Las meditaciones de Zapatero

La entrada a última hora de Rosa Aguilar en el Ministerio de Medio Ambiente obligó al presidente a prescindir de Moratinos, que en principio iba a seguir en Exteriores

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Cada uno cuenta la guerra como le conviene, los que han cesado tratan de aparecer con su mejor cara y dan una versión edulcorada de cómo se produjo la conversación que les convertía en ex, siempre con palabras de agradecimiento y respeto a José Luis Rodríguez Zapatero, y los entrantes muestran tal entusiasmo que apenas tienen tiempo para explicar qué les pidió el presidente cuando les ofreció la cartera ministerial.

Solo existe cierta coincidencia, aunque no toda, en un punto: en el último momento la lista que tenía en mente el presidente sufrió un vuelco cuando ofreció Medio Ambiente a Rosa Aguilar. Unos afirman que la idea surgió del propio Zapatero; otros en cambio aseguran que fue una sugerencia de Griñán. La incógnita -hay versiones encontradas- es si la entrada de la cordobesa movió el banquillo y convirtió en víctima a Miguel Ángel Moratinos, que según algunas fuentes, en principio, iba a continuar al frente de Exteriores. Al menos, el pasado lunes aún mantenía su agenda de viajes, lo que significa que efectivamente Zapatero contaba con él. A no ser que el mandatario quisiera esperar al último momento para anunciarle que le llegaba la hora final; pero esta versión parece excesivamente cruel, sabiendo además que si pensaba relevarle podía habérselo dicho un par de semanas antes, a tiempo para ocupar alguna de las embajadas de primer nivel que se han cubierto en los últimos días y que serían una salida perfecta para un diplomático de su experiencia.

Lo que sí afirman todas las personas consultadas es que Zapatero tenía una deuda pendiente con Trinidad Jiménez, siempre dispuesta estos años a ser comodín de cuanta maniobra diseñaba Zapatero aún sabiendo que enviaba al patíbulo a quien ha sido, junto a Blanco y Caldera, responsable de haber ganado el congreso que le convirtió el secretario general del PSOE.

Entre las personas más cercanas al jefe del Ejecutivo existe la certeza de que la remodelación no era la que pensaba hacer el pasado mes de junio, cuando quiso hacer cambios profundos pero, ante los rumores que aparecieron en los medios de comunicación, con nombres incluidos, dijo a los íntimos que «los periodistas no me hacen la crisis» y decidió aparcarla. Después, en verano, pensó que el momento más adecuado era tras las elecciones catalanas, para dar un último empujón a la campaña electoral con un Gobierno al que no se podría culpar de ser responsable de la probable pérdida del poder autonómico. Pero la rebelión de los barones, con la que no contaba, más el fracaso de Trinidad Jiménez en las primarias de Madrid, le empujaron a realizar la crisis de forma inmediata, en cuanto liquidara el debate presupuestario que daba vía libre a la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado.

Quería, además, que fuera antes del sábado, fecha en la que estaba convocado el Comité Federal del partido y al que Zapatero consideraba oportuno acudir con el nuevo Gabinete.

Habló con María Teresa Fernández de la Vega, y la vicepresidenta le animó a hacer una renovación profunda aunque eso significara su salida. Y luego, con Rubalcaba, Blanco y Pajín como únicos personajes que conocían sus intenciones, empezó a moverse para rehacer su equipo.

Tenía claro que quería dar un impulso al papel de Alfredo Pérez Rubalcaba, al que necesita imperiosamente para dos objetivos fundamentales: potenciar la imagen del Ejecutivo a través de la Portavocía, un escenario en el que el ministro del Interior se mueve muy bien como demostró en el último mandato de Felipe González y, segundo, gestionar todo lo relacionado con el entorno de ETA, donde Zapatero ha asumido la doctrina Rubalcaba y no habrá listas abertzales si no existe una condena previa al terrorismo, lo que la actual Batasuna no quiere ni puede hacer.

Ambos estuvieron de acuerdo en incorporar al veterano Ramón Jáuregui a Moncloa, como ministro de la Presidencia, que tendrá un cometido especial en lo referente al País Vasco: la mesa de coordinación de los acuerdos a los que se ha llegado con el PNV.

El donostiarra era tan ajeno a lo que se esperaba de él que cuando recibió la llamada del presidente pensó de inmediato que le iba a ofrecer una cartera, pero creyó que iba a ser la de Trabajo. El nombre de Valeriano Gómez para esta última sorprendió poco a quienes conocen a Zapatero, que en distintas ocasiones se ha referido al papel que desempeñó como secretario general de Empleo.

Por otro lado, la fusión de los ministerios de Igualdad y Vivienda con Sanidad y Fomento no le llevó excesivo tiempo, en cierto sentido venía obligada por una resolución parlamentaria; como tampoco tomar la decisión de ofrecer a Leire Pajín la cartera de Sanidad: de esa manera solucionaba un serio problema para el PSOE -Pajín no ha sido buena portavoz y además tiene varios frentes regionales abiertos- pero, al mismo tiempo, el jefe del Ejecutivo quería expresarle públicamente su apoyo incondicional desde hace unos cuantos años.

Además, la idea de que Marcelino Iglesias se ocupara de la Secretaría de Organización fue del propio Zapatero, aunque tanto Pajín como Rubalcaba y Blanco la consideraron excelente desde que la planteó días atrás, en los que habló constantemente con el que se ha configurado como el trío de personas de su confianza, los únicos que estaban al tanto de lo que preparaba hasta que finalmente, la tarde del pasado martes, empezó a llamar y a convocar a las personas a las que debía ofrecer carteras y anunciar que dejaban de formar parte de su Gabinete.

Al contrario de lo que ha ocurrido en otras ocasiones con otros presidentes y otros ministros, todos los cesantes aceptaron con su mejor cara el anuncio de que se acababa un ciclo, que dejaban de ser titulares. Todos facilitaron a Zapatero la tarea, le agradecieron la confianza que había depositada en ellos y le expresaron su lealtad incuestionable.

Hay vencedores y vencidos, pero incluso uno de los vencidos, de los que pensaban que el pasado viernes se sentaría en el Consejo de Ministros, decía con aparente sinceridad: «Ha hecho lo que debía hacer: utilizar todas las cartas posibles para intentar ganar».