El senador español Arcadio Díaz (d) escucha el relato del congoleño Richard. / Efe.
Una veintena de refugiados se convierten en libros parlantes y protagonizan una insólita biblioteca viviente organizada por la Agencia para los Refugiados de la ONU (Acnur) y el Consejo de Europa. Esos libros son desplazados, apátridas, demandantes de asilo, expertos que ayudan a otros como ellos, trabajadores sociales, ayudantes de niños inmigrantes no acompañados, que durante dos días desplegaron su catálogo de historias en inglés, francés, árabe, ruso, farsi o kurdo.
Entre los lectores, el senador español Arcadio Díaz Tejera se interesó por el libro número 16, titulado Un hombre negro de un país negro que brilla: el Congo.
La reseña de esa obra advierte de los prejuicios sobre su protagonista, según los cuales éste es un hombre pobre, perezoso, sin perspectivas ni ambición, que no se quiere integrar, y al que se le asocia con el crimen y actividades delictivas. Su nombre ficticio es Richard y tiene mucho miedo: miedo a decir su nombre verdadero, a hablar de su familia, a que se sepa dónde vive... e incluso a que se le fotografíe de frente. Y le cuenta a su lector que sigue con esos temores más de 13 años después de haber escapado de la actual República Democrática del Congo, perseguido por los secuaces del dictador Mobutu Sese Seko.
Se define como refugiado político, que cuenta con la ayuda de la Acnur, y el hecho de repetir su testimonio no evita que se emocione cuando narra su relato, según el cual «tener un niño soldado es lo peor que le puede ocurrir a unos padres». Pausado al hablar, levanta el tono al rebelarse cuando a él, convertido en la actualidad en un militante defensor de los derechos humanos cuyo sueño es volver a su país y dejar de ser un refugiado, hay gente que le dice que no es «nada».
Su testimonio se une en este experimento innovador a otros como el referido en el libro número 10: Refugiada libanesa, con el que aparece una mujer de unos 40 años, con ojos azules, que cubre su cabeza con un gorro. Se llama Tania Kobisy y al tomar asiento muestra al interesado un folleto de la novela La Malédiction, que cuenta su experiencia y está dedicada a las mujeres de África y Oriente Medio. «Escapé del Líbano con mis hijos tras sufrir violencia por parte de mi marido. Cuando violó a mi hija de 15 años, los tribunales me dijeron que no procedía demandarle porque (según su sentencia) la pequeña seguía siendo virgen», explica. Kobisy asegura que su ex marido, libanés, con el que también vivió en Costa de Marfil, hubiera obtenido sin problema la custodia de los hijos en caso de divorcio, y dice que en esos dos Estados ella está considerada como una criminal.
Habla sin pudor de los peores momento en su país, cuando pensó en el suicidio para poner fin a la violencia que descargaba su marido sobre ella y sus hijos, pero reivindica que es fuerte y que por esa fortaleza pudo seguir adelante y llegar a Francia. «Los primeros momentos fueron muy duros, pero amo París, me abrió sus puertas y me hizo sentir como una persona», relata no sin emoción, agregando, tras unos segundos de silencio, que su mayor deseo es que «las mujeres sean bien tratadas en todo el mundo, no como esclavas, sino como seres humanos».
La biblioteca viviente funcionó los días 22 y 23 de junio en el Palacio de Europa de Estrasburgo, y con ella se pretendió que la gente tome conciencia de ese colectivo para derribar prejuicios.