Miguel Díaz-Canel se convirtió en la primera persona sin el apellido Castro en gobernar Cuba en un relevo histórico.
Miguel Díaz-Canel se convirtió en la primera persona sin el apellido Castro en gobernar Cuba en un relevo histórico. / Efe.
Publicidad

América Latina cierra un año marcado por una sucesión de citas electorales que consolidaron el cambio de signo político en la región, aislando cada vez más a los gobiernos de Nicolás Maduro en Venezuela y Daniel Ortega en Nicaragua, sobre los cuales se cierne la amenaza de la justicia internacional.

Costa Rica inauguró el año electoral el 4 de febrero con una pugna que sirvió de aperitivo para lo que vendría después. Carlos Alvarado consiguió revertir el resultado de la primera vuelta imponiéndose a Fabricio Alvarado, un pastor evangélico con una agenda ultraconservadora que pretendía limitar los derechos sexuales y reproductivos y de la comunidad LGTBI.

En Cuba, el 19 de abril de produjo un relevo histórico. Raúl Castro, tal y como había prometido, dejó la Presidencia del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros, una vacante para la que la Asamblea Nacional designó a Miguel Díaz-Canel, que se convirtió así en la primera persona sin el apellido Castro en gobernar la isla caribeña desde la Revolución de 1959.

No fue una transición completa porque Raúl Castro retendrá el cargo de primer secretario del Partido Comunista de Cuba (PCC) hasta 2021, desde donde velará por la adhesión de su delfín político a la agenda revolucionaria. La oposición rebajó las expectativas internacionales indicando que cualquier cambio político tendrá que esperar al menos esos tres años.

México también experimentó una catarsis electoral. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ganó las elecciones presidenciales del 1 de julio y la coalición izquierdista capitaneada por su Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) obtuvo buenos resultados en las regiones y el Congreso. AMLO catapultó a la izquierda mexicana a Los Pinos, después de varias décadas, con la intención de provocar “una revolución pacífica, pero profunda”.

Ultraderecha

El plato fuerte llegaría en octubre, con las elecciones brasileñas. Jair Bolsonaro irrumpió en la campaña prácticamente como una anécdota pero la ausencia de un líder carismático en el Partido de los Trabajadores (PT), por la entrada en prisión del ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, y la extendida corrupción entre los partidos tradicionales le convirtieron en una opción de gobierno.

Bolsonaro se erigió en el líder natural de la ultraderecha brasileña. Nostálgico confeso de la dictadura militar (en su futuro Gobierno habrá varios generales) y misógino y homófobo declarado, provocó un terremoto político al imponerse en las dos rondas electorales a pesar del ‘cordón sanitario’ confeccionado por su principal rival, el candidato ‘petista’ Fernando Haddad. El 1 de enero tomará posesión del cargo.

El dirigente brasileño contará con un sólido aliado en la frontera sur. El 22 de abril, Mario Abdo Benítez, hijo de uno de los ‘hombres fuertes’ de la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), derrotó a la alianza izquierdista comandada por Efraín Alegre, repitiendo su imponente victoria en las elecciones internas del Partido Colorado, en las que eliminó al candidato apoyado por el presidente saliente, Horacio Cartes.

En Colombia, tras las legislativas del 11 de marzo y las presidenciales del 27 de mayo y el 17 de junio, Juan Manuel Santos y su Unidad Nacional cedieron el testigo a Iván Duque y el Centro Democrático. Con ello, el proceso de paz entró en crisis. Duque pretende modificar aspectos esenciales del acuerdo con las FARC, como la justicia transicional y la participación política, y suspendió ‘sine die’ las negociaciones con el ELN.

El fin de una era

Venezuela también sacó las urnas a la calle en 2018. Estaba previsto que las elecciones presidenciales se celebraran a final de año pero Nicolás Maduro decidió adelantarlas al 20 de mayo tras el enésimo fracaso del diálogo entre el Gobierno y la Mesa de Unidad Democrática (MUD), coalición opositora, para zanjar la crisis política y económica que el país arrastra desde la muerte de Hugo Chávez.

La MUD, prácticamente desintegrada por años de luchas internas, optó por no competir denunciando que sus principales líderes estaban encarcelados o inhabilitados. Henri Falcón, que fue ‘chavista’ y opositor por épocas, se postuló como rival de Maduro, dando jaque mate a la MUD.

Ni la oposición, ya atomizada, ni la comunidad internacional reconocieron los resultados electorales por considerar que los comicios no respetaron los estándares democráticos. Maduro se propone iniciar un segundo mandato el 10 de enero, mientras la MUD trata de convencer a los gobiernos extranjeros para que evidencien su rechazo al líder ‘chavista’ boicoteando su toma de posesión.

Daniel Ortega tampoco vive sus mejores momentos. En abril estallaron unas protestas por la reforma de la seguridad social que fueron creciendo hasta reclamar la “democratización” de Nicaragua. La represión de la Policía y grupos armado afines al Gobierno dejó un saldo de más de 300 muertos y miles de heridos y detenidos.

Tanto Maduro como Ortega están sometidos a una enorme presión de sus vecinos regionales que se tradujo en una batería de sanciones contra las élites gobernantes en Venezuela y Nicaragua y que podría acabar con ambos sentados en el banquillo de los acusados. El venezolano ya fue denunciado ante el Tribunal Penal Internacional (TPI) y la Organización de Estados Americanos (OEA) recomendó juzgar al nicaragüense por crímenes de lesa humanidad.

Este aislamiento regional es en parte fruto del cambio político que se ha operado en los últimos años en América Latina. La ‘Patria Grande’ de Fidel Castro, Hugo Chávez, Rafael Correa, Cristina Fernández de Kirchner y Lula ha dado un giro a la derecha cuya punta de lanza fue Mauricio Macri y que ahora se ha profundizado con Bolsonaro y Benítez.