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A iniciativa y con el trabajo de su familia se organiza esta exposición para recordar al artista, a la persona, al personaje, Daniel Zuloaga Olalla, en la Casa de los Picos, dónde sino, a punto de celebrar los diez años de su muerte.
Es una exposición de recuerdos, casi íntima, y sin pieza alguna de cerámica a la vista. Un atrevimiento para algunos, un acierto para otros, para todos una oportunidad para desvelar de nuevo las dos obsesiones máximas de Daniel, la vida, los amigos, el día a día, y el paisaje, Castilla, la naturaleza.
La muestra tiene dos espacios bien diferentes y bien complementarios a la vez. En el zaguán vemos recuerdos de su vida en fotografías, en retratos y caricaturas, en manifiestos, todo un vitral de personajes que dieron contexto a la vida de Daniel. Hay fotografía de escenas de vida colectiva y pública, para despedirles a punto de iniciar la aventura americana se reúnen Unturbe, Torreagero, Lope Tablada, Marqués de Lozoya, Guerra, Grau, en 1951. En Mar del Plata con Fernando Arranz en 1953, Ya es coincidencia que ahora podamos ver la primera, pequeña pero memorable, exposición de Arranz López en el Museo de Segovia. Y esa escena coral de artistas en la Casa de los Picos en 1983, los ojos se nos va al recuerdo de Baixeras, del Peli…Y en varios momentos con Moro, José Mª García Moro. Amigos de velos y desvelos, de sueños y nebulosas, de promesas barbudas y risas libres. Cuantas ideas locas y obras anticipadas en una Segovia que apenas se escandalizaba. Aún esperamos lo mejor del genial Moro.
Hay retratos cuidados y buenos, como el carboncillo de J. Unturbe en 1947, los muy suyos de Heredero en 1070, el sólido e intenso de Juan Pablo Sánchez en 1989 o un recuerdo póstumo de Pérez de Cossío en 2002. Caricaturas soberbias de Torreagero en 1946, otras de pesudónimos como Sacamea (1950) u Orozio Belén y sutiles y precisas de Madrigal, de Orcajo, de Antonio Moragón…
Caleidoscopio de gestos, de miradas, de guiños al sol. Y Daniel tan suyo, temperamental y "plantao", socarrón y ácrata, cabezota y transgesor, tan suyo.
Y como quicio de la exposición, entre el zaguán de semblanzas y el patio de paisajes, la escultura (1970) de Moro en cemento patinado en bronce.
Y en el patio podemos ver casi a otro personaje, Daniel paisajista. Un contraste por descubrir. Tan urbanita y tan amante de la naturaleza, hasta le extremo de perseguir nubes, contemplar atardeceres y de emular tormentas. Tan metódico con el barro y los esmaltes y tan expresivo y gestual con el pincel. Tan impulsivo en vida y tan clásico en sus paisajes. Tan retador en todo y tan equilibrado en sus composiciones. Tan vasco en su chapela y tan castellano en su pincel.
Le obsesionaba y le tranquilizaba la naturaleza. Pintó al aire libre en bastantes periodos de su vida, pero todas las obras que vemos en esta exposición son paisajes de memoria, sacados del reposo de la mirada y del filtro de las esencias. Son paisajes recurrentes, decantados, en los que la naturaleza es protagonista, sin hombres que violenten ni ciudades que critiquen. Son paisajes liberadores de cierta quietud, en los que su obra contrastaba más con su vida al uso. No dibujaba antes, cualquier soporte le valía, tela, cartón, maderas sólidas, tablas malas. Cualquier técnica, óleo, gouache, acuarela, acrílico, le daba juego. Pintaba y repintaba, muchos cuadros tiene dos caras. Es una pintura ágil, casi urgida. Y siempre las mismas constantes, paisajes duales, antagónicos, la tierra sólida, estable, esculpida, acogedora, y las nubes intensas, dramáticas, atormentadas, esculpidas, huidizas. Y por medio, como síntesis radical, una perspectiva muy alzada que trata de fijar un infinito y una luz que en el día a día de las miserias urbanas se escapaban. Y el paisaje siempre es Castilla, imprescindible. Y la actitud también la misma, energía contenida, luz de nubes.
El artista
Daniel Zuloaga Olalla, nace en Madrid en 1922, presumía de ser de Lavapiés, pero muere en Segovia, más castellano que nunca, en 2000.
Miembro y heredero de apellido y saberes secretos de una larga saga de artistas y artesanos procedentes de Eibar. Armeros, damasquinadores, ceramistas, pintores corrían por sus venas y memorias.
Amplió los estudios de cerámica en la Escuela Nacional de Cerámica de Madrid y en Talavera de la Reina. Ingresó en la Escuela de Bellas Artes de S. Fernando de Madrid y con los hermanos Zubiaurre y alcanzó una buena formación en pintura, en escultura y, sobre todo, en dibujo, para él la base de todo arte.
Desde 1947 dirigió el taller de cerámica en la Escuela Elemental de Trabajo de Segovia.
Desde 1948 participa junto a su padre, Juan, y a sus tías en la reapertura del taller de cerámica de S. Juan de los Caballeros, famosa sede del taller y vivienda del abuelo Daniel. Se encargó de enseñar dibujo y decoración. Pero esta iniciativa un tuvo mucho futuro.
En 1951 el gobierno del general Perón en la Argentina invita a su padre y a él a participar y dirigir la Escuela de Cerámica de Mar del Plata, creada por el ceramista segoviano Fernando Arranz, discípulo del abuelo Daniel. Y con distintas aventuras y desventuras Daniel estará en Argentina hasta 1966 que regresa a Segovia. Dejó una obra importante en cerámica y escultura, hoy dispersa y en buena medida perdida.
Crea su taller en Segovia en la calle Daoiz.
En 1977 y 78 vive en las cercanías de París y trabaja con éxito y reconocimiento general en su taller de Montabé.
Regresa a Segovia y se hace cargo del taller de la recién abierta Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos en la Casa de los Picos, de la que será profesor hasta su jubilación en 1987. Crea un nuevo taller en la Plaza de la Merced.
Los años cuarenta fueron muy prolíficos en su trabajo, realizó muchas exposiciones en Segovia, en Barcelona, en Madrid, recibiendo menciones y premios varios. Sorprende que realizara tantas exposiciones de pintura y acuarela como de cerámica.
En su estancia en Argentina participa en más de 17 exposiciones casi todas individuales en galerías de Mar del Plata y Buenos Aires, con éxitos y premios.
Expone en "Les Métiers dArts" en La Porte de Versailles de París en 1977 y 78.
En los años 80 y 90 recupera la pintura. Participa en ferias y expone en Segovia, en Valladolid, Toledo… Su última exposición, casi homenaje, fue en 1995 en la Casa de los Picos.
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