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  Pilar Gómez, en un momento de la puesta en escena de “Mejorcita de lo mío”, el pasado sábado, en la cárcel. / A. Benavente

El pasado sábado salí de la Sala Ex.presa 1 (la antigua cárcel para que todos nos entendamos), con esa sensación que te embarga a veces después de haber visto una película, una exposición, o una obra de teatro, como en este caso. La sensación de haber visto cositas, destellos, momentos... de haber apreciado posibilidades muy interesantes en un trabajo que, no obstante, no logra convencerte.
Y eso me pasó a mí el sábado con este “Mejorcita de lo mío” que presentó Pilar Gómez, actriz y coautora. Podría limitarme a escribir que la interpretación es impecable (cómo ella misma dice, hora y media sola encima de un escenario y encima en bragas... pues no se puede estar más expuesta), que Pilar Gómez domina con nota el registro cómico; que no llega a la misma altura, pero se defiende bien, en el dramático y que maneja con soltura las distancias cortas con un público que, en esta sala, está muy muy cerca.
Podría escribir que la obra tiene momentos absolutamente hilarantes, desde el diálogo con el invisible José Manuel a la conversación con la madre sobre cómo planchar las cortinas y cómo colocar la ropa interior en los cajones, pasando por la parálisis sobrevenida en plena escena, que obliga a la actriz a entretener un rato al respetable, sin mover más que la cabeza, hasta recuperar el movimiento.
También podría escribir que “Mejorcita de lo mío” invita además a reflexionar sobre algunos temas importantes. La duda paralizante que atenaza a la actriz en pleno escenario, la sensación de incapacidad, nos acompaña a todos, en un momento u otro, en un aspecto de nuestra vida u otro, con más frecuencia de la que nos gustaría. Sus dudas existenciales y su indecisión sobre quién es ella misma tampoco pueden ser ajenos a nadie que se haya parado a reflexionar dos minutos sobre su propia vida; y qué decir de las penas de amor, del abandono, del amor no correspondido... Pues que son también tan viejos como el mundo.
Puestos a escribir, podría escribir incluso que la obra tiene un final esperanzador, porque la actriz termina mejorcita de lo suyo, con la conclusión, no por simple menos cierta, de que, pudiendo estar bien, para qué estar mal, o por lo menos, intentarlo. Y reconozco sin ambages que el montaje tiene un momento visualmente espectacular, emocionalmente brutal, cuando Pilar Gómez crea ese laberinto de pena, de tiza y luz, mientras suena el “Se me va” de Bambino.
Podría escribir todo esto y todo sería cierto. Pero no daría una medida real de la sensación que, como espectadora, me dejó “Mejorcita de lo mío”. Mi impresión es que tanta fragmentariedad en el texto, tanta diversidad en los tonos (de Hamlet a las bragas y de las flores a María a Calderón, sin solución de continuidad), tanto salto de la chanza más absoluta a la reflexión metafísica a la que en algún momento le sobraba, además, un punto de pedantería, se pasaron todo el espectáculo intentando echarme de la obra. Sacándome cada vez que estaba dentro.
Además, la intensidad de lo que podríamos denominar ‘momento Bambino’ hace que todo lo que viene después sea una pálida sombra. Cuando se consigue encontrar oro en una escena, hay que saber dónde colocarla.

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