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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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jueves, 1 de diciembre de 2016
Atrasadas sociedades avanzadas

   Sí, el título es un galimatías. Pero es que también es un lío esto que sucede en las llamadas sociedades avanzadas. Hay un contrasentido en que quienes viven en países desarrollados opten por alternativas políticas que permanecen ancladas en el pasado o que añoran soluciones tan simplistas como alejadas de la realidad -y, por lo tanto, ineficaces. Ahí tienen al señor Trump, presidente electo de la economía más dinámica y de la democracia más asentada del planeta, promoviendo la prolongación del Muro de Adriano para contener, esta vez, a los bárbaros del sur. O qué decir de la nutrida nómina y de la creciente pujanza de los partidos nacionalistas en países europeos tan prósperos como Francia, Austria, Dinamarca y Holanda. Y, sin ir tan lejos, aquí mismo, las regiones más avanzadas de nuestro país ofrecen una parte muy considerable de sus votos a las simplezas disgregadoras  de los nacionalistas tradicionales o a las utopías retardatarias de las organizaciones que, como Bildu, la CUP, Podemos o Izquierda Unida, añoran un orden en el que ellos monopolizarían las ideas y las instituciones. El mundo y el país en el que vivís, nos dicen, es terriblemente malo, pero aquí estamos nosotros, que, paradoja de las paradojas, a pesar de ese panorama, hemos salido extraordinariamente buenos: elegidnos para que, así, podamos conduciros a la felicidad.

   ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué tanta ingenuidad allí donde se ha sabido trabajar con eficacia para crear bienestar y prosperidad económica? ¿Por qué tal abandono de la realidad allí donde los hombres han logrado, por aceptarla, modificarla? ¿Por qué la exasperada reclamación de lo drástico en las sociedades que, si han avanzado, lo han hecho sobre la moderación? ¿Por qué, si viven mejor que otros, responden con la radicalidad que sólo resulta comprensible cuando mueve a los más oprimidos? Probablemente, nunca podrán ofrecerse respuestas para estas cuestiones que no sean meramente especulativas. Y, si de especular se trata, yo me voy a aquella atrevida –sí, atrevida-  frase del Evangelio: no sólo de pan vive el hombre. Porque donde hay pan, no está, por ello, garantizado que haya también altura humana. Invertimos ahora mucho (en términos históricos) en la educación reglada, los niños y los adolescentes pasan largas horas en los colegios,  garantizamos que todos tengan acceso a la cultura, incluso la información y la formación académica se transmiten por las ubicuas ondas de lo mediático. Pero hay algo que falla, algo que no depende de las partidas presupuestarias, algo que parece no poder darse de manera colectiva. Yo me inclino a pensar que esa incógnita que nos hace zozobrar como sociedad no debe explicarse, sin embargo, en términos sociológicos. Más allá de nuestras determinaciones genéticas y sociales, los hombres poseemos un hueco, no sé cuánto de grande, para la libertad. Y ser libre significa trazar un camino propio en el que se eligen medios, rutas y objetivos que tienen como resultado la construcción de uno mismo. Aunque habitemos el mundo miles de millones de personas y, para ciertas cosas, podamos ser considerados como “masas” (expresión tan usada un siglo atrás), cada uno de los seres humanos que se diluye en esas cifras enormes tiene en su cabeza un lugar, por muy pequeño que sea, para la libertad. Pero construirse a sí mismo no es lo mismo que producir cosas o que ganar dinero, aunque puedan conectarse en algún sentido. Son asuntos que no puede resolver por nosotros, sustituyéndonos, ninguna escuela. Sin embargo, a eso es a lo que, precisamente, nos oponemos: en nuestro fuero interno, queremos que alguien nos desplace, se siente al volante del vehículo de nuestras vidas y cargue con la responsabilidad de las decisiones existenciales de calado. Queremos creer que desde fuera se puede calmar la sed que nace de nuestra condición interna. Y cuanto más contundente y rotundo es lo que se nos propone, más seductor parece resultar el abandono del ejercicio de la propia responsabilidad. Un líder visionario, un grupo enardecido o unas ideas simplificadoras son un sustituto muy apreciado por quienes temen perderse en la angustia y la desorientación de su propio yo.

Comentarios:
El frío de la libertad 07/12/2016 ateneazado
Quizás habrá que releer a Fromm, con su "miedo a la libertad". Una vez que la Iglesia ha sido relegada por el racionalismo científico, una vez que el utopismo del comunismo ha caído también, el hombre no soporta el frío de la libertad. ¿ Hay alguien que me libere de la funesta manía de pensar ? Si has militado en un partido político, sabes que te mandan a menudo las respuestas cocinadas para cada situación, para que te alinees adecuadamente. El periodico que lees te da el trabajo hecho.Subyace una explosión de posibilidades de desarrollo humano que a muchos les resulta insoportable. Leyendo mucho, y,de varias fuentes, esto se cura.
José Miguel Zabala Aragón
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