La imagen de los brotes verdes, no voy a negarlo, tiene su atractivo. Uno se imagina la tierra árida y resquebrajada dando a luz, merced a un poco de agua, a un tallo ligero y extraño que se antoja bello. Hace mucho tiempo que uno vive vinculado al mundo del baloncesto. De alguna forma, el baloncesto se ha convertido para algunos conocidos, entre los que me incluyo, en una especie de terapia que sustituye cualquier otro psicoanálisis. Es bueno, porque uno hace deporte alguna vez a la semana, y porque además es más barato que la ayuda especializada. El caso es que en esta ciudad se han vivido muchos momentos diferentes de baloncesto y, desgraciadamente, salvo raras y loables excepciones, normalmente dividiendo facciones y enfrentándolas entre sí. Seguramente con la mejor de las intenciones, seguramente pensando que del enfrentamiento saldrían los mejores resultados. Hasta que todo estalló, como ocurrió con la situación mundial hace un año.
El único brote verde que he visto a mi alrededor en el último año, y les aseguro que he visto los dientes de la crisis muy de cerca en los últimos meses, se llama CD Base y tiene que ver con el baloncesto. En medio de una liga de elefantes que se niegan a dejarse morir en un cementerio cualquiera, aparecen unos casi críos dispuestos a partirles los colmillos con el mejor de los estilos. Bien dirigidos desde el banquillo, bien educados en el deporte y en las maneras, ese CD Base va y se mete este año en las semifinales del torneo senior, cosa que no es fácil por la consabida sabiduría de los diablos que allí dominan. Y eso lo hacían a modo de entrenamiento, para curtirse, mientras competían con otros equipos más parejos en edad y momento vital. E, insisto, haciéndolo con el mejor de los estilos y las voluntades.
Y para rizar el rizo, su base resulta que se ducha, se pone las gafas y un uniforme gris y salta de nuevo a la cancha para arbitrar. Y para arbitrar bien y con la base de diálogo y el nada de cinismo que tiene la juventud y que todos queremos que mantenga. Y escarbando un poco nos aparece también la idea de la Avispa Calixta, ingenua en principio, resultona al final. Y así, con cuatro detalles modestos, sin alegrías excesivas ni delirios de nada más, uno ve brotes verdes en el horizonte que le hacen pensar que el esfuerzo de los elefantes peleones, de los que dejan a sus familias y a sus hijos en casa a riesgo de discutir después todo el fin de semana, funciona como las alas de la mariposa que terminan en tornado Dios sabe dónde.