Imagen del quebrantahuesos tomada por Alfredo López.
Imagen del quebrantahuesos tomada por Alfredo López.
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En un rincón del Pirineo de Huesca, cuyo nombre no se quiere promocionar, se localiza uno de los mejores lugares de Europa para fotografiar al quebrantahuesos (Gypaetus barbatus). El Gobierno de Aragón concede anualmente diez permisos para tomar imágenes de la especie. Este año uno de los afortunados ha sido el segoviano Alfredo López Hernangómez, quien a primeros del pasado mes de junio pasó tres largos días allí, en la alta montaña, pudiendo ver de cerca y captar decenas de imágenes de esta poderosa y extraña ave, que roza los tres metros de envergadura.

“El quebrantahuesos es una especie poco conocida para los segovianos, pues aunque vivió en estas tierras, se extinguió hace tiempo”, señala López. Y así es.

De su presencia por estos lares se han escrito muchas páginas. En uno de sus diarios paseos por la Sierra de Guadarrama, mientras estudiaba los montes de Valsaín, Joaquín María de Castellarnau (1848-1943) descubrió un quebrantahuesos. No sería la única vez que este pionero del conservacionismo en España contemplara por allí al único pájaro que se alimenta casi exclusivamente de huesos. Esa espectacular visión le hizo reflexionar. “No puedo afirmar si los individuos que de vez en cuando se ven por aquí proceden de alguna pareja establecida en la Sierra o de las que positivamente erran en la de Gredos. Me inclino a creer lo último. Sus costumbres son análogas a las de los buitres, y como ellos bajan a comer la carne de animales muertos; y, por lo tanto, se deben considerar como útiles. Las sangrientas historias que de esta especie de cuentan deben mirarse como fábulas…”, escribió Castellarnau a finales del siglo XIX.

Otro naturalista anterior, el archiduque Rodolfo, llegó a hallar, en 1879, un nido en las cercanías de El Escorial. Creyó al principio que pertenecía a buitres leonados, pero luego comprendió su error al observar dos ejemplares. “Durante largo tiempo estuve observando tan soberbias aves, cómo retozaban de un lado para otro y cómo sobrevolaban las boscosas cimas”, reflejó en su diario.

El quebrantahuesos habitó, por tanto, en las cumbres de la Sierra de Guadarrama. Al parecer, casi hasta mediados del pasado siglo XX. El biólogo Juan Antonio Rodríguez Llano, autor del libro “Sierra de Guadarrama. Flora y fauna”, asegura que el último ejemplar de esta zona fue abatido en el año 1943.

Desde esa fecha, la población de la especie en España quedó prácticamente confinada a los Pirineos, único reducto donde resistía la persecución a la que lo sometió el hombre. El progresivo declive del quebrantahuesos empujó después a su declaración como ‘especie en peligro de extinción’ en el Catálogo Español de Especies Amenazadas. Sin embargo, en los últimos años, merced al trabajo de diversas administraciones públicas y de varias entidades privadas, el quebrantahuesos ha registrado un leve repunte poblacional, hasta situarse su número de parejas reproductoras en 130. En cualquier caso, dicha cifra sigue siendo insuficiente para garantizar la pervivencia de la especie.

“En nuestro país —subraya López— se han emprendido ambiciosos proyectos para reintroducir al quebrantahuesos en serranías donde antaño abundó”. Así, son conocidos los programas llevados a cabo en Cazorla y Picos de Europa. Y varias comunidades autónomas están estudiando su reintroducción. Pero la tarea no es sencilla, pues el quebrantahuesos es un mal colonizador. Además, cada pareja cría un único pollo. “Las poblaciones salvajes de quebrantahuesos que desaparecen en su medio natural son difícilmente restituibles”, sostiene López.
Por lo que respecta a la provincia de Segovia, él añade que, tras décadas de inobservancia, en los últimos años —especialmente a partir de 2005— “vuelven a registrarse efímeramente algunos individuos divagantes, con algún registro no distante de la misma ciudad”.

Volviendo a su experiencia en el Pirineo oscense, López habla y no para. “Ha sido algo único”, recalca. “Había quebrantahuesos de distintas edades sobrevolando un paisaje colosal, y de vez en cuando aterrizaban en un saliente rocoso junto a otras aves necrófagas, en lo que era un enclave de alimentación suplementaria”, concluye el segoviano.