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La ciudad sin murallas | por Jesús A Marcos Carcedo
foto En La Ciudad sin murallas abordaré temas de actualidad social, cultural y política, pero desde un punto de vista filosófico o de crítica general. Estará muy presente el análisis de los contenidos de películas y de libros de actualidad y de las situaciones políticas novedosas y el comentario de asuntos relativos a la ciencia, la filosofía y la psicología.
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jueves, 27 de octubre de 2016
La erosión radical de la democracia

   Escribía el Apóstol Pablo que la caridad o agapê lo soporta todo. No creo que se pueda predicar  eso mismo de la democracia, que es un sistema que no tiene que ver –o lo tiene muy poco- con el misticismo. Desde hace tiempo, me preocupa, precisamente, el asunto de los límites de la democracia. Y uno de los aspectos en los que se hace patente que la democracia tiene problemas de delimitación es en su difícil relación con la radicalidad, esa tendencia que ha vuelto a ganar terreno en las sociedades occidentales en los últimos años. En España, es ella la responsable de la dificilísima circunstancia política en la que nos hallamos, con un larguísimo interregno gubernamental, con la amenaza de la disolución territorial del Estado y con la hemorragia del que había venido siendo el principal partido del periodo constitucional que se abrió en los años 70.  
   Uno puede creer que la elasticidad del sistema democrático-liberal es infinita y que en él caben todas las opciones imaginables, con tal de que los líderes de las formaciones políticas firmen un papel en el que digan aceptar las reglas del juego. Esto tiene cierta validez, pero no se ajusta adecuadamente a los hechos. Lo cierto es que la democracia se constituye en torno a un centro ideológico y a un núcleo social gravitatorio que, si son mermados en su masa relativa, dejan que el sistema se deshaga. El centro ideológico supone aceptar y defender que, puesto que la realidad sociopolítica es muy compleja, con diversos ámbitos de poder fáctico y múltiples intereses, la mejor manera de gobernarse es recurrir a elecciones libres y periódicas que permitan sustituir a quienes han venido detentando el poder por otros que se espera que lo hagan mejor. El núcleo social, encarnación del ideario democrático, está formado por el conjunto de los ciudadanos que creen que quienes no piensan como ellos también tienen algo que aportar: los “otros” no sólo están ahí porque resulte difícil deshacerse de ellos, sino que les asiste el derecho de estar junto y frente a nosotros y les acompañan las mismas capacidades que a nosotros, aunque su perspectiva se configure desde otro punto diferente al que nosotros ocupamos. Por el contrario, la radicalidad se caracteriza por el alejamiento de esos dos centros de la democracia y, aunque provisionalmente actúe dentro del sistema, su fuerza es siempre centrífuga, desintegradora, corrosiva. Los radicales creen que el mundo sólo puede ser visto desde su atalaya y que sobran las demás perspectivas y quienes las sostienen. No les interesa un sistema político concebido para gestionar las dificultades y el enrevesamiento de la vida social porque para ellos lo que debe hacerse de manera perentoria es abolir la realidad misma. Ellos cambiarán el mundo y en su paraíso no habrá necesidad de perspectivas. La democracia, efectivamente, tiene cierta capacidad para soportar la actividad erosiva que promueven, siempre que el núcleo social que la mantiene cohesionada conserve su masa crítica. Pero cuando, como sucede ahora en España, una parte importante de la sociedad se pasa a las órbitas exteriores, resulta difícil mantenerla operativa. 
   La cuestión relevante es por qué se produce ese traslado de la masa social desde el centro integrador a la periferia explosiva. Solemos creer que tal desplazamiento tiene sus causas en la crisis y en la corrupción y en la acentuación de las desigualdades que han acarreado. Sin embargo, no está tan claro que la respuesta necesariamente tenga que ser ésa. A la crisis, a la corrupción y a la desigualdad puede responderse con la sustitución reglada de los gobernantes, con la aparición de nuevos partidos no contaminados por las prácticas ilegítimas y por el establecimiento de nuevos sistemas de control que profundicen en la democracia, no que la anulen. Desde mi punto de vista, el quid no está en esos argumentos convencionales, sino en la manera en la que la radicalidad se apodera del escenario político y se aposenta en él. 
   El radical tiene el atractivo de los niños consentidos. Nadie sabe gritar como él y nadie demuestra más capacidad que él para hacer arrodillarse a los demás. Subido a la tarima, nos seduce su convicción  de que los deseos tienen fuerza ejecutiva, nos arrastra su simplificada manera de verlo todo. Si algo se interpone entre su yo y su deseo, acabará con ello sin el menor remordimiento. Seguirle a él es ser como él,  clarividente y omnipotente, sin la pesantez de los límites humanos.  Nada más lejos, pues, de lo que la democracia pretende ser,  de su sentido práctico, de su  preferencia por los proyectos consensuados y apegados a las posibilidades de lo que realmente hay. Y ese distanciamiento alucinado es lo que está volviendo a proponernos en España la enésima versión del comunismo  y lo que siguen pretendiendo los enrocados líderes del nacionalismo milenarista. Es también lo que desarticula a nuestros socialistas, atrapados por la fuga de votos y por la dificultad de asentar un discurso adaptado a las nuevas circunstancias, haciendo atractiva  la combinación de utopía, trabajo realista y defensa de las instituciones democráticas. 

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