moro dejó testimonio de su obra en las calles segovianas, con monumentos como los dedicados a San Juan de la Cruz y Agapito Marazuela; también realizó el paso de Jesús en la borriquilla que aún desfila los Domingos de Ramos por las calles de la capital segoviana.
Desde estas líneas, EL ADELANTADO testimonia su pesar por el fallecimiento de Moro a todos sus familiares y amigos, especialmente a su esposa y su hijo.
La obra queda
“Me iré, digo yo, pero la obra, lo que ha visto, permanece en el recuerdo, vive con la persona”, afirmaba Moro en una entrevista concedida a Aurelio Martín y publicada en agosto de 2009 en este periódico, con motivo de la que fue su última intervención artística en la calle, dentro del festival de arte contemporáneo OxigenArte.
En esa despedida (“aunque no me gusta utilizar la palabra fin, la vida continúa”, aseguraba), Moro confesaba, sin perder el humor, pero emocionado que “la cabeza me funciona regular, pero no el cuerpo, lo que no es extraño, porque es tan pequeño que se queda sin fuerza”, con el fin de justificar que se apartaba del trabajo, cuando estaba a punto de cumplir los 76 años.
El artista recordaba en aquella entrevista como, tras vivir en Puerto Rico o Nueva York, en 1977, soltó una manada de vacas por la plaza de las Sirenas de Segovia, en una de sus primeras “invasiones” seguida de una explosión de elementos y bandas de colores.
Aquello, como rememoraba, fue el prólogo de numerosas intervenciones después de haber trabajado en el dominio del espacio con varias instalaciones y, antes, pasar por la figuración, la abstracción y el orden geométrico y racional.
Moro explicaba esta evolución diciendo que “tras empezar con la escultura, me quedo con el espacio y, poco a poco me di cuenta que no era suficiente y había que comunicar empleando una materia, la más idónea en cada momento”.
“Todo es efímero”, explicaba Moro refiriéndose a sus intervenciones en la calle, “porque desaparece, dura apenas unas horas, pero queda en cientos de documentos fotográficos y vídeos, aparte de que permanecerá para siempre en el recuerdo del espectador, se incorpora a su mente, a su experiencia”.
Y es que lo que realmente satisfacía al escultor, como él mismo reconocía, era cuando algunas personas le paraban por la calle y le decían que nunca olvidarán lo que hizo cierto día: invadir la calle con arte y dejar intervenir al público, aunque la obra nazca y muera en el día. Y a buen seguro que, aunque Moro nos haya dejado, sus obras siguen presentes en muchas mentes.
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