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CASTELLANOS Y LEONESES POR DERECHO
«Siempre hay que ir hacia delante, sin parar»
Ángel Arroyo • Exciclista
SERGIO CASQUET - ICAL | 06/02/2012
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Abulense. Es una de las leyendas del ciclismo español. Segundo en el Tour del 83 y sexto en el del 84, ganó la Vuelta del 82, si bien la perdió por un supuesto doping. Predecesor de los triunfos de Pedro Delgado o Miguel Indurain, fue ganador de muchas otras carreras. Era un gran escalador y un notable contrarrelojista, destacando por su carácter peleón. En la actualidad es dueño de tres lavaderos de coches. Y sigue saliendo a montar en bicicleta.

Para algunos chalados que tratamos de tomarnos las cosas con cierta ligereza, nuestra memoria sentimental arranca cada verano en las carreteras de Francia. El del 95 no es tanto aquella chica por la que lo habríamos dado todo y al final no dimos ni las gracias como el recuerdo de malogrado Marco Pantani, reventando el récord de ascensión a Alpe D'Huez. Y el del 83 es un transistor narrando la lucha de Ángel Arroyo contra el cronómetro, en Puy de Dôme. Esa carrera finalmente la ganaría Laurent Fignon, el último de los apaches. Al abulense, que fue segundo en los Campos Elíseos, también lo recordamos en el blanco y negro de los diarios de entonces, gastando zapatillas blancas y gesto de dinamitero. Aquel corredor que iba casi por libre, igual que una melodía de Lee Hazlewood, llegó poco antes de que Pedro Delgado y Miguel Indurain, con los que compartió miles de kilómetros en el Reynolds, hicieran del ciclismo un titular que abría los informativos de la televisión. Eran otros tiempos:
«A lo mejor no he ganado tanto como Perico, pero mis seguidores tampoco me olvidan. Todavía hay gente que llega a mi trabajo y me pregunta si soy el ciclista. Incluso algunos, cuando les comenté que me retiraba, se echaron a llorar. Oye, si lo sé, me habría callado…».
En el ciclismo la memoria importa mucho.
Hace poco me metí en Internet y empecé a leer comentarios de gente jovencilla que, después de tanto tiempo, contaba: «Bueno, no entiendo de aquella época, pero, por lo visto, Ángel Arroyo debía de tener los huevos bien puestos…».
¿No sientes nostalgia de la competición?
Eso son palabras mayores. Llega una edad en que se acaba. Pero el ciclismo lo sigo practicando. Y me lo paso tan bien como antes. Lo que pasa es que no me puedo preparar mucho, porque entonces me da por creer que soy capaz de correr el Tour...
¿Fastidia no haberlo ganado?
Nunca he pensado en ello. En mi carrera se cruzaron aquellas fiebres de malta y ya está. Digamos que fui el que encendió la mecha, pero no me llegó la explosión. A Perico o Miguel sí que les llegó y tuvieron grandísimos triunfos.
Ahora el ciclismo parece agonizar.
Ha influido mucho la crisis. Antes los padres metían a los hijos y ahora ya no. La gente quiere apartarse, especialmente por el asunto del doping. Pero creo que, sobre todo, se lo ha cargado la dichosa crisis.
Lo del dopaje es todo un debate.
Hay deportes que pasan menos pruebas, curiosamente. Pero es cierto que, por ejemplo, corriendo hace unos años, en Navalmoral, estábamos subiendo y algunos parecía que bajaban. Tenían hasta que frenar en las curvas…
A ti te quitaron una Vuelta. Por un supuesto doping.
Tras la famosa etapa de Navacerrada. Ese día di positivo. Volví a pasar el control el sábado y di negativo. Pero se quedaron con la prueba del viernes. Pero el que ganó, Lejarreta, no pasó un solo control.
Aquello fue, como poco, rarísimo. Os tiraron a cinco.
Fue una maniobra clarísima… Lo he dicho hace poco: el que hacía el control era un judas, igual que Marino. Lo nuestro era defendible al 100 por 100. Y no se hizo nada.
¿Cómo te quedaste?
Tenía 26 años, pero mentalidad de 17 o 18 y no me entraba en la cabeza. Era un chaval y no sabía qué podía hacer. Me sentí mal, pero lo olvidé.
Pese a las hostias, siempre tirabas hacia delante.
Poco después, en los Valles Mineros, pedimos que hicieran controles, pues, si no, los de Reynolds no salíamos. Y unos cuantos que habían estado en lo más alto de la Vuelta desaparecieron… Y encima les defendí…
A su segundo puesto en aquel Tour del 83 y el sexto en el 84, el de la legendaria etapa que ganase en Morzine, hay que añadir, entre otros triunfos de su palmarés, aquella Vuelta a España, la del 82, que ganó en el asfalto y perdió en las moquetas. Hoy charlamos con el de El Barraco a lo largo de toda una tarde, en mitad del invierno de la incertidumbre. Irónico y memorión, con una risa que surge tras cada curva de un discurso torrencial, resta importancia a su carrera, rememorándola con naturalidad, como quien pide el menú del día sin fijarse demasiado en lo que hay. Era lo que le gustaba y lo que tenía que hacer:
Lo que pasa es que, cuando estaba metido en el ciclismo, no me daba cuenta de nada. Me he dado cuenta de todo lo que ha ocurrido después, cuando ha pasado el tiempo. En ese momento iba a lo que iba, que era correr.
Y cada época es distinta.
Ahora mismo, el ciclismo se vive de otra manera. No se pueden comparar tiempos tan diferentes, aunque es inevitable. A nuestra generación también la comparaban con la de Bahamontes. Y nada tenían que ver.
Siempre has marchado a tu aire, por así decirlo.
Cuando fui ciclista, me gustaba ver las carreras, pero curiosamente no tenía ningún ídolo. Hacía ciclismo. Y punto. Ahora me pasa un poco igual. Del Tour solo veo las etapas claves. Soy un tipo atípico.
¿Cómo empezaste en el ciclismo?
Muy pronto. Con ocho años, les dije a mis padres que, si no me compraban una bici, me iba de casa. No me hicieron mucho caso. Mi padre al final compró una bici grande para él, pero no la utilizaba.
Así que la cogías tú.
Como yo era muy pequeñito, montaba por debajo de la barra, una cosa bastante extraña. Dado que no llegaba a los pedales, me las tenía que apañar como podía. Me daba igual.
¿Dónde vivíais?
Durante un tiempo en el Pantano del Burguillo. Pero cuando empecé a montar, en una finca que era de la familia del antiguo presidente Adolfo Suárez. Mis padres cuidaban de ella, además de tener ganado.

Esta noticia se puede leer al completo en la edición impresa de El Adelantado de Segovia.

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