Fachada de la capilla del Hospital de la Magdalena. / JUAN CARLOS LLORENTE
Distinguido lector, seguro que cuando estés leyendo este artículo, el primer encierro de toros de las Fiestas del Rosario de Cuéllar, ya ha tenido lugar. Propios y extraños, habrán tenido la oportunidad de presenciar, aquí o allá del recorrido, las bellas y cromáticas estampas que suman pinares, caballos y caballeros y colinas rastrojeras con la sierra del Guadarrama en el horizonte de estas tierras castellanas, y el toro, el noble bruto de imponente presencia que buscando en la carrera la querencia hacia los corrales que les marcan los bueyes amansados; o quizá, en variopinta danza dulzainera.
Ya has presenciado el nervioso baile de rueda durante el que los cuellaranos cantan cuando van "a por ellos" a por los toros, toros y mozos que hacen el juego arriesgado por las calles en rito tan antiguo como los propios encierros que, como alardean los cuellaranos, dicen ser los más antiguos de España. Pasados ya los álgidos momentos de las carreras, de los sustos, del miedo y de la valentía, quizás habrás reposado durante el apetitoso almuerzo del "segador" que de forma tan sabrosa cocinan en los figones del entorno de la Plaza Mayor.
Es el momento de la salida de la Misa Mayor en que muchos cuellaranos acompañan a la Corregidora de las Fiestas y sus damas que arropadas por la Corporación Municipal, ponen un bello punto de tipismo castellano luciendo las galas de sus ricos manteos, montera para la corregidora y pañoleta para sus damas; es buena ocasión para que penetres en el templo parroquial de San Miguel, dejando de momento el bullicio callejero, y podrás admirar la gótica talla de nuestra Señora de Santo Tomé, Patrona de la Villa, que ayer trajeron en andas los mozos de las peñas y pandas desde su capilla de Santo Tomé; pero es que, además, la misma advocación recibe la talla renacentista de la Virgen que preside el imponente altar mayor, barroco, con el punto de singularidad de no ser dorado, sino plateado, con pámpanos y uvas en su color que ornamentan sus columnas salomónicas.
El templo es en sí un museo en el que se pueden contemplar desde un Cristo de la escuela de Gregorio Fernández en urna decimonónica, hasta un recién restaurado lienzo de Lucas Jordán con el tema de San Joaquín, Santa Ana y la Virgen niña, pasando por retablos del último renacimiento y tallas procesionales de gran mérito, como la del Cristo atado a la columna de Pedro de Bolduque, la Virgen de la Soledad, amén de numerosos lienzos barrocos.
Si este sabroso baño de arte te anima, puedes pasear por las calles adyacentes al templo que según ascienden hasta el castillo van dejando atrás el bullicio festivo invitando al reposo en el recuerdo de que la Villa está declarada "conjunto histórico" y luce, orgullosa, sus galas de antaño; eso nos va insinuando la calle de San Julián, cuyas fachadas, medievales, renacentistas y de los siglos XIX y XX, están siendo recuperadas con el programa del ARI que gestiona el Ayuntamiento.
Al final de la calle, una plazuela nos declara, por su nombre "Plaza del mercado del pan" su servicial importancia para las transacciones de cereal que desde la edad media allí se efectuaban; a su lado izquierdo, se abre la calle del Colegio cuyo primer edificio es monumento nacional desde 1931, es la casa-torre románica de los Velázquez de Cuéllar, conocida popularmente como Palacio de Don Pedro I "el Cruel" para unos y "el Justiciero" para otros.