Túnez, un año de revueltas

Las convocatorias fueron irrumpiendo en los ‘anquilosados’ regímenes y desencadenaron en una ola de manifestaciones que ha sido bautizada como la Primavera Árabe.

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Ayer, se cumplió un año en que el joven tunecino Mohamed Buazizi se roció de gasolina y se prendió fuego para denunciar la humillación a la que le sometía el régimen que se había incautado de su único medio de subsistencia, un puesto ambulante de frutas y verduras. Ese acto de rabia e impotencia prendió como la pólvora en su pueblo natal, la ciudad obrera de Sidi Buzid, y se extendió por todo el país hasta llegar a la capital.

Así, el pasado 14 de enero, el presidente Zine al Abidine ben Ali, sobrepasado por las circunstancias, abandonado a su suerte por el Ejército y en un acto sin precedentes en la historia del mundo árabe, huyó del país.

La infamia a Buazizi era la de muchos tunecinos y la de muchos árabes que llevaban décadas viviendo oprimidos bajo regímenes dictatoriales que, en nombre de la estabilidad, la seguridad y el desarrollo, habían secuestrado la democracia y la libertad de los ciudadanos.

Pero, a pesar de esas renuncias, la opresión tampoco les había traído mejores condiciones de vida, sino más hambre, más paro y más represión. Ante los ojos de la población, sus dirigentes solo gobernaban para ellos mismos, perpetuados en un círculo vicioso del que únicamente una pequeña camarilla de familiares, amigos y allegados se beneficiaba.

Animados por la caída de Ben Ali, que en su último discurso, viéndose perdido, había lanzado un grito desesperado solicitando el perdón: «Fahemtkum (Os he entendido)», apuntó, las revueltas se extendieron como un aluvión.

Un efecto contagioso

Inmediatamente después, otros Estados tomaron el relevo y convocaron diversas manifestación. Unas protestas que incluso sus participantes no dudaban en que serían como las que se habían convocado desde 2005. Sin embargo, la llama que había prendido Buazizi había calado profundamente en los ánimos.

Como luceros que anuncian una nueva alba, las convocatorias fueron irrumpiendo en los anquilosados regímenes que repetían y siguen repitiendo que sus países son excepcionales y ajenos a lo que comenzó llamándose la revolución de los jazmines de Túnez y terminó por convertirse en la Primavera árabe. Así, el calendario se fue llenando de días en rojo, de convocatorias a través de las redes sociales que se fueron renovando semana tras semana, y especialmente viernes tras viernes, tras la oración del mediodía.