José Luis Salcedo – El día que conocí a Federico

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Con enfado y estupor se ha recordado en la actualidad a Federico Martín Bahamontes porque unos salvajes han destrozado el monumento en bronce que sus paisanos los toledanos, con sobrado orgullo, le erigieron por suscripción popular.

Bahamontes, nacido en 1928, como todos los ciclistas, se inició como aficionado corriendo en carreras modestas allá por el año 46.

José María Heredero Arribas, nacido en 1927, además de ser un genio de la fotografía y un magnífico acuarelista, fue también un corredor ciclista que por aquellos años coincidió con Federico.

José María participaba en carreras ciclistas de aficionados en donde obtuvo bastantes premios y también logró otros muchos trofeos ganados en las dos actividades citadas. Fueron tantos las copas ganadas, guardadas en una gran vitrina, que en cierta ocasión su esposa Charito se quejaba amargamente ante mí de la paliza que se tenía que dar cuando periódicamente tenía que limpiarlas.

Por ser casi de la misma edad, los dos ciclistas coincidieron en muchas carreras de aficionados, por lo que entre ambos se estableció una íntima y profunda amistad que persistió hasta el fallecimiento de José María, ya que Federico felizmente vive al día de hoy con 91 años.

Era tal la amistad, que al comprase un automóvil Federico, habitualmente venía por Segovia para reunirse con su amigo del alma José María.

Por el año 1956, intimé yo con José María y estuvimos saliendo juntos todas las tardes a partir de aquel año. Generalmente le iba yo a buscar a su estudio, pero otras veces quedábamos en la Cervecería la Tropical.

En el año 1959, después de haber ganado el Tour francés por Federico (que dicho sea de paso se llamaba Alejandro) visitaba a José María con bastante frecuencia.

Un buen día que José María (Chemari) y yo habíamos quedado en la Tropical, me presenté a la hora convenida. Cuál no sería mi sorpresa, al ver que ambos estaban amigablemente departiendo tomando sendos vinitos. Lo primero que hizo José María fue presentarme a su amigo Federico, con lo que pasados los primeros momentos de sorpresa por mi parte y siendo el carácter de Federico muy sencillo y cordial, entablamos conversación tripartita como si los tres ya nos conociéramos de toda la vida.

Al cabo de algo menos de una hora Federico se despidió ya que nos dijo que tenía que regresar a Toledo.

Entre las muchas personas célebres que han pasado por mi vida, el conociendo de Federico (El Águila de Toledo) me produjo una grata satisfacción, imborrable en toda mi existencia y que hoy rememoro con alegría pero a su vez con cierta nostalgia por la pérdida de mi gran amigo José María.