Ataques a la exportación en el sector agroalimentario

Muchos países se inventan normativas sobre calidad y seguridad alimentaria para proteger sus producciones frente al exterior. Vender fuera de nuestras fronteras vinos, aceites, carnes o frutas y hortalizas es indispensable para mantener los niveles de explotación en el campo.

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Hace unas fechas, las autoridades rusas comunicaron a España su decisión de modificar sus exigencias a las empresas en sectores como la carne, pescados o quesos para acceder a su mercado. No es la primera vez que sucede una situación como ésta y tiene precedentes en otros campos como los vinos. Los rusos justifican esa medida, no como un intento de bloqueo, sino como un simple mecanismo de control de las firmas en su objetivo de limitar su número. Desde el pasado 18 de abril se ha eliminado la lista de empresas cárnicas españolas para exportar a ese país y la Administración deberá elaborar una nueva con las que cumplan las exigencias en materia de instalaciones y controles de calidad antes del 12 de mayo. Esas instalaciones deberán ser igualmente inspeccionadas por las autoridades, aunque, es curioso que, en una visita realizada el pasado marzo por técnicos rusos y donde se analizaron algunas de las empresas más importantes, ninguna recibiera el visto bueno. Es evidente que, bajo argumentos supuestamente sanitarios o de seguridad, las autoridades tratan de mantener su mercado para sus ganaderos. Pero la actividad exportadora española está plagada de ejemplos de países donde, frente a las reglas de juego de la Organización Mundial de Comercio, se inventan subterfugios para frenar o desanimar a las exportaciones o simplemente aplicando medidas prohibidas hasta que fallen los tribunales.

En los últimos tiempos se habla mucho y para bien de la gran capacidad del sector agrolimentario, (industria y agricultura) que se habría convertido en uno de los principales motores de la actividad económica en tiempos de crisis. Según los datos, habría pasado de exportar 20.000 millones de euros hace una década, a los casi 34.000 de 2012, superando ampliamente a las ventas de Italia (30.000), aunque lejos de los casi 60.000 millones de Francia. Sin embargo esos números se han conseguido a pesar de las innumerables barreras de todo tipo que se han impuesto en fronteras de los Estados más importantes y en los productos más significativos para la industria agroalimentaria.

Del conjunto de las ventas en el exterior, el grueso corresponde a cinco sectores: frutas y hortalizas, carnes, aceite, vinos y a los productos de la pesca.

A la cabeza se hallan las frutas y hortalizas en 2012 con cerca de 10.000 millones de euros y más de 11 millones de toneladas. Pero, la realidad es que de esa cifra, el 92% de las ventas, se hacen en el resto de los países comunitarios, sin fronteras, donde destacan Alemania, Francia, el Reino Unido y Holanda. Un 4% corresponde al resto de Estados de la UE, sobre todo en el este y solamente un 4% restante a terceros países.

Vender fruta, un producto caro y perecedero, no se puede hacer a todo el mundo. Sin embargo, hay países que por su capacidad adquisitiva, son objetivo del sector como Estados Unidos, Japón, Canadá, China o Brasil. Sin embargo, en la práctica, se trata de Estados con las fronteras cerradas donde las ventas son muy bajas al establecerse barreras artificiales fitosanitarias que, en realidad, solo son mecanismos para defender a sus agricultores. No cierran sus puertas, pero exportar conlleva tantos costes de controles y riesgos de que te rechacen el producto. Un ejemplo son los cítricos en Estados Unidos o Japón. Otros países exigen firmas de protocolos que se alargan durante años. Las denuncias del sector ante la imposibilidad de abrir nuevos mercados no han dado fruto alguno.

Un fenómeno similar es el que se está produciendo hoy en el sector del aceite de oliva. España es líder mundial en la producción con unas cosechas medias de casi 1,4 millones de toneladas y referencia en el comercio con ventas en 2012 de 875.000 toneladas. Sin embargo, bajo esas cifras de éxito se ocultan trabas permanentes en casi todos los casos desde territorios con un olivar incipiente y en defensa de sus producciones propias, aunque muy reducidas. Estos serían los casos que van desde grandes bloques como Estados Unidos con una gran demanda y producciones mínimas, a otros como Australia, Nueva Zelanda, Perú o Sudáfrica. En unos casos, los gobiernos se han inventado un llamado panel de cata donde para calificar las condiciones de un aceite, se contemplan otros parámetros de calidad pensando solo en dejar fuera a los productos de importación donde los españoles son los dominantes.

En vinos también hay que hacer frente a dos obstáculos. El primero, la vía de los impuestos, aunque no es la más importante. El principal obstáculo está en países productores donde la importación es el enemigo a batir para defender sus propios caldos o donde confluyen otros intereses. Esos son los casos de Rusia o Brasil, donde se aboga porque el consumo sea solo el nacional, y muy especialmente en el continente asiático, con China a la cabeza.

Finalmente, entre otros sectores, cabe señalar las carnes, tanto de los productos frescos como los elaborados y muy especialmente de los curados. No se puede olvidar que España exporta casi 1,5 millones de toneladas de carnes de las que más de un millón corresponden al porcino, una tercera parte de la producción. Eso pone en evidencia que exportar es una salida indispensable para seguir produciendo. Lo que en España saborea con gusto cualquier extranjero sin complejos de seguridad alimentaria es difícil exportarlo a terceros países fuera de la UE y concretamente a Estados Unidos donde, para entrar en ese mercado, es indispensable superar un largo proceso de mejoras de instalaciones e inspecciones por parte de los técnicos de ese país, aunque hoy son pocos los grupos que operan el mercado norteamericano.