Una semana en la que nos hicimos expertos en papas

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Esta ha sido la semana en que todos los periodistas nos hemos convertido, de la noche a la mañana, en expertos vaticanistas. No hemos quedado uno sin opinar y hasta aconsejar sobre cómo debería ser el Papa y una vez elegido ofrecer gratuitamente toda suerte de recomendaciones al bueno de Francisco, que así se ha querido hacer llamar el cardenal argentino, primer jesuita y primer americano en llegar a líder espiritual de los 1200 millones de católicos del mundo.

Ese hecho, esa inmensa cantidad de fieles y aún más, la multitud de países, culturas y civilizaciones que tienen como parte de su ADN y su raíz el cristianismo e incluso para aquellos que no lo tienen, hace que la elección mantenga prendida la vista del mundo entero en el color del humor que sale por una chimenea. Es lógico, comprensible, amén de espectacularmente escénico y televisivo. ¿A ver quién es el guapo que mejora el escenario de la plaza de San Pedro? ¿A ver quién lleva más años y siglos ensayando? Sin duda, imbatibles.

Pero lo que no me ha dejado de causar una cierta perplejidad ha sido el conmovedor interés, la autentica pasión que se ha desatado en España entre quienes curiosamente pudieran parecer menos interesados en la cuestión. Que los católicos estuvieran expectantes ente su nuevo guía resulta obvio y lógico. Pero que los sectores más laicistas e incluso anticlericales, que día sí y día también convierten a la Iglesia en el blanco de sus criticas y hasta de sus iras, se hayan trasmutado en los más fervientes participantes del debate, y con devoción de catecúmeno se hayan lanzado a toda suerte de interpretaciones, visiones, profecías y juicios sobre como debe ser, como ha de actuar y de qué manera ha de comportarse el nuevo Santo Padre, produce una extraña sensación, y me imagino que hasta una sensación de verdadera incredulidad entre todos los católicos.

Porque lo cierto es que a quien más he oído pontificar sobre el nuevo heredero de la silla de San Pedro de Roma es a aquellos que se encuentran en las antípodas de su pensamiento y su doctrina. Tanto que acaba uno por pensar que en efecto era muy verdad aquella frase de Luis Buñuel de que «los ateos en España son ateos gracias a Dios».

Un camino dictado

Y es que a veces oír a los comentaristas más entusiastas del destierro de la Iglesia de cualquier ámbito público ofrecer con el mayor desparpajo sus recetas para que escoja el rumbo que a ellos les parece, aquel por el que ineludiblemente deben transitar los pasos del nuevo Obispo de Roma, no tiene precio. En muchas ocasiones se olvidan de que es ante todo católico y no un militante antisistema o un pensador marxista-leninista.

En suma, que resulta que era verdad eso de que habemus Papa y que lo habemus todos, y no había mas que ver que no hubo una sola cadena de televisión que el día D, hora H no estuviera retransmitiendo en directo la fumata blanca.