Los tunecinos presionan para que no quede rastro del dictador Ben Alí

El nombre de Ahmed Mesteri, un prestigioso político octogenario que lleva retirado de la vida pública varios años, se baraja para sustituir al primer ministro Ghanuchi.

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La revolución de los jazmines, todo un ejemplo para las democracias latentes, avanza con paso firme. Túnez prepara un nuevo Gobierno de transición, integrado por personalidades reconocidas y gestores, para acallar las protestas populares, que no cesan de pedir en las calles que los ministros del anterior régimen salgan del poder.

El presidente interino del país, Fuad Mebaza, mantiene contactos con varias figuras de la época del primer jefe de Estado del Túnez independiente, Habib Burguiba, para sumarlas a ese nuevo Ejecutivo, del que saldría el actual primer ministro, Mohamed Ghanuchi, y el resto de dirigentes del presidente depuesto, Zine el Abidine Ben Alí.

Mebaza, cuya salida del poder no se cuestiona al obedecer a un imperativo constitucional tras el vacío dejado por Ben Alí en su huida, negocia asimismo con representantes de los sectores sociales y políticos del país -incluido el influyente sindicato UGTT- la creación de un Consejo Constitucional, que se encargaría de elaborar una nueva Carta Magna.

Uno de los nombres que se barajan para sustituir a Ghanuchi es el de Ahmed Mesteri, ministro durante el régimen de Burguiba, pero que abandonó el partido en el poder entonces, el Neodestur, en desacuerdo con su deriva autoritaria y fundó el Movimiento de los Democrátas Socialistas (MDS).

Este veterano político octogenario se retiró hace años de la escena pública, pero goza de un cierto prestigio entre la élite del país, pese a que el MDS se convirtió después en una de las formaciones de oposición utilizadas por Ben Alí para darle apariencia democrática a su mandato, aunque de hecho le apoyaban.

Entretanto, la presión para que las figuras del poder anterior salgan del Gobierno volvió a las calles de la capital, donde cerca de un millar de manifestantes procedentes del interior se sumaron a las protestas.

Ante el Palacio de Gobierno, en la vieja medina, unas 2.000 personas, entre ellas muchos estudiantes, continuaron pidiendo la ruptura con el antiguo régimen y la profundización de las reformas en todas las estructuras del poder.

Pese al anuncio de que dos ex ministros de Ben Alí y uno de sus hombres de paja al frente de una televisión privada habían sido detenidos, la mayoría de la población sigue sin creerse la voluntad reformadora de un Ejecutivo en el que los dirigentes del presidente depuesto ocupan todos los puestos clave. Y es que nadie comparte la opinión del embajador del país norteafricano en España, que sugirió que la Transición es el modelo a seguir, contando con figuras del anterior régimen.

Aunque las manifestaciones no son excesivamente numerosas debido al cansancio acumulado y al deseo de volver a la normalidad, los tunecinos debaten sin cesar en las calles y al minuto la evolución política.

Multitud de corros de decenas de personas, prohibidos anteriormente, continuaban formándose en la popular avenida Habib Burguiba y en otras calles de la capital para intercambiar información y opiniones. Y es que la ciudadanía ha recuperado la tradición oral africana, y se apelotonan para escuchar atentamente a las personas que se van turnando en el centro de un círculo para relatar los últimos acontecimientos o celebrar un mitin político improvisado.

«No se puede hacer nada nuevo con lo viejo», asegura Chadli, un profesor de enseñanza. «La gente tiene miedo de que le confisquen la revolución», recalca Jamal, un artista plástico.

El riesgo de involución, tanto a nivel interno como fomentada desde el exterior, es compartido por casi todos. «Gadafi ya ha dicho que apoya a Ben Alí y sus milicias pueden entrar en cualquier momento para sembrar el caos», sostiene Jafed, un trabajador de la construcción en paro en referencia al líder de la vecina Libia.