López enfila hacia Ajuria Enea

El PNV sigue cuestionando la legitimidad del futuro Gobierno vasco, pero lo cierto es que las urnas dan la razón al socialista, que mañana se someterá a la votación de investidura

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Si un marciano aterrizase en el País Vasco y viese algunas de las cosas que están pasando, o, mejor, leyese algunos comentarios en la prensa y escuchase ciertas conversaciones en los bares, agarraría el volante de su ovni y regresaría de inmediato a su planeta rojo, aterrado. Porque es de suponer que incluso en Marte resultaría extraño que alguien asociase el concepto cambio de régimen a la variación o al mantenimiento del mapa del tiempo en la televisión oficial, la ETB en este caso.

Y, sin embargo, ocurre: si el futuro lehendakari socialista o alguien en su aún semisecreto Ejecutivo autonómico osase cambiar las pautas del mapa del tiempo que ofrece la ETB, estaría, dicen algunos nacionalistas, propiciando un cambio de régimen. Y eso que parece un auténtico contrasentido que el dichoso mapa incluya apenas (o nada menos que) las provincias de Euskal Herria (las tres vascas, más las de Iparralde, en el sur de Francia, más Navarra), esa gran Euskadi que es un concepto utópico que todos saben inalcanzable.

Bien, resulta que el cambio de mapa (o no) se ha convertido en una de las pruebas por las que tendrá que pasar López, a quien ya le acusan de estar formando un Gobierno monocolor, partidista (como, si tras las amenazas directas de ETA, no le hubiese dicho no una docena de independientes convidados a formar parte de alguna Consejería); de querer renunciar a la ikurriña (lo que es falso: la bandera creada por Sabino Arana ya es la de todos en Euskadi); de pretender «cargarse el euskera» (solamente porque la nueva consejera de Educación dará más opciones idiomáticas a los padres); de «entregarse a Madrid» (¿Por querer potenciar la Y vasca?); de someter a la Ertzaintza a la Guardia Civil (lo que le resultaría del todo imposible); de «intentar barrer el nacionalismo, dejándolo en el paro» (como si la alternancia estuviera prohibida en el País Vasco y solamente los peneuvistas pudieran ocupar ciertos puestos públicos)…

Eso, y mucho más, desde el campo nacionalista. Desde sectores que se sitúan muy a la derecha del PP vasco, cuya actitud de prudencia y flexibilidad está siendo verdaderamente ejemplar, a Patxi López, que mañana vivirá la votación de investidura, le piden que no jure como lehendakari, que es término nacionalista, sino como presidente; que renuncie a los tradicionales términos de juramento, que responden al concepto peneuvista arcaico del Dios y las leyes viejas; que ocupe todos los sectores de poder económico y político situando a gentes procedentes del mundo conservador; que se comprometa a no negociar nunca con ETA… Vamos, que de milagro no le piden que tale el árbol de Guernica.

Jamás un gobernante en ciernes lo tuvo tan difícil como Patxi López, ese hijo de un socialista histórico ejemplar, Lalo López Albizu, representante genuino, como Nicolás Redondo padre, de ese socialismo obrero de Santurce y alrededores en el que después tomarían el testigo profesionales como Txiki Benegas, o Ramón Jáuregui, o Fernando Buesa o, luego, Rodolfo Ares o Jesús Eguiguren, tan maltratado por haber negociado con ETA.

Pero ha sido esa negociación de la pasada legislatura la que ha convencido a muchos vascos de que el Partido Socialista de Euskadi es capaz de acabar con la banda del horror y del terror, y de ahí el espectacular aumento de votos que logró el PSE. Y, sin echar las campanas al vuelo, se puede constatar que el ciudadano vasco, de cualquier color político, tiene más esperanzas que nunca en que esa pesadilla que a todos nos ha atenazado durante 40 años, ETA, puede empezar a ser, precisamente ahora, algo del pasado, a olvidar. Un optimismo que se comparte al sur del desfiladero de Pancorbo.