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Un año más, la tradición se cumple. El Niño Jesús de la Bola vuelve a salir en procesión y cumple con este 340 años de devoción, tres siglos en que Cuéllar se rinde ante una imagen muy querida, como se demuestra cada 1 y 6 de enero.
Hacia las 17.00 horas, la imagen, que lleva vestida desde el pasado día 29, salió de la iglesia de San Miguel, donde se acude a rezarla. Este año y con motivo del 340 aniversario, la imagen cuenta con un traje nuevo que lució ayer y que todo el mundo destacó. La artífice de tal obra de arte es Azucena Fraile, junto a Maribel Saz, que con mucha paciencia pero sobre todo, mucha pasión por la labor, han creado un traje de una pieza bordado con hilo de oro entrefino. Las técnicas, muy variadas, son pura artesanía, y así luce el traje, dando un aire renovado que se aleja de los trajes de dos piezas. Además, el lazo colocado contribuye a su conservación; todos los exvotos van ahora colocados en este lazo para no dañar la talla, y si el lazo se deteriora, se confecciona uno nuevo. Con sus rizos y su nueva vestimenta, el Niño Jesús de la Bola salió de San Miguel para cumplir con el rito ancestral al que acompañan las dulzainas y tamboriles incansables de los hermanos Ramos, fieles a la tradición. El frío protagonizó las primeras y todas las danzas que se le iban dedicando al Niño, como suele ser costumbre, aunque por suerte, la lluvia no se hizo ver, elemento temido por todos los cofrades y por los mayordomos que así han ejercido. En varias ocasiones se ha tenido que suspender la procesión por inclemencias del tiempo, pero este 2019, la primera, ha sido respetada.

Así avanzó el Niño Jesús de la Bola, portada por cofrades. Ascendió por la calle Colegio hasta la Plaza del Mercado del Pan, punto en el que suelen unirse más devotos y cuellaranos a bailar las típicas jotas. El recorrido tiene un punto clave, como es la iglesia de San Esteban. Aquí se introduce la imagen, templo de origen de la misma, para hacer una parada en la que son protagonistas los villancicos. Las tejoletas no han dejado de sonar, pero en este punto resuenan aún más, porque se suman a las melodías de los tradicionales villancicos. Estos los han ensayado previamente en los cursos de tejoletas impartidos por la cofradía estos días previos, y muchos niños se unen: de ellos depende el futuro de la devoción al Niño.

La salida de San Esteban es otro de los puntos más emocionantes de esta procesión, y es aquí donde se termina de unir todo el público. Dado que esta procesión es larga, los cuellaranos apuran la comida de Año Nuevo para salir a ver al Niño, y suelen adherirse al grueso de los fieles más bien de parte tarde. Sin embargo, desde primera hora, no faltaron los miembros de la Corporación Municipal, que son cofrades de honor del Niño, y el mayordomo de este 2019, Jesús Escribano. Lució capa, como es típico en el mayordomo, pero muy especial, ya que está bordada por las mismas manos que el traje del Niño, las de Azucena. Así avanzó la procesión, sin prisa pero sin pausa, hasta llegar a otro de los puntos clave, la calle La Morería. Su pendiente y su estrechez hacen de ella un bonito lugar para admirar esta tradición, donde se juntan las danzas y, si se mira desde abajo, se mezclan las cabezas de los fieles dejando ver al Niño Jesús de la Bola cómo se alza entre todos.
Finalmente, fieles e imagen se concentraron en la Plaza Mayor, punto álgido antes del final de esta procesión tan arraigada. Cofrades, cuellaranos y demás espectadores pudieron contemplar las danzas al son de la dulzaina, que se alargaron aún más en la puerta de la iglesia de San Miguel, donde se expone al Niño, junto al Altar Mayor, hasta el próximo día 6 de enero. Para los rezagados, el día de Reyes es la última oportunidad para contemplarlo este año.

Cuéllar cumplió con el rito de nuevo, desde 1679, para contribuir a la historia y a la cultura autóctona. Las caras de siempre se suman a las nuevas, imprescindibles para que en próximos años, la villa pueda continuar con su idiosincrasia. Cursos como este de tejoletas y villancicos, sumados a la exposición conmemorativa, hacen que el Niño Jesús de la Bola recobre la importancia que tiene. Se trata de una tradición única en España, por sus danzas, su imagen y su hacer, y así lo sienten y defienden los cuellaranos.

DE DÓNDE PROCEDE UNA TRADICIÓN TAN ARRAIGADA

Juan Carlos Llorente, historiador de la villa y cofrade, ha contado todas las navidades la historia en torno a la imagen del Niño Jesús de la Bola en la exposición que ha ocupado la sala cultural Alfonsa de la Torre.

“Según cuentan hace mucho tiempo, un ajero de tierra Madrid, al servir los ajos en un desván, encontró la imagen de un Niño Jesús. En su carro la trajo a Cuéllar, dejándosela al cura en custodia durante su ausencia. A su vuelta el ajero descubrió que había sido adoptada con gran entusiasmo por los cofrades del Niño Jesús y cómo la procesión cobró más auge entre los vecinos de Cuéllar”.

El origen de esta cofradía, cuándo y cómo surgió, resulta aún desconocido. Los datos más antiguos de su existencia nos los proporciona el Libro de Actas de la cofradía que cubre el periodo 1679-1891. Todas estas, o la mayoría, se encuentran recogidas en la exposición que ocupa la sala cultural Alfonsa de la Torre. En dichas actas se puede ver todo lo que acontece cada año, por ejemplo, si la procesión no ha salido por inclemencias del tiempo. Son estas actas, que se realizan hoy en día como un proceso más de la tradición, las que permiten documentar el devenir de la cofradía. Gracias a ellas, en un futuro, se podrá comprobar cómo se desarrollaban las procesiones, cuándo estrenó traje la imagen, quién fue el mayordomo cada año, y qué día se atavió al Niño con sus ropajes por las camareras. Todo ello contribuye al patrimonio inmaterial de la villa, y es necesario que se cuide para asegurar su legado. En tiempos convulsos para la religión, al Niño de la Bola le protege el manto de la tradición, lo envuelve un halo que hace que todo tipo de personas le muestren alabanzas, independientemente de sus creencias.