Las calles de toda Francia hierven contra el ‘pensionazo’ de Sarkozy

Las encuestas revelan que más de la mitad de los ciudadanos galos se oponen al proyecto del presidente de la República, cuya popularidad ha caído muchos enteros.

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Por quinto día consecutivo y a modo de antesala de la huelga general que tendrá lugar el martes, la sociedad francesa pisó ayer un poco más el acelerador de la presión contra el presidente, Nicolas Sarkozy, en un intento probablemente vano para que el mandatario dé marcha atrás en la reforma de la ley de pensiones que recorta los derechos de los ciudadanos con el pretexto de garantizar la sostenibilidad del sistema.

Así, mientras los sindicatos hablaron de tres millones de insumisos, el Ministerio del Interior redujo hasta algo menos de un millón la cifra de personas que salieron a las calles de las principales urbes hasta el mediodía.

Allí, los manifestantes clamaron unánimemente contra la probable aprobación el miércoles de la nueva ley en la Cámara Alta, justo la víspera de la reunión anunciada por los representantes de los trabajadores para estudiar su línea «de acción», que se prevé especialmente contundente habida cuenta de que más de la mitad de la población se opone tajantemente a la reforma.

Así lo puso de manifiesto una encuesta publicada por L’Humanité, según la cual un 57 por ciento de los franceses desea un cambio diferente al que se ultima en las Cortes, frente a un 27 que dice ser favorable a proseguir el debate según la actual propuesta. Una minoría del 16 por ciento aboga por dejar el sistema tal y como está.

Incluso antes de conocer tales cifras, la primera secretaria del Partido Socialista galo, Martine Aubry, volvió a reclamar la suspensión del debate en el Senado sobre un cambio que pretende aumentar la edad mínima de jubilación de 60 a 62 años, así como la edad mínima para recibir una pensión completa, que pasaría de 65 a 67. «Nosotros contribuiremos a una solución, como tantas veces», declaró tras acudir a la manifestación de Lille, una de las más numerosas.

Si bien las primeras cifras de asistencia proporcionadas por el Ejecutivo galo eran un poco más bajas que las que dio con motivo de las marchas del martes (500.000) y del 2 de octubre (380.000) a la misma hora, los sindicatos aseguraron que la participación era muy similar a la de principios de mes, cuando, según sus estimaciones, más de tres millones de personas salieron a las calles.

«Tenemos cientos de ciudadanos protestando que nos respaldan y creen en nosotros», declaró eufórico el líder de la central CFDT, Francois Chereque, antes de apostillar que «el único obstáculo es el Gobierno».

Al margen de las marchas populares, las protestas laborales mantuvieron bloqueadas las refinerías del país, lo que provocó el cierre de un centenar de gasolineras y la anulación de bastantes trenes, de modo que solo circularon dos de cada tres convoyes de larga distancia, algo que se repetirá hoy y que afectará también a la comunicación con España.

Ya en Italia, miles de personas desfilaron también por el centro de Roma convocadas por el sindicato metalúrgico Fiom-Cgil, para protestar por la crisis en el sector y por la política económica del Gobierno de Silvio Berlusconi, así como para exigir la renovación del convenio.

Otro país en el que bajan bastante revueltas las aguas laborales como consecuencia de las medidas políticas anticrisis es Bélgica, cuyo personal ferroviario tiene previsto celebrar mañana mismo una huelga que obligará a suprimir las conexiones de alta velocidad con los países vecinos.

Se normaliza el suministro de queroseno a los aeropuertos.- Más allá del enorme desgaste que suponen para Sarkozy, las protestas ayer contra el aumento en la edad de jubilación llegaron a amenazar durante muchas horas con paralizar el tráfico aéreo en Francia como consecuencia del bloqueo de las refinerías que mantienen desde hace días los sindicatos.

Fue así hasta el punto de que, a raíz del aviso de los responsables del aeródromo parisiense Charles de Gaulle de que solo les quedaban reservas de queroseno hasta el martes, la ministra de Economía, Christine Lagarde, se vio obligada a llamar a la calma y rogó a la ciudadanía «que no cunda el pánico».

Aviación Civil llegó a pedir a las aerolíneas que operan vuelos de larga distancia que llenaran al máximo sus depósitos en los aeropuertos de salida para tener garantizado el retorno.

Ante la gravedad de la situación las Fuerzas de Seguridad intervinieron para reabrir el oleoducto que alimenta a los aeródromos parisinos y acabar así con el fantasma del posible desabastecimiento.