El General del Estado Mayor Edgar Ruiz, durante la rueda de prensa en la que hizo pública la muerte de Coronel. / EFE
El narcotráfico mexicano sufrió un gran golpe el pasado jueves. Ignacio Coronel, capo del cártel de Sinaloa, resultó muerto en un enfrentamiento durante una operación militar antidroga. Coronel era la mano derecha de Joaquín El Chapo Guzmán, el líder del cártel y el delincuente más buscado por las autoridades mexicanas.
Conocido como el Rey de las anfetas, el Ingeniero, o simplemente Nacho, éste traficante tenía una orden de captura en Estados Unidos, donde se ofrecían cinco millones de dólares por información que condujera a su detención. En su país también habían puesto precio a su cabeza: 2,3 millones.
El temido delincuente murió en un enfrentamiento con militares en medio de un operativo en el lujoso barrio de Zapopan, a las afueras de Guadalajara, desde donde supuestamente operaba.
Al verse cercados, el capo y sus acompañantes reaccionaron disparando contra los soldados, «por lo que éstos respondieron», aseguró un responsable de Defensa Nacional. «Nachito intentó evadir la operación agrediendo a personal militar con un arma de fuego, causando la muerte de un soldado e hiriendo a otro más», explicaron fuentes gubernamentales.
Coronel, de 56 años, había sido definido recientemente como un jefe mafioso en ascenso por la revista política Proceso, que manifestó que estaba en condiciones de formar su propio cártel, dado que era responsable de gran parte del tráfico de metanfetaminas del cártel de Sinaloa hacia Estados Unidos. El Ingeniero también fue señalado como responsable de introducir toneladas de cocaína en el país vecino..
Su muerte es el mayor golpe del Gobierno mexicano contra los cárteles de la droga después de que el pasado diciembre cayera abatido a tiros Arturo Beltrán, jefe de la organización de los hermanos Beltrán Leyva, en un operativo de la Marina.
La caída del conocido como Rey de las anfetaminas llega en un momento de extrema violencia derivada del narcotráfico en el norte del país, especialmente en Ciudad Juárez, donde hace unos días el cártel local hizo estallar un coche bomba en represalia contra las autoridades, presumiblemente, por considerar que estaban protegiendo a sus rivales de Sinaloa.
Sin duda, el negocio de la droga es una de las peores lacras del país latinoamericano. Su presidente, Felipe Calderón, ha sido testigo de nada menos que 25.000 muertes relacionadas con las actividades de los narcos desde que asumió la presidencia del Estado, en diciembre de 2006.
Las organizaciones mafiosas conocidas como Beltrán Leyva, Sinaloa, el Golfo y los Zetas, son los principales responsables de la ola de crímenes que azota a México en los últimos años. La reacción del presidente ha sido enviar a los puntos conflictivos a 45.000 soldados y a 20.000 agentes federales.
En este sentido, la muerte de Nacho, es una muy buena noticia para Calderón, aunque los expertos en seguridad, como Pablo Monsalvo, avisan de que «se ha ganado una batalla, no la guerra».
Y es que, a pesar de ser un duro golpe, las organizaciones delictivas se sobreponen a las bajas. «Lo que hay que hacer es atacar en la frontera, en las aduanas», señalan los expertos en seguridad. «Ahí es donde pasan armas, dinero y su materia prima». Además, hay que tener en cuenta que los cárteles suelen responder a los asesinatos de sus líderes con más violencia.
Pocos días después de la caída de Arturo Beltrán, el pasado diciembre, varios sicarios localizaron y ejecutaron a la madre, dos hermanos y la tía de uno de los militares que había participado en la operación que acabó con su vida.
Según los cálculos del Gobierno mexicano, el narcotráfico emplea a medio millón de personas en todo el país.
De ellos, más de la mitad se encarga de cultivar marihuana y a la fabricación de drogas sintéticas. En torno a 160.000 se encargan del transporte y comercialización de estupefacientes, y unos 40.000 son sicarios o capos. México tiene una población de 107 millones de habitantes.