La épica de Pearl Jam pone orden al caótico arranque del Mad Cool

El rock de la banda de EEUU calma la desorganización con un espectáculo de leyenda

La tercera edición del Mad Cool Festival pasa de La Caja Mágica con 40.000 a Valdebebas con 80.000 personas. Se duplica el tamaño, se convierte en el festival con más aforo diario de España y todo se multiplica.

Lo bueno, con un cartel de poderío incontestable, y lo malo, con una sucesión inasumible de incomodidades para los asistentes, conejillos de indias en la primera jornada en este inhóspito nuevo emplazamiento al que se llega tras cruzar IFEMA y pasar por un túnel cuello de botella bajo la M-11.

El gran atasco para aparcar en el parking de pago es memorable y dura más de una hora larga ya a media tarde. El pateo desde el Metro de IFEMA junto a la marabunta es agobiante a más de 30 grados.

Los accesos se colapsan, las redes sociales se inundan de quejas y la música apenas ha comenzado. Los que no han recibido la pulsera previamente por correo postal, tienen que hacer pacientemente una cola que también es de más de una hora —finalmente los que tenían entrada de día entraron sin pulsera para agilizar—.

A eso de las siete EELS e Iván Ferreiro ponen banda sonora a esta peregrinación que parece más un acto de fe como el Rocío o La Meca que un idílico festival. Los que van entrando dejan atrás un caos que sigue creciendo, pero tienen a su vez que enfrentarse a nuevos retos como los juegos del hambre para avituallarse, pues pedir en las barras es toda una odisea que aún se complicará más en las horas siguientes.

Más todavía cuando se acaba la cerveza en varias barras, con los asistentes agolpados durante otra hora de reloj, de nuevo esperando pacientemente ante los desbordados e insuficientes camareros, perdiéndose de paso alguno de los innumerables nombres del cartel.

Porque otra cosa que tiene Mad Cool ahora que llega a siete escenarios es que pone sobre la mesa una jugosa sucesión de nombres, pero los asistentes no podrán ver cómodamente más de dos o tres conciertos. Cuatro con muchísima suerte, aunque el número es mayor si previamente has pasado por caja y has adquirido el abono VIP que permite posicionarse delante del escenario. En el camino, los grupos de amigos se exponen a algo así como Juego de Tronos, pues con cada nuevo movimiento se pierde a un miembro en el camino y puede resultar imposible recuperarlo.

Once años después de su paso por el Festimad de Leganés y doce después de pisar el Palacio de los Deportes, Pearl Jam al fin vuelven a la capital. Ese es el único reclamo para buena parte de la concurrencia, de hecho, que toma posiciones antes de que los 80.000 asistentes se giren al unísono hacia este punto exacto de Madrid.

Lo esperado

Se apagan las luces pero antes de que empiece la música nos ponen un anuncio inmobiliario de Valdebebas. Purita ironía publicitaria que queda en jocosa anécdota cuando aparecen Pearl Jam con la cadencia hipnótica de Release, tema de su disco de debut, con el que instantáneamente se convirtieron en icono del grunge entonces y que les mantiene ahora, junto al resto de su discografía posterior, como la última gran banda clásica de la vieja escuela del rock. Y de repente todo lo padecido no importa.

O importa menos a los que tienen una buena posición y seguramente más a quienes hayan quedado a doscientos metros del escenario sin posibilidad de avanzar más (por ver otro concierto, por perder la tarde pidiendo bebida o comida, por desubicarse perdiendo amigos por el camino, por puro despiste).

Pero Pearl Jam por fin consiguen que la música sea verdaderamente el motivo de todo. Con un sonido potente y limpio, la icónica voz de Eddie Vedder guía al público hacia una suerte de reconciliación colectiva con Elderly woman behind the counter in a small town, Given to fly, Lukin o Corduroy.

FuenteEUROPA PRESS
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