Uno de cada cuatro presos de ETA ya no sigue la disciplina de la banda

Unos 150 reclusos de la organización se han negado a secundar la campaña de protestas dentro de las cárceles españolas que había diseñado la cúpula criminal para todo este mes

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El debilitamiento y la falta de apoyo popular están haciendo tambalearse los cimientos de una ETA que se había mostrado sólida a la hora de mantener controlados a los suyos. Los datos no dejan lugar a la duda, uno de cada cuatro de los casi 600 reos de la banda internos en cárceles españolas ya no sigue la disciplina de la organización criminal, según se ha podido comprobar con ocasión de la campaña de protestas convocada este mes por el denominado Colectivo de Presos Políticos Vascos (EPPK).

Así lo aseguran fuentes penitenciarias y de la lucha antiterrorista, que señalan que alrededor de 150 reclusos etarras -es decir, un 25 por ciento del total- no se han sumado a ninguna de las movilizaciones, que iban desde el llamado txapeo -permanecer todo el día en la celda sin salir al patio- hasta el ayuno, incluyendo la renuncia a las comunicaciones.

Incluso algunos de los internos que aseguraron que las secundarían lo han hecho solo parcialmente, según subrayan las fuentes consultadas, que añaden que, aunque el seguimiento de las protestas ha sido muy desigual, éstas han tenido incidencia en todos los centros penitenciarios menos en el de Zuera (Zaragoza), donde Interior trasladó a los más críticos con la dirección de la banda.

Sí ha respetado fielmente las directrices marcadas por la cúpula terrorista la mayoría de prisioneros miembros de organizaciones del entorno de ETA como Batasuna o el sindicato LAB, como Arnaldo Otegi o Rafael Díez Usabiaga, así como la práctica totalidad de los preventivos, es decir, los más jóvenes y que menos tiempo llevan entre rejas.

De hecho, Otegi ha aprovechado esta semana la atención de los medios de comunicación con ocasión de su vuelta al banquillo de la Audiencia Nacional, donde ha sido juzgado por enaltecimiento del terrorismo, para hacer público a través de su abogada, Jone Goirizelaia, que está en huelga de hambre desde el pasado lunes.

A pesar de ello, el goteo de bajas en las filas del colectivo de presos etarras es continuo, como demuestra la decisión de seis reclusos de Nanclares de la Oca (Álava) de firmar una carta en la que comunican que abandonan la disciplina de la banda.

Las fuentes consultadas señalan que esos reclusos -Luis María Lizarralde, Fernando de Luis Astarloa, Josu García Corporales, José Manuel Fernández de Nanclares, José Antonio Hernández y Andoni Altza, condenados por numerosos atentados con casi una veintena de muertos- ya se habían dirigido a la Administración Penitenciaria en los últimos meses para dejar constancia de su postura.

Muchos otros no han dado ese paso, pero su actitud en prisión evidencia que ya están fuera de la organización criminal, aunque no quieran o no se atrevan a manifestarlo formalmente.

Quienes lo hacen son automáticamente expulsados del EPPK, que inauguró 2010 anunciando que había sancionado con esta medida a internos como Valentín Lasarte -condenado, entre otras causas, por el asesinato del concejal del PP Gregorio Ordóñez-, Iñaki Rekarte, Estaban Murillo, Jorge Urruñuela y Andoni Muñoz.

Sus nombres se suman a una larga lista en la que figuran, entre otros, antiguos etarras tan destacados como José Luis Álvarez Santacristina, Txelis; Kepa Pikabea, José Luis Urrusolo Sistiaga o Carmen Gisasola.

El análisis que hacen los expertos antiterroristas es que entre los reclusos de la banda está ganando fuerza la corriente que apuesta por dejar definitivamente la violencia, máxime después del proceso de diálogo con el Gobierno socialista al que ETA puso fin con el atentado en el aparcamiento de la terminal 4 de Barajas el 30 de diciembre de 2006.

Los condenados habían puesto muchas expectativas en esos encuentros y vivieron con profunda frustración el hecho de que la organización antepusiera la búsqueda de un acuerdo político a la negociación de una salida para sus reclusos.

Desde ese momento, y pese a los intentos de la dirección etarra de mantener la cohesión interna con consultas y sondeos para pulsar su opinión, haciéndoles ver que se les tiene en cuenta, la lista de disidentes no deja de crecer día a día. Un indicio del progresivo debilitamiento de los violentos.