El montañero Francisco Monedero, en plena entrevista en la redacción de EL ADELANTADO DE SEGOVIA. /Juan Martín
Sano y salvo de vuelta a casa, después de realizar un logro que pocas personas en el mundo pueden conseguir y –lo que es más importante– contarlo después, Francisco Monedero narra cómo se desarrolló su aventura en el techo del planeta, sus vivencias en la cima y los detalles del descenso y del regreso.
¿Cuál es su balance después de esta experiencia en el Everest?
La experiencia ha sido muy bonita, dura y la más larga que he vivido, por lo que he pasado por momentos mejores y peores, como ocurre en todas las grandes expediciones. Hubo momentos en los que me sentía mal a nivel psicológico, con el mal tiempo y la espera para poder ascender hacia la cumbre. Y también en el aspecto físico, cuando ves que te vas degradando y perdiendo kilos. Por eso tienes que contar con mucho equilibrio mental y, sobre todo, estar muy concentrado, lo cual es clave en este tipo de empresas, así como en cualquier aspecto de la vida. Esto ha sido lo que más me ha servido, el tener claro el objetivo y lo mentalizado que estaba para lograrlo.
¿Ha sido todo tan duro cómo esperaba?
Un amigo mío dice que “todos los ochomiles dan zarpazos”. Solo por sus dimensiones de gran montaña y todo lo que conlleva te puede dar muchos disgustos. Y en esta expedición ha habido todo tipo de peligros (grietas, avalanchas, frío extremo, viento...). Todo esto sabes que te lo vas a encontrar y, aunque pueda parecer que al Everest va mucha gente, se trata de una montaña muy peligrosa.
¿Cómo fueron los últimos momentos de la ascensión, antes de coronar?
Ya desde que me encontraba en la cima Sur tenía claro que podía llegar, sobre todo al ver el escalón Hillary, que me sorprendió porque es bastante menos de lo que me imaginaba. De todas maneras, me quedé admirado con lo empinada que estaba la montaña, desde que te metes en la cascada de hielo. Luego, desde el Campo 1 al Campo 2 hay una extensión inmensa, y a partir de ahí cuentas con una salida de una hora andando hasta que encaras la pared Norte del glaciar Lhotse –que está casi completamente vertical–, con hielo vivo hasta el Campo 3. A continuación, cruzas el espolón de Los Ginebrinos hasta el Campo 4 a media ladera; y a partir del Campo 4 todo está muy empinado hasta la cima.
¿En qué medida han avanzado las técnicas de alpinismo desde que Edmund Hillary coronó el Everest por primera vez?
Han cambiado muchas cosas, tanto en lo que se refiere a la equipación, como en la manera de atacar las montañas. Se habla mucho de los pioneros, y es muy duró cómo lo hacían ellos, pero también hay que tener en cuenta de que era un asunto militar. Iban con centenares de sherpas y toneladas de material, montando hasta doce campamentos. Con esto iban asediando la montaña, cosa que ahora no se hace. Es algo muy distinto y, desde luego, tiene un mérito impresionante haber hecho esta ascensión hace cincuenta años.
¿Qué relación se establece con un sherpa, después de una aventura como ésta y siendo tu única compañía ahí arriba?
Ciertamente muy buena. Lejos de la imagen que se puede tener de ellos, los sherpas son gente con estudios, con un buen equipamiento y que ganan mucho dinero. En el caso de quien me acompañó está cursando una carrera de Empresariales y habla un inglés perfecto. Muchos de ellos, además, cuando acaba la temporada de ascensiones en el Himalaya se marchan a Estados Unidos a trabajar como guías, o en los Alpes.
¿Y cómo fue el descenso, después de llegar a la cima?
El descenso fue lo más duro para mí, porque llegué al límite de la deshidratación. Estaba vacío; completamente agotado. Cada pocos pasos me tenía que parar, algo que nunca me había sucedido. Tuve que concentrarme mucho para llegar al Campo 4, y eso que marchaba cuesta abajo. Además, estuve ahí ayudando a varios compañeros que estaban pasándolo igual de mal, y cuando llegué al campamento di el toque de alarma a los sherpas para que subieran a ayudar, porque había muchos montañeros que estaban, literalmente, tirados. Alguno sufría edemas, y el día que hice cima murieron dos de ellos. Recuerdo que pasé al lado de un irlandés a 8.600 metros, con varias personas a su alrededor, y le estaban inyectando dexametasona. Al final no supe qué fue de él, pero lo más seguro es que no haya tenido un buen final. Pero es la ley de la montaña, y en estos días han muerto muchos montañeros, el último de ellos intentando la ascensión por la cara norte sin oxígeno... La verdad es que el balance de esta temporada del Everest ha sido bastante malo.
¿Cómo fue su recibimiento en su regreso a España?
Varios amigos y familiares me fueron a buscar al aeropuerto y fue muy emotivo. Una vez en Segovia, ahora toca comer bien, volver a recobrar los sabores, y a disfrutar de nuevo de mi vida familiar.
¿A quién querría agradecer este éxito?
A todos los que me han apoyado y a los que me han seguido, y a los lectores de EL ADELANTADO, que me consta que han sido muchos. También quiero dar las gracias a los patrocinadores, sobre todo al Ayuntamiento de Segovia, porque ha demostrado mucha sensibilidad.