La caída del ‘muro de Berlín’ del Peñón

Hace 25 años que se abrió definitivamente la verja de Gibraltar, un hecho que benefició a la economía, pero, sobre todo, a la población

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El viernes, 5 de febrero, se cumplirán 25 años de la apertura definitiva de la verja de Gibraltar, un día que llenó de emoción y alegría a un lado y otro de este pequeño muro de Berlín, como muchos lo recuerdan, y que trazó un camino hacia una normalidad que todavía no se ha cerrado.

«Fue un día muy emocionante, todos estábamos pendientes de la televisión, porque algo nos decía que por fin se iba a abrir, era por la noche y yo vine con mi hijo pequeño. Fuimos el tercer coche que pasó», explicó Juan José Uceda, uno de los primeros vecinos de La Línea, localidad vecina de Gibraltar, que atravesó aquella división.

Una frontera que Franco había cerrado el 8 de junio de 1969, que, 13 años después, el 14 de diciembre de 1982, el primer Gobierno socialista de Felipe González ordenó abrir, pero solo para peatones, y que tardó otros tres años más en permitir también el paso a turismos y mercancías. Fue entonces cuando se convirtió «en una frontera que, con todas sus peculiaridades, funcionaba cuando menos como todas las del mundo», un momento que marcó «un comienzo en una vía de normalidad» en las relaciones vecinales, en palabras de Peter Caruana, hoy ministro principal de Gibraltar, que recuerda cómo la gente vivió aquello «con mucha alegría», aunque también con cierto recelo.

Cuando la noche de la apertura definitiva Juan José Uceda se echó a la calle para pasar la frontera, quería vivir directamente la apertura definitiva de una verja que había marcado su vida. Él se quedó sin trabajo cuando el Caudillo decidió cerrarla, un lugar al que desde hace tiempo se le conoce en el lugar como la fábrica de La Línea y en el que ahora trabajan cerca de 6.000 españoles.

Entonces, como muchos de sus compañeros, tuvo que emigrar a Londres, donde se formó una comunidad que dio lugar a que la capital británica diera a una de sus calles el nombre de esta localidad gaditana. «Muchas familias quedaron separadas. Había hermanas que tenían que hablarse a gritos una a cada lado de la verja», cuenta en La Roca Sonia Santos, que recuerda cómo para unirse con familiares que había en La Línea tenía que ir en barco a Tánger y desde allí a Algeciras, para luego llegar a La Línea.

El cierre de esta frontera supuso tal falta de trabajo que «hubo un descenso de la mitad de la población», según explica el actual alcalde de esta localidad y diputado provincial, Alejandro Sánchez, que se refiere a aquella verja como «nuestro particular muro de Berlín».

La primera apertura a peatones, le permitió completar sus estudios en Gibraltar, donde acudía en bici. «Fue un acontecimiento» porque «había gente mayor que no podía caminar y que, a partir de entonces, tendría una oportunidad de llegar en coche hasta sus familiares y amigos».

Y también fue un nuevo impulso económico para una localidad que nació hace ahora 140 años, menos de la mitad de los que dura el conflicto de Gibraltar, y que empieza a vivir intercambios culturales, deportivos o educativos que «hasta hace poco eran impensables». «Hay muchas ganas de hacer cosas en una dinámica un poco más sana», añade. Algo que confirma Peter Caruana: «Ha supuesto un acontecimiento muy positivo para el desarrollo de Gibraltar y del Campo de Gibraltar».

La apertura «era buena para la política y el comercio, pero lo más importante es lo humana», asegura Maximilian, un taxista gibraltareño que refleja la idiosincrasia de una población que mezcla rasgos y acentos tan dispares como los británicos y los gaditanos.